Análisis Digittal, 24/02/06
A estas alturas, puesto a buscar palabras que describan con una cierta precisión lo que está ocurriendo, se me viene a la cabeza, una y otra vez, la idea de conspiración.
Enseguida empezarán algunos a reprochar que es una salida muy trillada, que es propia de paranoicos o de ociosos. Vale, que lo sea; pero todo ello no quita que parece lo que digo, y voy a enumerar mis razones.
1ª- El aborto sigue creciendo exponencialmente, sin que el terror que inspiran las elevadas cifras provoque un levantamiento social de indignación. Puede que muchos discrepen a la hora de considerar humana la víctima del aborto ˆdeberían ver fotografías...ˆ; pero lo cierto es que la inmensa mayoría ni siquiera se lo plantea, sencillamente no quiere saber, no quiere ser interpelada sobre esta cuestión, no le interesa pensar a fondo una pregunta que en el ámbito jurídico sólo tiene una respuesta: in dubio, pro reo.
2ª- La clonación humana empieza a anunciar su llegada, con la consabida propaganda ˆimagen de un niño enfermito que podrá ser salvado... a costa de seleccionar para la vida a uno solo de sus hermanos, escogido no por amor, sino por razones utilitarias sobre los demásˆ. El argumento anterior vuelve a ser pertinente. Aquí se añade además que ese «amasijo de carne» que todavía se oculta a nuestra mirada (sobre todo a la de los que no quieren ver), asume imperativamente la condición de objeto. La persona hecha cosa se convierte en material de laboratorio.
En cierto modo, es un progreso con respecto a la cosa humana que acaba en la basura o el retrete. Una probeta o un matraz parecen lugares más dignos para incubar a un hombre, todo sea por la ciencia, aunque al final se reduzca a un puñado de células picadas para bombardear con experimentos hasta que dejen de ser útiles y se fabriquen más.
3ª- La nueva ley sobre reproducción artificial incluye también la posibilidad de fabricar engendros con mezcla de células humanas y animales. Huelgan comentarios.
4ª- La eutanasia prosigue su lenta expansión en los corazones, paso previo a su reconocimiento legal. Ya dijo algún político que el asunto todavía no estaba maduro. Le falta un hervor. Con peliculitas manipuladoras y casos extremos se va preparando la base que permita aceptar este nuevo crimen legalizado.
5ª- Los hijos que nacen también son un estorbo, o cuanto menos un gasto. Esta idea lleva infiltrándose mucho tiempo en las mentes en proceso de (de-)formación, y ya ha calado lo suficiente para que varios miles de parejas cohabiten sin intenciones de formar familia. Puede ocurrir que los únicos hijos que nazcan sean los «sobrevenidos», aquellos seres extremadamente afortunados que sortean todas las barreras anticonceptivas y abortivas que se les ponen por medio, aunque vean la luz con la desgracia de no haber sido queridos. Pero, ojo, al menos esto último siempre tiene remedio: lo único que cualquier persona siempre está en condiciones de proporcionar es amor. Lejos de esto, los políticos que nos gobiernan no ocultan su aversión a la familia y recortan las pobres ayudas que le dispensaban. Esto no es sensiblería, son números.
6ª- Los viejos no tienen otro papel que morirse. Los que tienen una edad son ya trastos inútiles, nada de pozos de sabiduría ni fuentes de la tradición, porque esas riquezas no interesan a la sociedad del carpe diem. Los primeros que detectan esta mentalidad son los propios abuelos, que se ven abocados a una vejez solitaria y arañada por el complejo de culpa de ser una carga. La gratitud es un bien cada vez más escaso, a falta de compromiso, un bien prácticamente extinguido. Claro que peor lo tienen los jóvenes de ahora, porque cuando les llegue su turno la soledad sí que será una realidad masticable y absoluta, de ahí que desde pronto se les imbuya de ideas utilitarias y eutanásicas.
Podría seguir, y podría desarrollar todavía más lo dicho. Pero se trata de aspectos conocidos por todos, como recordatorio es suficiente. Me permito hablar de conspiración porque todo lo anterior es flagrante, se hace a plena luz, con dineros públicos, con intención declarada de los gobernantes, y quien lo niegue se engaña o nos pretende engañar. Como de costumbre, entre los que se atreven a protestar sólo se señala a la Iglesia y a las familias, es decir, a los emblemas del pasado, instituciones que se consideran un lastre para la sociedad del bienestar absoluto, pero que son garantía de futuro si se contemplan sin los prejuicios aludidos, que ni siquiera son prejuicios, sino egoísmo disfrazado. La pena es que sus voces sean las únicas audibles, sobre todo porque la conciencia de muchos experimenta la misma alarma. Para hablar de conspiración no es preciso que exista un complot en el que todos se hayan puesto de acuerdo. Como ocurría en la clásica película de John Sturges, «Conspiración de silencio», basta con que cada uno encuentre motivos, intereses o miedos que le convenzan para no hablar del crimen cometido. En nuestro caso, el silencio social calla ante la destrucción del hombre.
Ángel López-Sidro López
Profesor de Derecho
de la Universidad
de Jaén