Alfa & Omega, 10/12/06 - La generación actual de cristianos en Turquía es una pequeña minoría, pero constituyen, en comunión con la única Iglesia extendida por toda la tierra, esa savia indispensable que, desde las raíces, lleva a los demás hombres la fecundidad de la vida y de la libertad verdaderas.
La visita del Papa ha hecho rebrotar, sin duda, con la fuerza de la fe en el Dios que es Logos, razón creadora, como el mismo Benedicto XVI proclamó en su lección magistral de Ratisbona, esa savia de la auténtica religión, que no sólo llena de vida a los creyentes, sino que -en palabras del Papa al Cuerpo Diplomático en Ankara- «es un factor de progreso y de enriquecimiento para todos». Lejos de esa caricatura de la religión que trata de presentarla como contraria a lo razonable y a lo científico, como algo puramente subjetivo y asunto privado de la conciencia de cada uno, y hasta como fanatismo que incita a la violencia, el Santo Padre ha recordado, en su discurso al presidente para los Asuntos Religiosos de Turquía, Alí Bardakoglu, que «cristianos y musulmanes pertenecen a la familia de quienes creen en el único Dios», y precisamente «como hombres y mujeres de religión», ante el desafío de la aspiración de toda la Humanidad «a la justicia, al desarrollo, a la solidaridad, a la libertad, a la seguridad, a la paz..., respetando la legítima autonomía de las realidades temporales, tenemos una contribución específica que ofrecer en la búsqueda de soluciones adaptadas a estas apremiantes cuestiones».
Tal contribución, la única digna del hombre, justamente porque brota de la verdad de su carácter sagrado de imagen de Dios, se muestra imprescindible, y de tal modo, que, sin religión, el hombre se termina deshaciendo en la nada. El laicismo dominante no responde a la sed de infinito que constituye a todo ser humano, y en la abundancia de las cosas que le ofrece acaba ahogándolo, atrofiando su razón y su libertad. Sólo desde la religión verdadera -siguiendo el discurso de Benedicto XVI al profesor Bardakoglu- «podemos ofrecer una respuesta creíble a la cuestión que surge claramente de la sociedad de hoy, aunque con frecuencia queda marginada, es decir, la cuestión que afecta al significado y al desarrollo de la vida para todo individuo y para toda la Humanidad». Ese significado, que los hombres de fe han atisbado en mayor o menor medida, se ha hecho presente en el acontecimiento cristiano, del que Benedicto XVI ha sido testigo excepcional estos días en Turquía, allí mismo de donde llegó a Europa por vez primera. Justamente en el Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María, se nos muestra, en toda su plenitud, el valor sagrado y la dignidad absoluta de la persona humana, que «es la base para la colaboración al servicio de la paz entre las naciones y los pueblos». Y antes, evidentemente, ha de serlo en el camino de la indispensable unidad de los cristianos, signo e instrumento de la unidad de todo el género humano, objetivo prioritario de este viaje del sucesor de Pedro, que ha tenido su expresión más significativa en su homilía en Éfeso, en la Casa de María, Madre de la unidad, y en su encuentro fraterno con el Patriarca de Constantinopla, Bartolomé I.
Citando precisamente las palabras del apóstol Pablo a los primeros cristianos de Éfeso, a quienes desea «gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo», Benedicto XVI subrayó, en el Jardín de la Virgen, que es esta gracia, y no las solas fuerzas humanas, Quien «transforma al hombre y al mundo», y que la paz verdadera no pueden fabricarla los consensos de los hombres, sino que «es el fruto maduro de esta transformación». Pretender esta paz, como todo otro bien para el hombre y para la Humanidad entera, fuera de Cristo, en las mismas palabras del ateo por antonomasia del siglo XX, Jean Paul Sartre, «es una pasión inútil». Basta abrir los ojos para comprobarlo a lo largo y ancho del mundo, y el Papa lo constató claramente en Éfeso: «Todos necesitamos esta paz universal», y por eso añadió que «la Iglesia está llamada a ser no sólo anunciadora profética, sino más aún: su signo e instrumento. Desde esta perspectiva universal de pacificación -añade-, se hace más profundo e intenso el anhelo hacia la plena comunión y concordia entre todos los cristianos». Esta unidad, fruto de un don que se acoge, como lo hizo María en su Sí, que es la plena expresión de la auténtica libertad, es exigencia para la Iglesia, sin duda, pero lo es precisamente para que el mundo, la Humanidad entera, pueda experimentar la verdadera libertad.