Alfa & Omega, 03/12/07 - La democracia llegó a Mozambique en 1994, tras el final de una guerra civil cuyo fin se debe en gran medida a la mediación de la asociación de laicos católicos Comunidad de San Egidio, que se planteó entonces la reconstrucción del país desde la base. Se atendía la educación, las cárceles, y otras necesidades, pero llegó el momento de afrontar el desafío del sida, narra don Jesús Romero, uno de los responsables de la Comunidad.
Se trataba de un problema al que no se miraba de frente, en Occidente por miedo al compromiso que implicaría, y en África por miedo a la responsabilidad . Cuando se empieza un tratamiento para el sida -explica Jesús-, es para toda la vida, y en un continente donde los Gobiernos son inestables y «las sociedades están desestructuradas todavía en muchos casos», donde es difícil incluso que lleguen las medicinas normales, lo único que se hacía la mayoría de las veces era «hacer el diagnóstico y decir a la persona que estaba condenado a muerte».
Con el sueño de cambiar esta realidad surgió el proyecto DREAM (sueño, en inglés), que también significa Mejora de los recursos de medicinas contra el sida y la malnutrición ; aunque, para Jesús, es más importante el primer significado. Lo que empezó de forma tan etérea ha tratado ya a 30.000 personas en nueve países. Al principio, hubo muchas reuniones para intentar explicar su convicción de que «se podría tratar el sida en África con las mismas garantías y las mismas posibilidades que en Europa», y de cómo podían hacerlo realidad, de la misma forma que «una comunidad católica de gente normal que estudia o trabaja, que paga la hipoteca, pudo afrontar el proceso de paz en Mozambique».
Al empezar a diseñar el programa, los médicos de San Egidio decidieron que debía consistir, «lo primero, en dotar a África de las mismas medicinas y la misma tecnología que Europa». Las medicinas las compran en India, donde están libres de patentes y son, por tanto, mucho más baratas, a la vez que hablan con los laboratorios para convencerles de que «es necesario que sigan invirtiendo en investigación sobre el sida en África, aunque con ello no vayan a obtener beneficios». En San Egidio, tenían miedo de que, al ser una enfermedad ya casi crónica y reducida a grupos residuales de población en Occidente, los laboratorios abandonaran ante la pandemia a los países más pobres, donde, además, las cepas son distintas y, por tanto, algunos medicamentos no son eficaces.
Ya había sitios donde, al nacer los niños, se les daba una medicina que impedía el contagio, pero en DREAM empezaron a dar retrovirales a las madres y a las mujeres embarazadas, porque, «en África, quien salva a la madre, salva a la familia». Pero no se trataba sólo de medicinas, pues son medicamentos muy fuertes y los tratamientos continuados combinados con una mala alimentación pueden provocar un empeoramiento de la salud. En un principio, se daba a las madres también leche materna artificial para evitar que se contagiara a los niños durante la lactancia, pero esto representaba dos problemas: «En África, es muy difícil conseguir agua potable, con lo cual preparar la leche era casi imposible; y, además, se producía la estigmatización de las mujeres», pues al verlas dar a sus hijos leche artificial se sabía que estaban enfermas. Los mismos médicos de DREAM descubrieron que, si la madre tomaba antirretrovirales con una pauta determinada, no se producía el contagio y podían amamantar a sus hijos de forma natural.
Aunque en cada país hay siempre un médico extranjero, que se va turnando con otros para pedir vacaciones y permisos en sus países de origen, DREAM apostó desde el principio a que todo lo posible se hiciera para el país y dentro del país . Todo el personal contratado es local, así que todo el dinero se queda en los distintos países en forma de sueldos que también mejoran la calidad de vida de los empleados; quienes, a la vez, conocen mejor las zonas donde trabajan y los dialectos locales. A todos estos trabajadores se les ofrece, cada año, un curso de formación, que también está abierto a todos los que quieran asisitir -médicos, enfermeras, trabajadores sociales-, pues «cuanta más formación haya en el país, más gente se beneficiará de ella».
También es muy importante la formación que se da a los propios enfermos, no sólo acerca del tratamiento, sino también sobre cómo mejorar su salud en general, con una dieta adecuada, hirviendo el agua, no teniendo animales en casa, curándose las heridas, etc., para evitar todo tipo de infecciones que son más graves en los enfermos de sida, pues su sistema inmune está deprimido. También «se trabaja el acompañamiento humano, pues los enfermos de sida suelen ser gente que ha perdido a varios familiares por la enfermedad, y para que sigan los tratamientos necesitan mucho ánimo».
María Martínez López