La Razón, 02/01/06 Fue una de esas imágenes de televisión que te golpean y hacen que te preguntes por el mundo que estamos construyendo. En uno de esos programas en directo de reporteros con su cámara a cuestas, los periodistas llegaron a un edificio que estaba en riesgo de derrumbamiento. Allí entrevistaron a los vecinos y entraron en la casa de un anciano que vivía solo.
El hombre les enseñó su hogar, las grietas que atravesaban cada habitación hasta que les llevó al salón. Allí, colgada de una pared, lucía la vieja imagen iluminada de una cascada en la que parecía que el agua estaba en movimiento, como las que suelen encontrarse en muchos restaurantes chinos. «La tengo siempre encendida porque me ayuda a combatir la soledad», le confesó con una mirada triste al reportero.
El pobre anciano había desnudado su alma sin ningún pudor ante toda la audiencia. Le gritaba a la sociedad que se sentía solo, y que muchos como él -el 23 por ciento de las mujeres y 6 de cada cien hombres mayores de 65 años en España- se encuentran en la misma situación. Que uno de cada cuatro ancianos sufre depresión y que el 40 por ciento no se vale por sí mismo. Detrás de estas cifras oficiales se esconde un drama que se aviva en estas fechas navideñas.
Mientras muchos invaden centros comerciales en una loca carrera por tener más y más, otros quedan arrumbados y arrinconados, consolados con la pobre visión de una cascada ficticia. No es cristiano. Pero tampoco es nuevo. Hace dos mil años, nacía un niño olvidado por casi todos. Esta vez, la cascada que le consolaba era real: la del amor de sus padres que se vertía plenamente en él.
Lo dijo Malcolm Muggeridge hace varias décadas: «Si hubiera sido periodista en Tierra Santa en tiempos de Jesucristo, me habría dedicado a averiguar lo que pasaba en la corte de Herodes; habría descubierto lo que estaba tramando Pilatos... y me habría perdido por completo el acontecimiento más importante de todos los tiempos». ¿No nos estará pasando a nosotros lo mismo?
Álex NAVAJAS