Alfa & Omega, 19/11/06 (España) - El director alemán Philip Gröning, dieciséis años después de solicitar permiso a los cartujos para rodar en el interior del monasterio Grande Chartreuse, situado en los Alpes, al norte de Grenoble, obtuvo un sí como respuesta. Condiciones: nada de luz artificial, nada de música adicional, ninguna voz en off, ni comentarios, ni ayudantes. El margen era claro: película prácticamente muda, registrada en video digital, y sin argumento. El reto era hacer un fresco de la vida de los cartujos, con imágenes que hablaran por sí solas. No podía haber banda sonora tradicional, pero sí podía registrarse el sonido ambiente: pájaros, pisadas, el crujir de la madera, y -¡cómo no!- el gregoriano y las campanas. Un total de cinco meses vivió el cineasta con los monjes, lo que dió como resultado 120 horas de video, reducidas a 160 minutos para su explotación comercial.
¿Qué sentido tiene un experimento tan excéntrico ? Gröning lo tenía claro: una inmersión en el monacato como origen de la cultura europea y occidental. Pero también deseaba hacer una película sobre el valor del tiempo. Viviendo con los cartujos, Gröning descubrió que éste se revela ante una nueva categoría: el silencio. Pero, como él afirma, no se trata de un silencio vacío, sino del silencio lleno de la Presencia absoluta de Dios. Se trata claramente de una película cristiana. No es un collage New Age, ni un canto al cosmos, ni un reportaje sobre la meditación trascendental. Liturgia y oración ocupan el ochenta por ciento de la película; los textos bíblicos y las declaraciones finales del cartujo ciego no dejan lugar a dudas: no es una película ecléctica.
La película combina varios elementos visuales: planos del entorno, primeros planos de los cartujos mirando a cámara, escenas de oración individual y comunitaria, momentos de liturgia, tareas de los monjes, y mucha contemplación de objetos, paisajes, juegos de luz, elementos naturales que dan cuenta de las distintas estaciones del año. No están colocadas al azar, siguen la pauta de la repetición y el orden, una de las claves del horario monástico. Y se nos muestran para ser contempladas; deben ser gustadas, saboreadas, sin prisa... La prisa y esta película son incompatibles.
El director no sólo ha querido testimoniar aspectos de la vida cartujana, sino que ha intentado hacerlo desde su estilo artístico particular, un estilo algo impresionista, minimalista, que se recrea en el fragmento, en el punto luminoso, en la imagen incompleta, con técnicas de claro-oscuro. Esta película ha obtenido, entre otros, el Premio del Jurado en el Festival de Sundance 2006. En Alemania, tuvo un promedio de más espectadores, por proyección, que Harry Potter. ¿Sucederá lo mismo aquí?
Juan Orellana