Periodismo Digital, 12/11/06 - He leído con atención el Pliego nº 2540 de Vida Nueva sobre Madeleine Delbrêl. Hace apenas un siglo que nació en Francia, en 1904 y ya es considerada una de las grandes místicas de nuestro tiempo, cuyo proceso de beatificación fue abierto en 1.988. Una laica entregada a la Evangelización en los barrios obreros de Paris,desde 1926, impregnados de ideas marxistas y ateísmo militante. Hizo estudios de Filosofía y Letras para posteriormente decantarse por los estudios de Asistente Social, en cuya actividad trabajaría hasta su muerte en 1.964.
Tomo prestadas palabras de Pepe Rodier, Hijo de la Caridad, en Leganés (Madrid), quien escribe este pliego y conoce de primera mano a esta creyente de barrio. Dejaré caer algunas citas para dar a conocer la singularidad de Madeleine en la vida de quienes la conocieron.
Era posible ser cristiano y dar testimonio de nuestra esperanza en una ciudad marxista. Era posible evangelizar y anunciar la Buena Nueva a un mundo cuya referencia principal era la filosofía marxista y el ateísmo militante. Su libro Ville marxista, terre de Missión, cuya primera edición es de 1957, expresa ese reto y en uno de sus apartados dice:
Un apostolado religioso, un apostolado que manifieste a Dios en todas partes y para todos. Para devolver a Dios hay que hacerle presente sin buscar la grandeza; se trata de alcanzar una vida entregada al servicio de la fe. La fe no es un contrato intelectual, sino la alianza en la vida y para toda la vida, tal como lo expresó la Virgen María al ángel Gabriel: Hágase en mí según tu palabra.
Cuenta Pepe Rodier como Madeleine y sus compañeras eran personas de una gran sencillez y humanidad. Se preocupaban de todas las formas de pobreza, de los enfermos y ancianos, de los residentes del hospicio de Ivry. Era una mujer de gran sencillez evangélica que le permitía comprender el ser profundo de cada persona. Su conversión al cristianismo sucede cuando tiene alrededor de 20 años. En el libro citado más arriba relata los primeros pasos de su descubrimiento:
Tomé la decisión de rezar. Teresa de Jesús aconsejaba pensar silenciosamente en Dios durante cinco minutos cada día. La primera vez, rezaba de rodillas por miedo al idealismo. Así lo hice muchos días. Luego, leyendo y reflexionando, he encontrado a Dios. Rezando he creído que Dios me encontraba y que constituía la verdadera vida. Lo podemos amar como se ama a una persona. Esta verdad, recibida gratuitamente, la debo también gratuitamente: se la debo a Dios, que me la ha dado; se la debo a los hombres, que me la han mostrado. El amor apostólico es una obra de justicia.
Continuando con este libro, el único escrito en su vida, encontramos un compendio de su pensamiento. A lo largo de sus páginas, Madeleine nos ofrece sus intuiciones espirituales, aquellas que están profundamente grabadas en su corazón y que hacen de estas páginas algo novedoso y muy valiente en el contexto de la época. La autora se atreve a definir las condiciones de lo que ella llama un apostolado religioso, sintetizado en tres puntos:
1. - Hombres y mujeres que glorifican a Dios públicamente
2. - Hombres y mujeres que hacen profesión de fe
3. - Hombres y mujeres que Dios posee.
Es en la vida ordinaria donde Madeleine quiere vivir su fe, su misión y encontrar los caminos de la santidad.
Se habla a veces de la incurable vejez del cristianismo. No quiero minimizar la fuerza que supone un marxismo adulto, pero me pongo en contra de los que hablan de su pretendida juventud eterna. Dios es joven para siempre, y una de nuestras peores miserias es la de presentar a Dios como un anciano inquieto ante la novedad. Nuestra marcha hacia la vida eterna debería ser la verdadera juventud del mundo. Hay que dar la verdadera talla en el orden temporal según Dios. No olvidemos la juventud del cristianismo.
Hay lugares en los que sopla el espíritu, pero es un Espíritu que sopla en todos los lugares. Hay personas a las que Dios toma y las coloca aparte. Hay otras a las que deja en la brecha, a las que no retira del mundo. Son gentes que hacen un trabajo ordinario, tienen un hogar corriente, o son solteros corrientes. Gentes con enfermedades y penas comunes. Su casa y sus vestidos son como los de todos. Son las personas de la vida cotidiana. Aquellos a quienes uno se encuentra en cualquier calle. Aman la puerta que se abre a la calle. Nosotros, gentes de la calle, creemos con nuestras fuerzas que esa calle, ese mundo en el que Dios nos ha puesto es para nosotros el lugar de nuestra santidad.
Hoy el Evangelio nos habla de ese tipo de gente como Madeleine que sabe dar todo lo que tiene y ponerlo al servicio de los demás. Marcos 12, 38-44. No en la ostentación sino en la vida ordinaria, en el día a día, sin que nadie se entere. Feliz día del Señor.
Blog de Carmen Bellver