
La piedad cristiana ha recogido los dolores de la Virgen. y los ha resumido en siete: al recibir la profecía de Simeón, al tener que marchar a Egipto, al perder al Niño en el templo, al encontrarse con Jesús en el camino del calvario, al ser crucificado Jesús, al recibir su cuerpo muerto, al sepultarlo. Y así la piedad cristiana recorre el camino de la Madre, que acompaña a Jesús.
La Madre nunca ha buscado nada para sí, no ha pretendido títulos. Ha pedido para otros, como en Caná, pero nunca ha dicho "cuidado, yo soy la Madre, seré la Reina Madre..."; no ha pedido para sí nada importante en el colegio apostólico, solo acepta ser madre.
Seguía a Jesús como discípula. En el calvario, al pie de la cruz seguramente se diría: "pobre mujer, cómo sufre, pero seguro es de ella la culpa, porque si lo hubiera educado bien, este no habría terminado así...", pero allí, con el Hijo, con la humillación del Hijo, él honra a la madre: "Esta es mi madre". Y ese es el título que ha recibido de Jesús, precisamente allí. Y luego la vemos con los apóstoles en oración, como madre.
No ha recibido de Jesús ningún título, pero ha recibido el don de acompañarlo a él como madre y de acompañarnos a nosotros como madre, de ser nuestra madre.
No ha pedido para sí ser una "cuasi redentora", o una "co-redentora", no, redentor hay uno solo, y este título no se duplica. Solamente discípula y madre, y así es como debemos pensarla, buscarla y rezarle: madre en la Iglesia madre.
En la maternidad de la madre vemos la maternidad de la Iglesia, que recibe a todos, buenos y malos, a todos.
Nos hará bien parar un poco y contemplar cómo ella lo ha acompañado, como madre, con fuerza, con llanto, no un llanto fingido... nos hará bien parar un poco y decirle a la Madre: gracias por haber aceptado ser madre cuando el ángel te lo dijo, y gracias por haber aceptado ser madre cuando Jesús te lo dijo.