Alfa & Omega, 31/10/06 -
Al otro no se le debería llamar por su desgracia, ni por el número que supone el total, sino por un nombre, por una familia, por unos amigos... El otro tiene un nombre al que responde, y probablemente le hayan llamado con otro de pequeño, en su casa..., cuando quizá no sufría tanto; cuando soñaba más o lo mismo; cuando no imaginaba un duro futuro; cuando no conocía el significado de tener que dejarse ayudar, y menos aún que podría aceptar esto sin sentirse un desgraciado.
El otro somos nosotros, aunque creamos que nunca nos podría suceder lo mismo. Otros lo pensaron antes, cuando todo estaba aparentemente de su lado; cuando no eran el otro. El otro no debería existir. De hecho, no existe... El otro somos nosotros, aunque no seamos capaces de sentirlo. El otro no existe, y llamarle otro es sólo una manera de no hacer nuestro el dolor y la alegría de un ser humano igual a nosotros.
En la noche también hay luz :
Caminaba por Santiago de Compostela y vi un yoyó de madera en el escaparate de una farmacia. Por un segundo, pensé que se trataba del reclamo de algún producto adelgazante: Deja de subir y bajar peso, podría rezar el eslogan. Pero luego vi una pizarra antigua; y luego un lápiz... Era extraño, pero lo cierto es que la gente se paraba a ver el escaparate y se preguntaba qué hacía eso allí, entre cremas, neceseres y cepillos de dientes. En el centro del escaparate, un cuadernillo antiguo de colegio se abría por la mitad, y así se mantenía en pie. No sé si el cuadernillo era de ciencias... Pero hablaba de la noche, de la luna, del sol... De luz. Ponía: «Durante la noche la luna refleja la luz del sol».
Me vinieron a la memoria algunos de esos momentos en los que vi sonreír a alguien en medio del desastre. Recordé esos instantes en los que escuché hablar de planes de futuro, pese a que la vida pareciera querer desbaratarlos, a golpe de muerte y desolación. Me dije que, para algunas personas, durante la noche, la luz del sol todavía se refleja en la luna... Gracias a ellos, gracias a otros. Y gracias a Dios.
Abdrahmane: luz en el Metro
Ahora vive en Barcelona, tiene papeles, un trabajo y se ha traído a sus dos hermanos de Mali. Muchos pensarán que es uno de esos africanos que ha tenido suerte; uno de esos que ha rentabilizado en vida su viaje en patera. Muchos pensarán: Qué bien lo ha hecho el Gobierno con él. Tiene papeles, trabajo..., incluso está a punto de comprar su propia casa. Pero también otros se preguntarán, frustrados, por qué tantos jóvenes españoles no pueden acceder a una vivienda y él sí, un negro que llegó en patera .
Abdrahmane C. llegó a España hace un par de años en una patera. Tenía 21, y, tras permanecer 30 días en comisaría, se encontraba en el Metro de Madrid todo lo perdido que alguien puede estar sin dinero, sin entender el idioma y en un país distinto al suyo. Era de noche y alguien supo mirarle. Se encontró con una persona que no tuvo miedo y se le acercó. Simplemente le preguntó: «¿Cómo estás, te encuentras bien...?»
El hecho es que Pedro le preguntó a dónde iba. Abdrahmane respondió que a Barcelona, y le mostró el euro y medio que tenía para comprar el billete. Pedro se lo llevó a casa, le vistió y le dio de comer, sin saber muy bien qué era eso que no comían los musulmanes: ¿vaca, cerdo, atún...?
Al día siguiente, Pedro montó a Abdrahmane en el autobús y, al cabo de unas horas, éste se encontraba en Barcelona con su hermano mayor. Ayer nos llamó. Todos los meses lo hace. No le salvó la burocracia. No le salvo nadie. Simplemente se encontró con una persona que le miró de verdad y le trató como a un ser humano. Un instante cambió su vida... Y de esos instantes están llenas las 24 horas del día, a pesar de que a veces creamos más en el poder de la burocracia, porque así podemos echar balones fuera y quedarnos tranquilos.
