Análisis Digital, 02/10/07
A comienzos del siglo XX, August Comte, ese pensador terrible que se erigió en profeta, dividió la Historia del Pensamiento Humano en tres estadios: el de la Religión, el de la Metafísica y el de la Ciencia. El siguiente paso fue dar por finalizados los dos primeros estadios y proclamar solemnemente el comienzo de la nueva era: la de la Ciencia. De este modo, era un filósofo quien firmaba el acta de defunción de la Filosofía. Parafraseando a otro pensador de la época, podría decirse que la escalera de la Filosofía debía ser desechada una vez alcanzada, gracias a ella, la cima del saber positivo.
Las palabras de Comte son espeluznantes, si se leen con cierta perspectiva. Sobre todo, lo son porque se han mostrado ciertas. Muchos podrán convenir en que August Comte ha sido el último filósofo. A partir de él, el siglo XX es casi un páramo en todo lo que se refiere a la Filosofía y a la Literatura. Para los devotos de la doctrina del progreso irrefrenable de la Humanidad, ahí queda un reto: busquen a quien haya superado, a partir de 1910, a Víctor Hugo o a Enmanuel Kant. Si me apuran, les haría buscar incluso a quienes hayan progresado algo respecto a Cervantes, Shakespeare, o Santo Tomás de Aquino. Y si alguien me viene con los Cela o los Marina, por favor, cúbranme porque me entrará la risa floja. El siguiente paso sería equiparar “El Código Da Vinci” con “Macbeth”.
Frente a la decadencia de las letras, terriblemente anunciada por el profeta del Positivismo, el siglo XX y, a este paso, el XXI, se recordarán, entre otras cosas, por ser los siglos de la Ciencia y la Tecnología. Estamos en la era de la clonación, de la ingeniería genética, del mapa del ADN, de los teléfonos móviles, de Internet y de los videojuegos. Cualquier niño de diez años sabe más informática que sus padres, e infinitamente más que sus abuelos; cientos de miles de parejas estériles pueden recurrir a la fecundación in vitro, y otros cientos de miles de personas sobreviven, gracias a los modernos avances de la Medicina, en circunstancias en las que, hace cien años, habrían muerto irremisiblemente.
Unan ahora estos dos signos y asómbrense -más bien, asústense- del resultado: la Filosofía y las Letras conllevan sabiduría, mientras que la Ciencia y la Tecnología son sinónimo del Poder del Hombre sobre la Naturaleza. La atrofia de la Filosofía, unida a la hipertrofia del la Ciencia, significan un poder descomunal sin una sabiduría que lo temple o lo modere; un vértigo casi infinito hacia el superhombre de Nietzsche; un loco con una bomba atómica... Eso es Occidente en el siglo XXI.
No leemos, pero tecleamos sin cesar. Tecleamos pisoteando la ortografía, porque la ortografía también ha muerto en la cultura del sms. Y, por favor, no me digan que es lo mismo leer en una pantalla que en un papel. Para empezar, porque aún no conozco a quien haya leído el Quijote en un monitor; y, para seguir, porque el papel es sosiego mientras el monitor es puro nervio. Somos la civilización de las prisas, de los inicios rápidos del sistema operativo y de los archivos comprimidos, de los folletos de divulgación y del fast-food... Pero la Sabiduría necesita reposo, libros de cientos de páginas, tiempo para leerlos despacio, y admiración por todo lo que despreciamos: las lenguas muertas, el legado de los grandes filósofos que nunca conocieron Windows, y los grandes misterios de la existencia que no tenemos tiempo de considerar.
En España comenzamos por eliminar el estudio del Latín y el Griego de los programas de nuestros bachilleres. Fue una medida suicida en un país cuya lengua es hija directa del Latín, un cerrojazo en la puerta que abría el paso al sentido profundo de las palabras. Ahora, según leo en las páginas de “La Razón” (tiene gracia el nombre, je je je), la poca Filosofía que se estudia en primero de Bachillerato será sustituida por “Educación para la ciudadanía”. Es el acta de defunción de la sabiduría entre los bachilleres españoles. Es la consagración de una generación de informáticos analfabetos capaces de vivir en un chat y de solucionar el asombro ante el amor y la vida con la pastilla del día después.
Por favor, que algún lector de Análisis Digital empiece urgentemente a reconstruir la Filosofía. El siglo XXI aún tiene arreglo, y a un servidor esa tarea le encuentra ocupadísimo en urgencias de todo tipo. Pero alguien tendrá que hacerlo si no queremos que nuestros hijos acaben ejerciendo el toreo con el Leviatán.
José-Fernando Rey Ballesteros