
Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra celebración eucarística de hoy está, más que nunca, impregnada de alegría. De hecho, la belleza de este encuentro nuestro se inscribe en el contexto del domingo denominado «laetare», es decir, «alégrate», según las palabras de Isaías: «Alégrate, Jerusalén» (Entrada, cf. Is 66,10).
Esto nos hace reflexionar. Actualmente, en el mundo, muchos de nuestros hermanos y hermanas sufren a causa de conflictos violentos, provocados por la absurda pretensión de resolver los problemas y las divergencias con la guerra, cuando lo que hay que hacer es dialogar sin tregua por la paz. Algunos, además, pretenden incluso involucrar el nombre de Dios en estas opciones de muerte, pero Dios no puede ser reclutado por las tinieblas. Él viene, más bien, siempre, a dar luz, esperanza y paz a la humanidad, y es la paz lo que deben buscar quienes lo invocan.
Este es el mensaje de este domingo: más allá de cualquier abismo en el que el hombre pueda caer, a causa de sus pecados, Cristo viene a traer una luz más intensa, capaz de liberarlo de la ceguera del mal, para que comience una vida nueva.
El encuentro entre Jesús y el ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41), en efecto, puede compararse con la escena de un parto, gracias al cual este, como un niño que viene a la luz, descubre un mundo nuevo, viéndose a sí mismo, a los demás y a la vida con los ojos de Dios (cf. 1Sam 16,9).
Preguntémonos, pues: ¿en qué consiste esta mirada? ¿Qué revela? ¿Qué significa «mirar con los ojos de Dios»?
Según cuenta el evangelista Juan, significa ante todo superar los prejuicios de quien, ante un hombre que sufre, solo ve a un marginado al que despreciar, o un problema que evitar, encerrándose en la torre blindada de un individualismo egoísta. Muchas veces se oyen frases del tipo: «Mientras las cosas iban bien, había muchos amigos; pero en el momento de la prueba, muchos se han ido, ¡han desaparecido!». Jesús no hace eso: mira al ciego con amor, no como a un ser inferior o una presencia molesta, sino como a una persona querida y necesitada de ayuda. Así, su encuentro se convierte en una ocasión para que en todos se manifieste la obra de Dios.
En el «signo», en el milagro, Jesús revela su poder divino y el hombre, casi repitiendo los gestos de la creación —el barro, la saliva—, vuelve a mostrar plenamente su belleza y dignidad de criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Así, al recuperar la vista, se convierte en testigo de la luz.
Ciertamente, esto implica un esfuerzo: debe acostumbrarse a muchas cosas antes desconocidas, aprender a distinguir los colores y las formas, reajustar sus relaciones, y no es fácil. Es más, la hostilidad que lo rodea crece, lo provoca, y ni siquiera sus padres tienen el valor de defenderlo (cf. Jn 9,18-23). Parece casi, absurdamente, que quienes están cerca de él quieran anular lo que ha sucedido. No solo eso: en el interrogatorio al que se somete al ciego que ahora ve, quien es juzgado es sobre todo Jesús, acusado de haber violado, para curarlo, el día de sábado.
Se revela así, en los presentes, otra ceguera, diferente y aún más grave: la de no ver, justo delante de sí, el rostro de Dios, por lo que cambian la posibilidad de un encuentro salvífico por la estéril seguridad que les da la observancia legalista de una disciplina formal. Ante tal obtusidad, Jesús no se detiene, mostrando que no hay «sábado» que pueda obstaculizar un acto de amor. Por lo demás, el sentido del descanso sabático, para el pueblo de Israel —y para nosotros del domingo, día del Señor— es precisamente el de celebrar el misterio de la vida como un don, ante el cual nadie puede ignorar el grito de ayuda del hermano y de la hermana que sufren.
Quizás, a veces, en este sentido, también nosotros podamos ser ciegos, cuando no nos damos cuenta de los demás y de sus problemas. Jesús, en cambio, nos pide que vivamos de otra manera, como bien había comprendido la primera comunidad cristiana, en la que los hermanos y hermanas, constantes en la oración, lo compartían todo con alegría y sencillez de corazón (cf. Hch 2,42-47). No es que faltaran, ni siquiera en aquellos tiempos, tribulaciones y obstáculos. Pero ellos no se rendían: fortalecidos por el don del Bautismo, se esforzaban igualmente por vivir como nuevas criaturas, viviendo en comunión y en paz con todos y encontrando en la comunidad una familia que los acompañaba y sostenía.
Queridísimos, estos son los frutos que estamos llamados a dar como hijos de la luz (cf. 1Ts 5,4-5); y vuestra parroquia lleva unos noventa años viviendo con fidelidad esta misión, con especial atención a las situaciones de pobreza, marginación y emergencia, con especial atención a la presencia, en su territorio, de la prisión de Rebibbia, y con muchos otros signos de sensibilidad y solidaridad.
Sé que ayudáis a muchos hermanos y hermanas, procedentes de otros países, a integrarse aquí: a aprender la lengua, a encontrar una vivienda digna y a ejercer un trabajo honrado y seguro. No faltan las dificultades, lamentablemente a veces acentuadas por quienes, sin escrúpulos, se aprovechan de la situación de indigencia de los más débiles para satisfacer sus propios intereses. Sin embargo, soy consciente del gran esfuerzo que todos vosotros realizáis para hacer frente a estos retos, a través de los servicios de Cáritas, las casas de acogida para mujeres y madres en dificultades y muchas otras iniciativas. Así como conozco la vitalidad y la generosidad con que os dedicáis a la educación de los jóvenes y los niños, con el oratorio y otras propuestas formativas.
San Agustín, hablando del rostro de Dios, del que estamos llamados a ser espejo en el mundo, decía a los cristianos de su tiempo: «¿Qué rostro tiene el amor? ¿Qué forma, qué estatura, qué pies, qué manos? […] Tiene pies, que conducen a la Iglesia; tiene manos, que dan a los pobres; tiene ojos, con los que se llega a conocer a quien está en necesidad» (In Epistolam Joannis ad Parthos, 7, 10) y añadía, refiriéndose a la caridad: «Conservadla, abrazadla: nada es más dulce que ella» (ibíd.).
Queridos hermanos y hermanas, he aquí el don de la luz que se os ha confiado, para que lo hagáis crecer en vosotros y entre vosotros en toda su dulzura y lo difundáis en el mundo, con la oración, la frecuencia a los sacramentos y la caridad. Seguid comprometiéndoos así en vuestro camino.
Que el Sagrado Corazón de Jesús, a quien está dedicada vuestra parroquia, moldee y custodie cada vez más esta hermosa comunidad, para que, con los mismos sentimientos de Cristo (cf. Fil 2,5), viváis y deis testimonio con alegría y dedicación del tesoro de gracia que habéis recibido.