Miriam: luz al final del esfuerzo
Miriam lleva muchos años, siete, desde que acabó la carrera, buscando su sitio en el mundo laboral. Hace una semana estrenó trabajo:
«Hoy ha sido mi primer día, y la verdad es que ha sido muy relajado. He estado conociendo a toda la gente de mi departamento. Ya tengo mi propia taquilla y mañana o pasado me traerán una mesa. También me van a dar un par de batas y zuecos, cuadernos y bolis... Lo mejor es que tienen lavandería propia; es decir, yo dejo mi bata el lunes por la tarde, y al lunes siguiente me la devuelven lavada y planchada. ¡Es genial! También tenemos ayudas para el transporte, el dentista y el oculista, y para la guardería si tienes niños. El Centro es enorme; tiene un montón de edificios, hasta tiene dentro un banco, una agencia de viajes. Y tenemos nuestro propio servicio médico con consulta y todo. Por cierto, dentro de unos días me harán una revisión médica. No nos falta de nada. Los compañeros son muy majos. Hay un grupo de gente joven y el resto son mayores. Me quedo a comer todos los días, porque tengo que estar obligatoriamente de 9 a 16, descontando una hora de la comida, y la otra hora y media que falta la puedo hacer antes de las 9 o después de las 16. También me han dicho que tengo un mes de vacaciones y 12 días moscosos. No está mal. Hoy he comido por primera vez... Tenemos 4 primeros y 4 segundos y varios postres a elegir, y la comida cuesta 2 euros. La verdad es que sale barato. Además, si algún día quiero, puedo llevarme la comida de casa, porque tenemos microondas».
Eduardo: luz de una vida nueva
A Eduardo se le paró la ranchera en la 10, una carretera con un carril para cada sentido, que cruza el lago Pontchartrein (Nueva Orleáns, en los Estados Unidos), un sábado por la noche, día internacional de la salida nocturna . Agua a ambos lados. No tenía licencia de conducir, y el coche todavía no estaba a su nombre. Por eso mismo, tras intentar desviar el tráfico y que alguien parase a ayudarle, durante horas y sin éxito, decidió meterse en el coche y agradecer a Dios la vida que había tenido. Todo esto, mientras esperaba a que algo sucediese. En efecto, algo sucedió, y cuando sucedió fueron a ayudarle. Lo que le pasó a Eduardo -me refiero a que nadie parase- no es de extrañar en una ciudad donde el peligro se respira y donde te aconsejan en cada despedida que continúes andando si alguien te habla. Como lo cuento, sobrevivió otra vez.
Conocí a Eduardo un día en una parada de tranvía. Me preguntó a qué hora había pasado el último y compartimos un viaje al French Quarter... Se quedó para siempre. Desde hacía menos de un año, trabajaba en la reconstrucción de Nueva Orleáns, y desde menos de un año, también, vivía fuera de un hogar en el que había permanecido tres años para alejarse de la droga.
«A mi edad (43) -así lo cuenta Eduardo-, siento que estoy aprendiendo a vivir de nuevo. Mis hijos están bien... A mi hija la adoptó mi madre, y a mi hijo, mi hermana. Mi madre esta contenta y me dice que todo marcha bien, que me quede aquí trabajando, cuidándome. Estoy intentando adaptarme. Hace tres años, mi vida y mis compañías eran muy diferentes. El Señor cambió mi vida. No soy un ángel, ¿o me ves las alas? -bromeaba-; pero me he encontrado con el Señor, y eso te cambia la vida». Eduardo nos contaba que, desde los 15 años y durante 20, había sido un delincuente: «Me dedicaba a robar y a pelearme. A los 15, tras una persecución policial, estuve en el reformatorio, hasta los 17. Pero un día decidí cambiar. Fue cuando vi que mi niña tenía el síndrome de abstinencia; cuando vi que dependía de la heroína. Ahora tengo 43 años, y estoy aprendiendo a vivir».
Eduardo inspiraba una ternura grandiosa. No tenía alas, pero a veces lo dudábamos, cuando el jersey le hacía alguna arruga por la espalda... Sin medios, sin trabajo (ya no tenía medio de transporte), pero con una generosidad y una alegría maravillosas, un día nos sorprendió sin licencia, pero con coche y con una nevera llena de bebidas frescas para llevarnos a hacer fotos de las zonas más afectadas por el Katrina. «Sé que queréis ver las zonas afectadas y he conseguido un coche. Así podréis enseñar en España cómo está esto».
