Hace el hombre penitencia, antes de recibir el bautismo por los pecados precedentes, pero de tal modo que reciba asimismo el bautismo, como está escrito en los Hechos de los apóstoles, cuando hablando Pedro a los judíos les dice: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados.
Hace también el hombre penitencia si, después del bautismo cometiere un pecado tal, que mereciere ser excomulgado para luego ser reconciliado, como lo practican en todas las iglesias los que técnicamente son llamados «penitentes». De esta penitencia habla el apóstol Pablo cuando dice: Temo que, cuando vaya, Dios me aflija otra vez por causa vuestra y tenga que ponerme de luto por muchos que pecaron antes y no se han convertido de la inmoralidad, libertinaje y desenfreno en que vivían. Y esto lo escribía precisamente para aquellos que ya habían sido bautizados.
Está asimismo la penitencia casi cotidiana de los fieles buenos y humildes, por la que nos damos golpes de pecho diciendo: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y es evidente que no pedimos la condonación de las deudas que estamos seguros habérsenos condonado en el bautismo; sino aquellas otras que, si bien leves, frecuentemente se infiltran a través, de las fisuras de la humana fragilidad. Estas faltas, si se acumularan contra nosotros, nos gravarían y oprimirían como uno que otro pecado grave. ¿Qué más da que un barco naufrague bajo el ímpetu de una inmensa ola que lo envuelve y lo sumerge, o que se vaya a pique a consecuencia del agua que paulatinamente se va introduciendo en la sentina y que, al ser negligentemente ignorada o descuidada, acabe por inundar el barco y sumergirlo?
Por esta razón vigilan cual centinelas los ayunos, las limosnas y las oraciones. En las cuales, al decir: Perdónanos, como nosotros perdonamos, manifestamos que no faltan en nosotros cosas que hacernos perdonar. Y así, humillando nuestras almas con esta confesión, no cesamos en cierto modo de hacer, día tras día, penitencia.