
En el antiguo castillo de Haemi, entre el siglo XVIII y XIX, los cristianos eran encerrados y torturados (colgados a los árboles o asesinados de forma horrible). Hoy, el tromento de los jóvenes asiáticos, que vinieron a reunirse con Papa Francisco, fue solo el tiempo, con sus nubarrones y la lluvia que hasta las primeras horas de la tarde caía con fuerza en la plaza, lugar clave del martirio coreano. Sin lograr apagar el entusiasmo y la conmoción manifestados por los chicos y chicas ante el obispo de Roma, que justamente allí celebró la misa final del sexto Asian Youth Day. El Papa fue recibido con alegría a su llegada. «Juventud de Asia, levántate», exhortó con fuerza el Pontífice a los jóvenes del continente reunidos en la misa final de su viaje a Corea.
A los 30 mil cristianos reunidos en la zona del castillo, el Papa dijo en la homilía cuáles son la mirada y los criterios para vivir la propia llamada a ofrecer el testimonio del Evangelio en el inmenso continente asiático. «Cada uno de ustedes -dijo- tiene un sitio y un contexto propio en el que está llamado a reflejar el amor de Dios». Y, «el continente asiático, lleno de ricas tradiciones filosóficas y religiosas, sigue siendo una gran frontera para su testimonio a Cristo». Como hijos e hijas de Asia, los chicos cristianos de los países asiáticos, según el Papa, tienen «el derecho y la tarea de participar plenamente en la vida de sus sociedades», llevando sin miedo «la sabiduría de la fe a cada ámbito de la vida social». Ningún enroque exclusivo, ninguna postura que haga percibir la fe cristiana como un producto cultural de importación, extraño a los contextos sociales y humanos de Asia. En Corea y en toda Asia, los chicos y las chicas que se encuentran con Cristo han sido llamados a ser, al mismo tiempo, buenos cristianos y buenos ciudadanos, inmersos en el tejido de relaciones propias del tiempo en el que les tocó vivir. «Como jóvenes asiáticos -explicó Bergoglio-, ustedes ven y aman desde dentro todo lo que es hermoso, noble y verdadero en sus culturas y tradiciones. Al mismo tiempo, como cristianos, saben que también el Evangelio tiene la fuerza para purificar, elevar y perfeccionar este patrimonio». También en Asia, como en cualquier sitio, esta disposición a la apertura, a los auténticos valores humanos, subrayó el Papa, se expresa con la actitud de «discernir lo que es incompatible con su fe católica, lo que va en contra de la vida de gracia que comenzó en ustedes con el Bautismo, y cuáles aspectos de la cultura contemporánea son pecaminosos, corruptos y conducen a la muerte».
Para Papa Francisco, los jóvenes son solo una parte del futuro de la Iglesia: ellos son ya, desde ahora, «una parte necesaria y amada del presente de la Iglesia». «Juventud de Asia, levántate», exhortó con fuerza el Pontífice a los jóvenes del continente reunidos en la misa final de su viaje a Corea. A ellos sugirió dirigirse hacia los pobres, hacia los extranjeros, hacia las personas necesitadas, hacia quienes tienen el corazón roto. «Estas personas son -indicó el Papa- las que de manera especial repiten el grito de la mujer cananea de la que habla el Evangelio de hoy: ‘¡Señor, ayúdame!’». La invocación puede nacer en el corazón de cada condición humana. Es el mismo gemido, explicó Francisco, que repiten muchos «en nuestras ciudades anónimas, la súplica de muchísimos de sus contemporáneos, y la oración de todos aquellos mártires que todavía hoy sufren la persecución y la muerte en nombre de Jesús». Es el grito que surge de nuestros mismos corazones. Y cuando se reconoce, hay que abrazarlo siguiendo a Cristo, que «responde a cada petición de ayuda con amor, misericordia y compasión». Así, incluso los propios compañeros de camino podrán experimentar la misericordia de Dios, reconociendo que «justamente mediante esta misericordia hemos sido salvados».