Alfa & Omega, 05/11/04 Los misioneros de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento tienen como carisma viajar por el mundo abriendo capillas de adoración perpetua. Con ello se crean cadenas por las que las personas se comprometen, durante una hora semanal, a acompañar al Santísimo expuesto en el altar. En España existen dos, una en Madrid y otra en Málaga
«Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo»: con estas palabras el Santo Padre comenzaba su pontificado, y las ha repetido en muchas oportunidades. Abramos, pues, las puertas al Redentor. Precisamente, los misioneros de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento vamos por el mundo para que las puertas de la adoración al Señor en su presencia eucarística queden abiertas y nunca se cierren.
Esto es lo que llamamos Adoración perpetua: exposición permanente, día y noche, todos los días del año, del Santísimo para la adoración de los fieles. Para lograrlo, se requiere una cadena continua de adoradores; en otros términos, una cadena inquebrantable de amor hacia el Señor. El Señor, cuando está expuesto, no puede quedar nunca solo.
Lamentablemente, hoy constatamos que las puertas de las iglesias están cerradas, o que algunas se han convertido en museos.
Pero nuestro Dios es un Dios vivo que debe ser honrado, amado y adorado. Este Año eucarístico que comenzamos debe ser de intensa adoración, y, para ello, nada mejor que establecer, como pide el Santo Padre, en cada ciudad capillas de adoración perpetua; capillas abiertas las 24 horas del día, todos los días del año, para que quien quiera visitar al Santísimo, a la hora que sea, pueda hacerlo.
Una señora en México, al recibirme, lo primero que dijo fue que era una divorciada con una hija a cargo, dentista, profesora universitaria, con mucho trabajo en su consulta y que, por todo ello, no acudía ni siquiera a Misa dominical por falta de tiempo. Pues bien ?me dije?, ya me está dando todas las excusas para decirme que le es imposible comprometerse con una hora a la semana. Grande fue mi sorpresa cuando agregó: «Sin embargo, cuando usted tocó el timbre de mi puerta, sentí que era el Señor que venía a invitarme y no puedo decirle que no. Sólo Él sabe el sacrificio que para mí implica, pero anóteme para los domingos de 10 a 11 de la noche».
Más tarde, tras un mes de concurrir a la adoración, me envió una carta en la que me agradecía el haberse encontrado con el mejor amigo de su vida. A una de las coordinadoras de la adoración le confesaba que nunca pudo hacer una hora, porque cuando se daba cuenta había pasado hora y media o más, y que se sentía como una adolescente enamorada, porque cuando llegaba la hora de la cita con el Señor, su hora santa, el corazón le palpitaba fuertemente.
En otra ocasión, también en México, cuando estaba predicando en una parroquia rural, aparecieron tres hombres que habían recorrido varios kilómetros para que uno de ellos tres se confesara. Ocurría que los tres, que eran amigos, tenían el mismo horario de adoración, era los jueves de cuatro a cinco de la mañana, y quien venía a confesarse se había incorporado porque sus dos amigos, que eran católicos comprometidos, lo habían invitado a participar. A él lo traía el Señor, a quien hacía un mes que adoraba por primera vez en su vida.
Este hombre ahora quería reconciliarse con Dios después de toda una vida, de cuarenta años, de alejamiento. Estos son los frutos de la Adoración perpetua. Algunos totalmente inesperados, como aquel camionero que había aceptado reemplazar durante un par de semanas a su cuñada que estaba de viaje. Él, que no quería oír hablar de curas ni de Iglesia, aceptó sólo para hacerle un favor. Pero, al final, vino a apuntarse porque «no sé ?decía?, no puedo explicarlo, pero ahí, en la capilla, he sentido una paz que nunca antes había conocido». Infinitos son los caminos del Señor.
Nuestro carisma, nuestra comunidad, es precisamente éste: el de abrir capillas de adoración perpetua por todo el mundo. Así, hemos abierto capillas en países de mayoría musulmana como Pakistán o Kazakistán. También en Corea, Filipinas, y una en Moscú. En Roma, estamos en la basílica de Santa Anastasia.
Poco antes del inicio de la Adoración perpetua, don Alberto Pacini, de Santa Anastasia, le dijo al Papa: «Tengo una noticia que le va a poner muy contento: dentro de un mes comenzamos en Santa Anastasia con la adoración perpetua al Santísimo Sacramento». En ese momento, el Papa saltó, literalmente, de júbilo, alzando primero ambos brazos y luego comenzó a aplaudir. Él mismo había dicho que su mayor anhelo es que haya capillas de adoración perpetua en cada parroquia del mundo.
En España, por gracia de Dios, me ha tocado cooperar en la apertura de dos capillas. La primera en la diócesis de Málaga, en la parroquia del Purísimo Corazón de María, en Cancelada, barriada de Estepona, y en la parroquia La Encarnación del Señor de Madrid (calle Hermanos García Noblejas, 49).
En todos estos lugares, con nuestra adoración incesante, estamos dando el testimonio más elocuente de nuestra fe en la presencia verdadera, real, substancial de Jesús, hombre y Dios, en la Eucaristía. También que en Él ponemos nuestra prioridad, pues el resto ha de venir por añadidura. Decía la Beata Madre Teresa de Calcuta que la gente pregunta: «¿De dónde sacan las hermanas (Misioneras de la Caridad) la alegría y las fuerzas para hacer lo que hacen?» Y respondía: «La Eucaristía no implica sólo el hecho de recibir, sino también el hecho de saciar el hambre de Cristo».
Cuando le preguntaron a la madre Teresa cuántos conventos tenía, respondió: «Tenemos 548 sagrarios».
El Santo Padre, en la Bula Incarnationis Mysterium, nos dice que, desde hace 2.000 años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos, y cuando en 1981 se iniciaba la Adoración perpetua en la basílica de San Pedro en Roma, decía: «La mejor, más segura y efectiva manera de establecer la paz perdurable en la tierra es mediante el poder de la adoración perpetua del Santísimo Sacramento».
Hoy la situación del mundo está más allá de una solución humana; requiere de una intervención divina, y ella vendrá a través de la adoración perpetua.
Justo Antonio Lofeudo