Alfa & Omega, 12/11/06 - (España) - Cuando nació, casi nadie hubiera apostado por David. Hoy tiene 11 años y, mientras sus padres comparten su experiencia con nuestros lectores, él está sentado en el suelo, hablando y riéndose, en su mundo. Luego, se va a su habitación a ver una película.
Las primeras semanas de vida de David no fueron fáciles.
Nació el 8 de agosto, hace ahora 11 años, por una cesárea de emergencia tras un desprendimiento de placenta, que le provocó falta de oxígeno y la rotura de algunas arterias del cerebro. Estaba inconsciente, pesaba poco más de un kilo, necesitaba respirador y el pH de su sangre era incompatible con la vida. Durante dos semanas, los médicos sólo esperaron. Podíamos verlo, acariciarle y hablarle, pero había mucho desánimo, y, aunque no nos llegaron a decir que lo desconectáramos, la idea estaba en el ambiente.
Para muchos, seguramente que estaría mejor muerto.
Coincidimos con una mujer que había tenido cuatrillizos, y dos estaban muy mal. Ella nos decía: «Más vale que se mueran, y el vuestro igual». Nosotros no queríamos. Lógicamente, cuando esperas un hijo, quieres que sea normal, pero no siempre es así. Tuvimos esta desgracia , pero lo más bonito ha sido cómo empiezas a darte cuenta de que el amor que da ese hijo, que un día vimos como un gran problema, es muy distinto, muy limpio..., y se convierte en una gran bendición del Señor, que nos ha dado por Amor. Es lo que nos ha unido a Jesucristo. Te dicen: «Si se hubiera muerto, ¡qué a gusto estaríais!», como si te hicieran un favor. Es inconcebible. Ahora ya no nos lo dicen, porque lo ven sonreir cuando lo llevamos en la silla.
¿Cómo fue evolucionando David?
El Jefe del Servicio volvió de vacaciones, y lo envió inmediatamente a un hospital con UCI y quirófano. La hemorragia, por no ser tratada, había pasado al grado más grave. Ese mismo día, le pusieron una válvula en la cabeza para evacuar líquidos, que tendrá que llevar toda la vida. Se complicó y tuvieron que repetir la operación. Después de un mes y algo de recuperación, estaba consciente, respiraba y succionaba por sí mismo, pesaba dos kilos y medio, y nos lo trajimos a casa. Antes de cumplir ocho meses, pasó otras dos operaciones. Los primeros años, teníamos tres o cuatro consultas a la semana, más la rehabilitación, y muchas horas de trabajo perdidas. Nuestros jefes se portaron muy bien, pero Loli dejó de trabajar. Con el tiempo, las consultas se van distanciando, y ahora tiene en el colegio la rehabilitación, los psicólogos, y el logopeda; antes eran aparte.
¿Y cómo se ha ido desarrollando?
Ha progresado muchísimo. Nos dijeron que nunca podría andar. Ahora puede andar por casa, aunque mal, y subir y bajar escaleras. Por la calle va en silla porque no guarda bien el equilibrio. Puede comer y masticar solo, se lava las manos y los dientes (aunque no con la precisión de alguien sin problemas). Para nosotros es mucho, porque le da una cierta autonomía. Sin embargo, no hemos conseguido que controle los esfínteres, ni que hable. Repite palabras sueltas como ya o no, sin saber qué dice. Y cuando está incómodo o molesto, se golpea a sí mismo. El progreso se ve de un año para otro, y cualquier avance es una gran ilusión.
¿Ha podido tener algún contacto con la fe?
Cuando había pasado todo, quisimos que su bautizo fuera una fiesta. Junto con el sacerdote, con el que nos llevamos muy bien, decidimos bautizarle en Nochebuena. Fue una Misa del Gallo muy especial. La iglesia rebosaba de gente, y muchos conocían nuestra historia. Vivimos mucho el paralelismo entre Jesús, nacido en la pobreza, y David, nacido con este desvalimiento. Desde entonces, nuestro hijo está libre de pecado y lleno del Espíritu Santo, y es imposible que se manche. Es una de esas cosas grandes que vas descubriendo poco a poco. Viene a Misa con nosotros, y da Religión en el colegio, pero no sabemos hasta qué punto es consciente. Él está siempre de un lado a otro, a lo suyo, haciendo ruiditos. Pero cuando se reza el Padrenuestro, se queda quieto y callado, sin moverse y casi sin parpadear hasta que termina.