Ante la creciente presencia de la pornografía en la sociedad, los obispos norteamericanos se han visto en el deber de actualizar la respuesta pastoral ante este reto. El resultado es un documento titulado "Crea en mí un corazón limpio", que contiene una denuncia categórica del daño causado por este fenómeno a todo tipo de personas, pero especialmente a la juventud y a los matrimonios, dos pilares de la sociedad.
Uno de los malentendidos más frecuentes en torno a la doctrina sexual católica es el que afecta a la palabra castidad. Frecuentemente se entiende como una renuncia, y como una cualidad propia de los actos en vez de las personas. El documento, en cambio, citando la definición del Catecismo de la Iglesia católica, la describe como “la integridad lograda de la sexualidad en la persona”. Así subraya su carácter constructivo de la personalidad, y su condición personal y diacrónica: es el hombre o la mujer particular quien, a lo largo del tiempo, la logra.
El texto ofrece una explicación positiva del sexo como parte de un plan para construir el amor humano
Solo esta conquista satisface todas las posibilidades de la corporeidad sexuada que es tan parte de lo humano como el alma, una idea que Juan Pablo II acuñó –y que los obispos estadounidenses recogen en el documento– como “significado esponsal del cuerpo”. Siguiendo su magisterio, el documento recuerda que, dado que la cumbre del amor consiste en la entrega total y gratuita, su contrario no es el odio, sino la utilización del otro para obtener un beneficio, en este caso el placer sexual. En cambio, la vida sexual de los esposos es una manifestación de castidad tan expresiva como lo es la abstinencia para otros.
Una enfermedad contagiosa y con profundas secuelas
El segundo apartado del documento se centra ya en la pornografía. Los obispos constatan lo que se ha señalado desde distintos ámbitos no religiosos: el consumo no deja de aumentar, y está cada vez más extendido entre jóvenes e incluso niños.
Los efectos de esta normalización cultural de la pornografía se han estudiado desde distintas perspectivas (cfr. Aceprensa, 11-06-2014). Se ha documentado, por ejemplo, una relación entre su uso y una mayor incidencia de conductas sexuales de riesgo, alcoholismo, maltrato a la pareja o divorcio. Entre los trabajadores del sector, mujeres en su gran mayoría, se dan además otros problemas. De los encuestados para una encuesta de 2014, un 60% había fumado marihuana en los últimos tres meses, y un 20% había tomado éxtasis o cocaína. Además, un 15% reconoció haber tenido que realizar favores sexuales para conseguir el empleo, y uno de cada cuatro había intercambiado sexo por dinero o droga en su vida personal.
Los vídeos sexuales grabados por menores son una muestra de la normalización de la pornografía en los más jóvenes
Uno de los aspectos más preocupantes de la epidemia de la pornografía es el que se refiere a los más jóvenes. No solo es que el consumo habitual esté creciendo; tampoco que la edad del primer encuentro con este tipo de material haya bajado hasta los once años (menos aún para los chicos); es que cada vez más son también “productores”. En parte, esto se debe a la normalización de la pornografía, que hace que lo que antes se considerara “porno duro” ahora pase por simple erotismo, un juego de niños.
Un estudio publicado por la Internet Watch Foundation en marzo de este año analiza pornografía grabada por menores de 20 años. Dentro de este grupo, los que están entre los 16 y los 20 años producen más contenido que los de 15 y menos (solo un 17,5% del total pertenece a este último grupo). Pero sorprende que cuando este se clasifica en tres categorías según su crudeza (A para el material más explícito, C para el menos), el de los menores de 16 años tiene una mayor proporción de “dureza” –47% en las categorías Ay B– que el de los mayores –solo un 28%–.
Otros datos interesantes del mismo estudio son que la casi totalidad (93%) de la pornografía autograbada que representa a menores de 16 años está protagonizada por chicas, y que el 85% de las grabaciones fueron hechas con la webcam de un ordenador en el entorno del hogar. Esto demuestra que la preocupación de los obispos norteamericanos por la epidemia de pornografía no es exagerada.
La pornografía desnaturaliza la intimidad y la gratuidad propias del acto sexual
Cosificación del cuerpo
No obstante, como recuerda el documento de la Conferencia Episcopal, no es el daño social producido –ni siquiera el que tiene por víctimas a los más jóvenes–, ni tampoco la mayor o menor crudeza de las imágenes lo que convierte a la pornografía en pecado.
La pornografía es pecado, y grave (algo que el documento deja muy claro), porque desnaturaliza dos de los aspectos fundamentales de la sexualidad, y por tanto de la personalidad del hombre: la intimidad y la gratuidad del don.
Además, la pornografía lleva aparejada una cosificación del cuerpo, y por tanto de la otra persona, ya que su corporeidad es tan inherente a ella como su alma. Esto fomenta la “cultura del descarte” de la que habla el papa Francisco: el otro me interesa cuando me sirve para algo, en este caso para producirme un placer.
Por otro lado, el consumidor habitual de pornografía pierde capacidad para la intimidad, y puede acabar por no apreciar su propia dignidad. De hecho, entre los que ven material pornográfico con asiduidad se dan con mayor frecuencia problemas de autoestima, que pueden dañar lo más profundo de la identidad si la persona es joven y está desarrollando su personalidad.
Curar a todos
La última parte del documento ofrece una invitación a todos los que de una manera u otra han sido heridos por la pornografía: la Iglesia es un hospital de campaña donde pueden sanar sus heridas. La mano tendida no solo se ofrece a las víctimas más evidentes, los niños o adultos utilizados como “mercancía” en el negocio de la pornografía, sino también a los hombres y mujeres cuya pareja se ha roto por culpa de esta lacra, a los consumidores esporádicos o habituales, e incluso a los que producen y distribuyen estos materiales.
Eso sí, lograr un “corazón limpio” no es tarea fácil. La Iglesia no pretende engañar a nadie, ni puede ofrecer algo que no forma parte de sus depósito. Por eso, los consejos de los obispos son los de siempre: vida casta, confesión y comunión frecuente (aunque se recuerda la necesidad de estar limpio de pecado mortal para comulgar), y oración.
Además, el documento dirige una petición especial, con tono casi de súplica, a los padres y formadores, para que protejan a sus hijos o estudiantes de la pornografía y procuren fomentar en ellos “el amor por el amor”, es decir, la castidad.