A la semana siguiente, pudimos conocer, en San Antonio, a la familia de Eduardo. Hablamos de muchas cosas alrededor de la mesa. Su madre era profesora y su padre mecánico, encantadores, al igual que su hermana. Los hijos de Eduardo, Destiny y Eduardo, correteaban del sofá a la habitación. En San Antonio supe que aquel hombre de manos gruesas y de cuerpo tatuado por navajas, agujas y dibujos diseñados por él, era un artista. Su madre, con una mezcla de sorpresa, emoción y alegría, teñida a la vez con una especie de tristeza ya acomodada en su rostro, me enseñó los dibujos que hacía su hijo, en sobres, maderas, paredes... ¡Aquella Virgen de Guadalupe que pintó a su abuela...! De repente, podía imaginar las manos que conocí dedicadas a construir lo que el Katrina destruyó pintando y trazando con inmensa paciencia aquellas maravillas. Su madre me regaló semillas de Aligator Cactus (Cactus cocodrilo), de la palmera de Barbados y de una planta de flores amarillas... Es bonito llevarse todo aquello que puede crecer en otra parte.
María: luz que se difunde
«La gente me ve feliz. Intento sonreír todo el día. Para mis hijos, estoy bien. Sufrieron mucho al verme mal, y ahora estoy siempre bien para ellos. Llego a casa tarde para acostarme y no tener que pensar... Por la mañana, me levanto para ir a trabajar. Trabajo mucho. La gente me ve feliz, saben que nos han indemnizado, y algunos creen que eso sirve de algo. No se dan cuenta de que han pasado cinco años y todo sigue igual. Me animan, pero no se dan cuenta de que nadie va a llenar este vacío, de que me han arrancado el corazón de raíz» (María B., viuda de un bombero fallecido en el 11-S).
Detrás del dolor de estas palabras, se encuentra una mujer que irradia felicidad, que hace felices a los que están con ella. Detrás de estas palabras, hay una mujer que se guarda el dolor casi siempre, que lo cuenta a veces y que, casi siempre, lo transforma. Siempre tiene flores en casa. Se las envían todas esas personas que se sienten queridas a su lado. Detrás de estas palabras se encuentra una mujer que disfruta con la felicidad de las personas que encuentra en el camino. Una mujer a la que le encanta cocinar para los demás, crear buenos momentos. Cocinó para nosotros y nos habló de esperanza mientras lloraba. Nos enseñó mucho de lo que significa mirar hacia delante y, por eso, al hablar de luz era obligatorio hablar de María.
Robert: luz que no sabe que es luz
Hola no es lo mismo que adiós,
después no es lo mismo que ahorita,
el café me gusta con azúcar y
una vaca es una vaca .
Robert es de Austin, en los Estados Unidos, la capital mundial de la música. A menudo escribe cosas parecidas a ésta, para que las recite su padre. Son juegos para ayudarle a no perder la memoria.
Conocí a Robert en un concierto homenaje a Buck Owens, en el Club Continental. Fue fácil entablar conversación allí. Yo era la única que no parecía sacada de una película de vaqueros, y la gente no tardaba en preguntarme: «¿Tú no eres de aquí, verdad?»
Robert empezaba las frases con un Yo solía , y las terminaba con un Pero no más . Quería estudiar y viajar, pero tenía que mantener a sus padres enfermos. Quería dejar de beber, pero las circunstancias le podían a menudo. Le preguntabas cómo se sentía una persona de su edad, 25 años, que nunca había salido de Texas, con esa presión, y respondía: «Les quiero». Soñaba con vender todo un día y viajar; también con poder ir a la universidad para estudiar Historia.
Aquel día estábamos charlando en el Ransom Center, situado en el Campus Universitario de Austin. No son muchos los que lo saben, pero allí se encuentra la Biblia Gutenberg. Allí le vi llorar, diciendo que no le gustaba a la gente porque había hecho cosas que no estaban bien en el pasado. Le pregunte si se consideraba a sí mismo una mala persona, y me dijo que, a veces, lo dudaba. Charlamos largo y tendido, y lo cierto es que supe que tenía delante de mí a una persona maravillosa que parecía no darse cuenta de ello; a una luz que no sabía que era luz.
Mamá: luz que permanece
«Robé a mi madre, le grite, la ofendí... Le prometí muchas veces que dejaría la droga. Ella siempre estuvo a mi lado. Hoy ya no esta aquí, pero siento la necesidad de decir: «Mamá, he dejado las drogas», con la esperanza de poder hacerla feliz todavía. Ella siempre estuvo conmigo cuando despertaba de mis viajes, para ayudar a que me levantase, una y otra vez. Fue mi luz y lo sigue siendo» (Anónimo, Santiago de Compostela).
Rosa Puga Davila