«Cristianos y musulmanes tienen el deber de afrontar juntos el extremismo religioso, para transmitir a las futuras generaciones un Medio Oriente libre de este flagelo, iluminando las consciencias y las inteligencias». Lo afirmaron los patriarcas de las Iglesias orientales, católicas y ortodoxas, en un comunicado emitido al final de su reunión, que se llevó a cabo en la sede patriarcal maronita de Dimane, en el norte del Líbano.
Hablando sobre la expulsión de más de 100 mil cristianos de la Llanura de Nínive por parte de los hombres del autodenominado Califato, los patriarcas subrayaron su estupor frente a «los desarrollos desastrozos de carácter confesional y religioso» que casi no tienen igual en la historia. El comunicado pide a los árabes y musulmanes que adopten una actitud firme ante lo que está sucediendo en la Llanura de Nínive, exhorta a los líderes religiosos musulmanes a que publiquen “fatwas” y a los políticos a que aprueben leyes que sancionen las discriminaciones religiosas en contra de las minorías.
Los patriarcas lamentan «las tímidas e insuficientes» posturas por parte de los musulmanes y árabes a nivel internacional y acusaron a algunos estados europeos de «empeorar la situación animando el éxodo de los cristianos, con el pretexto de protegerlos, una actitud que condenamos y estigmatizamos».
Los patriarcas, que pretenden no dejar desfallecer la presencia cristiane en el Medio Oriente, lanzan un llamado al Consejo de Seguridad de la Onu para que adopte una resolución que ordene la restitución de las casas y de los bienes robados a los iraquíes, «con todos los medios posibles», y a la Corte Penal Internacional para que juzgue los crímenes en contra de la humanidad cometidos tanto en Mosul y como en Gaza.
Mientras tanto, el cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales que está en constante contacto con el Patriarca caldeo Louis Sako, lanzó un nuevo llamado: «que el mundo civil, las autoridades públicas y los organismos internacionales, en la extrema gravedad de la situación, no retrasen la indispensable intervención humanitaria y a cualquier otro nivel para detener, sobre todo en Irak y en Siria, el doloroso y profundamente injusto éxodo de los cristianos de las tierras que habitaban desde hace dos mil años». «Se trata –afirmó el purpurado– de actos en contra de Dios y en contra de cualquier sentido de humanidad».