Análisis Digital, 27/12/05 - Desde hace algunos años, la presión de lo políticamente correcto ha creado en los Estados Unidos un curioso convencionalismo: está prácticamente prohibido decir o escribir Christmas, o sea, Navidad. La gente de la calle, por supuesto, sigue empleando el término tradicional, pero en los medios de comunicación y en el lenguaje comercial se emplea más bien “fiestas”, en genérico. ¿Por qué? En teoría, para no “herir” a los sectores sociales ateos; en realidad, para ser coherente con el carácter propiamente sindiós de la cultura contemporánea.
Curiosamente, las disidencias públicas más notables a este respecto han venido de donde menos se podía esperar: los grupos judíos ortodoxos. Los judíos, como es sabido, no celebran la Navidad: Jesús les parece un impostor; por eso siguen siendo judíos, y no cristianos. Sin embargo, la evolución de la cultura moderna los ha llevado a un dilema difícil: ¿Qué es mejor (o peor), una cultura social cristiana, tradicionalmente hostil a los judíos, pero religiosa y de matriz bíblica, o una cultura enteramente secularizada, laicista, en cuya genealogía intelectual hay numerosos judíos, pero donde el papel que se reserva a la fe tradicional es simplemente la extinción? Y los judíos ortodoxos, que piensan en términos religiosos, han decidido que la civilización atea es peor que la cultura cristiana.
El testimonio más reciente a este respecto es el del rabino de Seattle Daniel Lapin, que el pasado 1 de diciembre reivindicaba la Navidad en el National Press Club de Washington. El Rabí Lapin exponía tres razones :
La primera es de carácter histórico. Antaño –dice el rabino-, bajo la presión de “regímenes teocráticos” (sic) que perseguían a los judíos en Europa, los hebreos tenían que elegir entre esas “siniestras teocracias” o el socialismo y el secularismo, y escogieron lo segundo; pero la alternativa que hoy se plantea es o bien un secularismo agresivo, o bien unos cristianos que creen en la Biblia y respetan los diez mandamientos, y Lapin cree, con razón, que los judíos sobrevivirán mejor entre estos últimos.
La segunda razón es de fraternidad bíblica: el rabino percibe que el antisemitismo, en el gozne del milenio, ha girado hacia el anticristianismo.
En consecuencia, Lapin apela a los judíos para que combatan el anticristianismo, del mismo modo que los cristianos americanos han combatido el antisemitismo.
Y la tercera razón del Rabí Lapin es “la gratitud”, porque la América de los valores bíblicos ha ofrecido a los judíos su periodo más largo de “tranquilidad y paz”, y ahora los judíos, en justa correspondencia, deben defender los valores bíblicos en América.
Estas cosas, aquí, en España, nos cogen un poco lejos. Y sin embargo, sería necio negarles importancia: no deja de ser un esbozo de frentes de batalla. Sobre todo porque aquí, entre nosotros, también se escucha cada vez menos la palabra “Navidad”.
José Javier Esparza
Periodista