Alfa & Omega, 11/04/06 (España) - Partamos del potencial conflicto de intereses en torno a la labor del médico: el interés de la persona y el de la sociedad. En este asunto están implicadas numerosas teorías filosóficas.
En primer lugar, tenemos lo mejor de la reflexión griega acerca de la virtud propia de una práctica determinada: afirmar Éste es un buen médico significa acotar la excelencia, las virtudes que hacen a un buen médico. Asimismo, el Juramento de Hipócrates continúa vinculando a los médicos de hoy. La phronesis de las tragedias griegas y de la Ética de Aristóteles se perpetúa en la concepción romana y medieval de la prudencia.
Al cristianismo y a san Agustín debemos el sentido de la persona insustituible; también el espíritu de la Ilustración retoma el mismo tema, con su discurso acerca de la autonomía. ¿Y cómo no apelar a la historia de la casuística propia de la tradición talmúdica, antes de evocar la sutileza de los jesuitas? Basta pensar en los sofisticados debates sobre el embrión –se le ha llegado a llamar persona en potencia–, o en las situaciones límite en las que el tratamiento de los enfermos terminales oscila entre el ensañamiento terapéutico, la eutanasia activa o pasiva, y el suicidio asistido.
El compendio de la historia de la ideas morales, sedimentado en fórmulas lapidarias y ambiguas, no se cierra aquí.
La presión ejercida por la ciencia biomédica y por la neurociencia procede de una aproximación racionalista y materialista. ¿Cómo ignorar aquí la influencia de las varias formas de utilitarismo, que encuentran su concreción en la expresión calidad de vida? Tocamos un punto en el que, en la ética médica, se introduce la dimensión legal. El conflicto tiene como fronteras la ciencia biomédica y la socialización de la sanidad, en nombre de la solidaridad –expresión ella misma del compromiso no entre normas, sino entre fuentes morales–.
No se debe recriminar a los códigos de deontología su silencio acerca de estas fuentes morales: no es que éstas sean mudas, lo que ocurre es que no se expresan en el campo de la deontología. Lo que no se dice es más radical. Al fin y al cabo, lo que está en juego es la noción misma de salud, lo que pensamos acerca de la vida y la muerte, el nacimiento y el dolor, la sexualidad y la identidad, el yo y el otro.
Aquí, la deontología se injerta sobre una antropología filosófica que no puede escapar a la pluralidad de convicciones de una sociedad democrática. Hay que considerar también la fragilidad específica de la ética médica, que se concreta en la dialéctica entre confianza y desconfianza que hace precario el derecho a la privacidad del paciente.
En el plano deontológico, la ética médica está expuesta a otra fragilidad, expresada en la doble amenaza que pesa sobre la práctica humanista del contrato médico: se trata de la inevitable objetivación del cuerpo humano, debido a la intersección entre proyecto terapéutico y búsqueda biomédica, o de la tensión entre la asistencia debida al enfermo en cuanto persona y su protección por parte de la sanidad pública.
¿Qué relación existe entre la demanda de salud y el deseo de vivir bien? ¿Cómo integramos el sufrimiento y la aceptación de la muerte en nuestra idea de felicidad? ¿Cómo puede una sociedad integrar en su propia concepción del bien común, los estratos heterogéneos presentes en la dimensión asistencial? La mayor fragilidad de la ética médica surge de la estructura consensual/conflictiva de las fuentes de la moralidad común. Los compromisos y el consenso constituyen hoy la única respuesta de la sociedad democrática para hacer frente a la heterogeneidad de estas fuentes.
Paul Ricoeur