De las casi doscientas personas que participarán en el Sínodo sobre la familia que comienza en el Vaticano, más de la mitad (106 obispos) provienen de Asia, América Latina, África y Oceanía. Sería erróneo poner la atención solo en algunos temas muy debatidos en las sociedades y en las Iglesias europeas, que se ven afectadas por la secularización, y olvidar los desafíos y los problemas que existen en otras latitudes. La Secretaría del Sínodo tuvo en cuenta esta complejidad al compilar el texto base para los trabajos después de una amplia consulta de las comunidades católicas del mundo, que ofreció una panorámica sobre la realidad, es decir sobre la forma en la que los hombres y las mujeres viven la experiencia de la familia, y no sobre cómo deberían vivirla.
Más que con “la familia”, el Sínodo tendrá que vérselas con las familias. Hay regiones africanas en las que existen matrimonios arreglados entre niñas de 10 años y hombres de 60. Hay países, como Níger o Chad, en donde el 70% de las mujeres que tienen en la actualidad entre 20 y 24 años, se casó antes de cumplir los 15.
Y no es fácil para la Iglesia hablar de «ley natural» (como han indicado los obispos africanos, asiáticos y de Oceanía) en regiones en las que la poligamia es considerada “natural”, de la misma manera en la que es considerado “natural” el rechazo de las mujeres que no sean “capaces” de dar hijos o hijos varones. En Melanesia, por ejemplo, la familia que para nosotros es “tradicional” es considerada un modelo occidental poco comprensible, pues en esas sociedades matriarcales la responsabilidad de la educación de los hijos se encomienda a los tíos maternos y no al padre biológico.
Volviendo al Occidente, no solo existe un panorama que ha cambiado en los últimos treinta años, con la disminución de los matrimonios, la difusión de las parejas de hecho, las leyes que reconocen las uniones entre personas del mismo sexo, también existe la incidencia de los ritmos de trabajo tan intensos que incluyen los domingos y que hacen cada vez más complicadas las relaciones familiares, por no mencionar los problemas económicos y la falta de políticas que apoyen a las familias.
Es decir, creer que el Sínodo se concentrará en el debate-enfrentamiento entre quienes proponen la apertura a los divorciados que han contraído nuevas nupcias y los que han declarado, preventivamente, que ninguna apertura es posible, es reducir demasiado la cuestión.
Papa Francisco quiere una discusión libre y verdadera, no pretende imponer esquemas prefabricados y nunca ha pensado en términos estratégicos para orientar o guiar el debate, como demuestra la inclusión (entre los miembros nombrados por él mismo) de algunos cardenales notoriamente contrarios a cualquier apertura sobre el tema. Un Sínodo es diferente del congreso de un partido o de una asamblea de accionistas: para quienes tienen fe, es un encuentro en el que se trata de «caminar juntos», guiándose recíprocamente, escuchando a un Dios cada vez más grande de nuestra capacidad de imaginarlo. Sería, pues, un error pensar el Sínodo según el esquema de aperuristas (aventureros dispuestos a complacer tendencias mundanas) contra los férreos defensores de la doctrina. No es ningún ring en el que se reivindican presuntos derechos, dando por descontado el resultado final.
El Papa, y esto es seguro, sigue pidiendo, con el Evangelio en la mano, abandonar una mirada legalista: «La Iglesia es llamada a ser cada vez más la casa abierta del Padre, la casa paterna en la que hay sitio para cada uno con su vida». Desde mañana, el Sínodo tendrá que confrontarse no con las geometrías de las fórmulas doctrinales, sino con los problemas, las heridas, las experiencias de las personas y la urgencia de anunciarles el Evangelio mediante la acogida y la cercanía. Son muchos los que esperan que los obispos no se limiten a denunciar las costumbres de la sociedad «líquida» y los «ataques» contra la familia, sino que se interroguen sobre las causas del abismo que existe entre la enseñanza de la Iglesia y la experiencia de vida de muchos cristianos.
por Andrés Tornielli