Nos gusta decir que la vida en los países en vías de desarrollo no vale nada, ¡y cómo nos confundimos! La vida aquí lo vale todo, vale muchísimo porque cuesta mucho y vivir no es solo mantenerse vivo. Os lo explico con varios ejemplos de cada día.
Trabajo en una clínica que da cobertura sanitaria a la mayor favela del mundo. El horario de atención es de 8 de la mañana a 7 de la tarde, con solo una hora para comer, ¡y eso que dicen que en el Sur no se trabaja! Y mientras yo me desespero porque tardo luego 2 horas en volver a casa y pienso que ‘no tengo vida’, ellos disfrutan del trabajo, de la gente, de los compañeros… ¡Están felices y alegres todo el día!
Ellos están en lo que están en cada momento, no piensan en el atasco que encontrarán después, ni en lo que podían estar haciendo y no hacen… N ada de eso tiene sentido porque nadie te asegura que haya un después.
Yo creo que allí somos más eficaces, las consultas duran 5 minutos y el resultado es el mismo. Ellos piensan que por qué van a emplear solo 5 minutos si disponen de una hora. Yo les digo que para poder hacer otras cosas: revisar casos, estudiar pruebas diagnósticas o atender a más gente. “¿Qué otras cosas quieres hacer? Estamos trabajando”, me responden. No sé si he conseguido que percibáis el cambio de mentalidad, pero es total.

El hecho de que esté aprendiendo mucho no quiere decir que no me desespere. Me encanta hacer visitas domiciliarias y siempre que puedo me escapo con las agentes de salud. Son chicas de la favela que han conseguido estudiar y conocen y visitan a todos los vecinos de su área. Son muy marujas porque lo saben todo de todos, pero con una sensibilidad, con una asertividad y con un cariño… Si el mundo fuera justo, tan solo con personas como ellas nuestra clínica sería una de las mejores de todo Brasil. En la favela todos las quieren y las respetan, es el único reconocimiento que reciben.
Subir por esas callejuelas llenas ‘de todo’ ya impresiona, pero cuando llegas a lo alto, que es la zona más pobre, ahí sí que te quedas sin respiración, y no por el esfuerzo de subir, sino por las palizas que da la vida a seres humanos que a veces dudan incluso de que lo son. Un ejemplo es la niña de la foto a la que le encanta la escuela y hace los deberes en la calle, en el único sitio donde puede. ¡Tiene tan buena letra!
Pero no penséis que se dan pena o se compadecen… El otro día atendí a una mujer parapléjica que vive en lo más alto de la favela. Se llama María, está recuperándose de un accidente cardiovascular que tuvo hace un mes (antes era totalmente independiente y ahora también se ha quedado ciega), y le dije: “María, yo hablo muy mal portugués porque soy española y no sé nada. Por no saber, no sé bailar samba ni nada”. Y la señora María partiéndose de risa en la cama ¡se puso a bailar samba! Me decía: “Doctora, así, doctora”.
Aquí dicen que el año no empieza hasta después de carnaval, ¡y es verdad! El carnaval es como un momento de alivio para esta cultura. Porque con la excusa del carnaval, cuando llegan al barrio después de trabajar todos los vecinos se van a las escuelas de samba y se ponen a ensayar y a bailar juntos. La gente sufre mucho, pero también disfruta mucho. Están muy vivos cada día.
En estas semanas he tenido muchísima suerte: mis compañeros residentes son geniales. Una de ellas, que es de otra ciudad, me está ayudando como cicerone. Otra, que es de Perú, me explica muchas cosas de aquí. El equipo es muy humano y, de hecho, ahora están trabajando en un libro que se titulará Medicina basada en la persona.
Aquí en Río estoy viviendo con las teresianas. Es todo un privilegio, porque me están cuidando y mimando al máximo. Rezo con ellas, hago con ellas las tareas de cuidado de la comunidad, bromeamos, jugamos a las cartas, se preocupan cuando salgo… ¡Una familia! ¡Y es tan bonito y tan de Dios poder sentirte en familia allá donde vayas por el mundo! Además estoy aprendiendo mucho de la vida comunitaria, como que el aire acondicionado, cuando estamos a 45 grados, hace milagros en la unidad, el dialogo y el apoyo entre todas.