Roma, 23/06/06 (La Nación) No sorprende la designación del cardenal Tarcisio Bertone como nuevo secretario de Estado del Vaticano. Catorce meses después de haber sido elegido, Benedicto XVI, el papa teólogo, reservado, reflexivo, que para algunos vive el peso de ser el jefe de la Iglesia católica muy solitariamente, y que tiene pocos amigos íntimos, dio un paso clave, más que indicativo. Con la designación de Bertone, demuestra que lentamente se está rodeando de personas de suma confianza, que conoce muy bien, que trabajaron con él en la Congregación para la Doctrina de la Fe, que piensan como él, comparten sus visiones teológicas y siempre le serán leales.
Todos los hombres que designó hasta ahora en puestos importantes de la Curia -el gobierno central de la Iglesia- tienen eso en común. Tal es el caso del cardenal William Levada, nombrado en mayo del año último al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe; de monseñor Malcolm Ranjith como secretario de la Congregación para el Culto Divino, designado en diciembre pasado, y del cardenal de la India, Ivan Dias, nombrado recientemente al frente de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
Como él, ninguno de ellos teme salir a respaldar públicamente alguna postura, por más impopular que resulte, en defensa de lo que consideran la verdad.
Más allá de esto, la designación de Bertone como el hombre que manejará la política del Vaticano indica hacia dónde apunta el pontificado de Benedicto XVI, y la dirección que va tomando la reforma de la Curia que ha emprendido.
No es casual, de hecho, que el Papa haya optado por el arzobispo de Génova, que al margen de ser alguien de su extrema confianza, con quien se encuentra en total sintonía, no tiene experiencia diplomática. Como Benedicto XVI tampoco tiene experiencia de ese tipo, muchos hubieran esperado (o recomendado) la designación de alguien proveniente del servicio diplomático, experto en relaciones con los demás Estados, con manejo de la política y los políticos.
Salvo el caso del cardenal Jean Villot, designado por Pablo VI (el papa que creó cardenal a Ratzinger), por más de cien años todos los secretarios de Estado del Vaticano fueron hombres con experiencia diplomática. "Bertone tiene grandes capacidades y las cosas se aprenden: se adaptará rápidamente a los manejos diplomáticos de la secretaría de Estado", dijo a LA NACION una fuente vaticana.
Pero, evidentemente, el Papa apunta a otra cosa. Muchos creen que la elección de Bertone refleja justamente su intención de redefinir el papel de la Secretaría de Estado, dándole una dirección más pastoral, y menos política. Un rumbo totalmente distinto del que tuvo durante los últimos quince años, desde el 29 de junio de 1991, en los que manejó el timón el influyente cardenal Angelo Sodano, una figura no muy querida en el Episcopado argentino debido a sus posturas conservadoras y su amistad con el ex embajador Esteban Caselli. Ratzinger lo conoce muy bien a Sodano: en tiempos de Juan Pablo II, sus oficinas estaban ubicadas respectivamente a la derecha y a la izquierda de la basílica de San Pedro, pero sus estilos son más que opuestos.
Al decidir también ayer designar al "canciller" vaticano, monseñor Giovanni Lajolo como presidente del gobierno de la Ciudad del Vaticano, sin nombrar a su sucesor, el Papa desarmó la secretaría de Estado de Sodano, en la que al momento sólo queda el arzobispo argentino, Leonardo Sandri, sustituto de la Secretaría de Estado (segundo de Sodano y tercero en importancia, después del Papa). Como se esperan más cambios en la Curia Romana, que Ratzinger quiere reducir para que sea más ágil y menos burocrática -de hecho, ya juntó el dicasterio para el Diálogo Interreligioso con el de Cultura, y el de Migrantes con el de Justicia y Paz- probablemente Sandri sea designado como cabeza de alguna congregación o en una nunciatura. Fortunato Baldelli, nuncio en París, es el nombre que más suena para reemplazar a Lajolo, en el área donde la Santa Sede define sus relaciones con los Estados.
Por Elisabetta Piqué
Corresponsal en Italia