
«El Señor se acuerda de su alianza eternamente», decimos en el salmo. La liturgia de hoy nos habla de la fidelidad de Dios. Su fidelidad es memoria, Dios no olvida jamás su alianza. De una sola cosa se olvida Dios: de nuestro pecado, una vez que lo ha perdonado, por lo demás Dios es memoria.
A su vez la primera lectura nos presenta a Abraham, como padre de la fe, pero también como modelo para el creyente, en las tres dimensiones de la fe: elección, promesa y alianza.
Elección: no somos creyentes porque escogemos un credo en el mercado de las religiones, sino porque hemos sido elegidos por Dios.
Promesa: en esa elección hay una promesa, que se manifiesta en la fecundidad; como Abraham, que es padre de una mutitud de pueblos, nuestra fe es fecunda en obras.
Alianza: el tercer paso es que cada uno de nosotros debe observar la alianza, y la alianza es fidelidad.
Jesús dice que Abraham exultó de alegría al ver el día de la Gran Obra, el día en que su descendiente vino a rescatar, a rehacer la creación.
Eres cristiano no por tener una fe de bautismo -eso es solo un papel- sino si dices que sí a la elección, vas tras la promesa, y realizas con Dios una alianza de fidelidad. Eso es la vida cristiana.
Y los pecados del camino son siempre contra estas tres dimensiones: no aceptar la elección y elegir nosotros, tantos ídolos, tantas cosas que no son de Dios; no aceptar la promesa en esperanza, queremos que la promesa sea hoy; y olvidar la alianza, vivir como si no estuviéramos bajo alianza.
Y la fecundidad de esa vida cristiana es la alegría, como la alegría de Abraham, que vio el día de Jesús y exultó de gozo.