
Una "profecía radical" contra una sociedad que mide todo con el criterio de la utilidad y la eficiencia. En el solemne marco de la Basílica de Santa María de los Ángeles, en Asís, el secretario general de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), monseñor Giuseppe Baturi, presidió la celebración de las Primeras Vísperas, este sábado 3 de octubre de 2026, por el 800º aniversario de la muerte de san Francisco, en recuerdo del Tránsito del Poverello, ocurrido el 3 de octubre de 1226, a pocos metros de la Porciúncula. Ante una basílica llena de fieles y religiosos llegados de todo el mundo, el arzobispo de Cagliari pronunció una homilía intensa, trazando un paralelismo entre el "secreto" de la muerte del santo patrón de Italia y las profundas derivas culturales de nuestro tiempo, que pueden ser sanadas al mirarlo a él, a la herencia y al ejemplo que dejó.
Mirar a la muerte a la cara
"Vivimos en una cultura que elimina la muerte, la esconde o bien la anticipa y la gestiona como un problema que hay que resolver". El Poverello de Asís, por el contrario, señala a la Iglesia exactamente lo contrario: "Mirar a la cara aquello que da miedo y llamarlo 'hermana', sin negarlo y sin huir de ello". Pero para tener esta mirada es necesario no estar solos. "La hermana muerte -prosiguió- no se acoge con las fuerzas del individuo, sino dentro de una relación, la relación con el Crucificado, que atravesó primero la oscuridad. Por eso, la Iglesia tiene que ofrecer una presencia: estar junto a quien sufre, sin apartar la mirada y sin tener prisa por cerrar la cuestión. Entre los brazos abiertos del Crucificado, todo sufrimiento es acogido y redimido".
Nadie debe morir solo
En las palabras de monseñor Baturi hay un desafío pastoral concreto para las parroquias, las familias y las estructuras sanitarias, que gira en torno a tres ejes fundamentales: proximidad, custodia y cuidado. "Esto nos concierne a todos, desde las comunidades parroquiales hasta las familias, desde los hospicios hasta quienes atienden en casa a un padre o una madre ancianos. Nadie debería morir solo y nadie debería quedar solo para cargar con el peso de quien muere. Por eso, la Iglesia está llamada 'a detenerse, acercarse y asumir la responsabilidad de esa vida'", advirtió con fuerza el secretario de la CEI, recordando que Francisco, incluso en su agonía, no se aisló; al contrario, supo demostrar que "el moribundo no es solamente aquel que recibe cuidados, sino quien continúa cuidando".
De ahí la invitación a la Iglesia a detenerse ante las familias agotadas, habitando el espacio del sufrimiento, "con competencia y con ternura, porque es el espacio en el que la fraternidad se hace concreta".
La profecía radical de Francisco
El prelado recorrió también los últimos momentos terrenales de Francisco, describiéndolos como una afirmación de amor a la vida. "Muere cantando... ¡Y canta la belleza de la vida! Este canto es también una lección de custodia. La misma gratitud que lleva a alabar al Señor 'por sora nostra matre terra' hace mirar con respeto toda vida, especialmente aquella frágil, que nuestro tiempo corre el riesgo de juzgar por su eficiencia. Quien canta sabe que la vida es un don y que un don se custodia desde su comienzo hasta su último aliento. Hoy, en un mundo que mide todo con la utilidad, la alabanza de Francisco es una profecía radical: dice que ninguna vida carece de valor, ni siquiera aquella que se apaga".
Nadie es enemigo
En otro momento clave de la homilía, monseñor Baturi vinculó la visión teológica del Tránsito de san Francisco con el actual y dramático contexto geopolítico, sacudido por conflictos globales y fracturas sociales: "A quienes viven en un tiempo de polarizaciones, de miedo al otro y de guerras, la Iglesia no les ofrece un consuelo abstracto, sino la certeza de que nadie es enemigo porque a todos está destinado el mismo abrazo".
El anuncio del paraíso no es, por tanto, una huida, sino un criterio social, político y ético inmediato: "Anunciar el paraíso, hoy, no significa evadirse de la historia, sino habitarla con una esperanza que la hace más humana. Quien sabe que es esperado en una fiesta así casi la anticipa dando hospitalidad a los pobres, a los enfermos, a quien ya no tiene nada que dar. Esta esperanza nos convierte en 'constructores de paz'. El paraíso ya es un criterio para el hoy: nos pide edificar desde ahora lugares de reconciliación, pedazos de mundo en los que aquello que el corazón anhela comience a hacerse visible".
La misión de la Iglesia
De ahí la llamada a la responsabilidad para los creyentes de hoy, exhortados a recuperar el "coraje de lo esencial" heredado de un santo que murió desnudo sobre la tierra desnuda. Citando las últimas palabras del Poverello a sus hermanos ("Yo he cumplido con mi deber; ¡lo que os corresponde a vosotros, que os lo enseñe Cristo!"), monseñor Baturi reafirmó que, al morir, Francisco no dejó un programa, sino un ejemplo que imitar, una dirección.
La misión confiada a la Iglesia al morir es la de repararla cada día: "Hoy, en un tiempo marcado por el miedo al otro, al sufrimiento y al final, se nos pide el mismo valor: por amor de Jesucristo, transformar el miedo en alianza y reconocer a un hermano y una hermana en quien muere, en quien es descartado. Esta es la reparación de la Iglesia que Francisco nos confía: reconstruirla cada día en la proximidad, en la custodia y en el cuidado".
Después de la celebración de las Vísperas -en la que también participaron el cardenal Ángel Fernández Artime, Legado Pontificio para las Basílicas de Asís; los obispos del Consejo Episcopal Permanente de la CEI; monseñor Felice Accrocca, obispo de las diócesis de Asís-Nocera Umbra-Gualdo Tadino y de Foligno; los Ministros Generales y Provinciales de las Familias Franciscanas y los peregrinos- tuvo lugar la ofrenda de los dones por parte del alcalde de Asís, Valter Stoppini, y de las autoridades institucionales presentes. Finalmente, tuvo lugar el saludo de fray Massimo Fusarelli, ministro general de la Orden de los Hermanos Menores.