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Adviento con S. J. Cruz 3. Una esposa para el Hijo

16 de diciembre de 2007
Pero ese adviento de la historia entendida como negación purifica¬dora resulta insuficiente: nada vale la esperanza de los hombres si es que Dios no les responde; nada vale su vacío y negación si es que el esposo no llega y les afirma

Periodismo Digital, 12/07/07 - El Adviento es para San Juan de la Cruz una esperanza de Bodas. Conforme a la vision simbólica de la Trinidad, él concibe la encarnación como "bodas" del Hijo de Dios con los hombres (y de los hombres entre si). Dios es una boda y su venida se expresa en el camino del hombre y la mujer que buscan amor, como una preparación de bodas. Todo lo demás queda en un segundo plano. Lo que importa es que se manifiesta y creza el amor muy concreto, amor de enamorados, de esposos, de amigos... Donde un hombre o una mujer espera la "boda del amor completo" está viviendo en la esperanza de la Navidad. Creo que nunca se han dicho palabras más hondas de adviento que en este Romance de la Trinidad de San Juan de la Cruz que sigo presentando y comentando.

Introducciòn

Una esposa que te ame… mi hijo darte quería… Ésta ha sido la preocupación de los padres: que sus hijos se puedan casar, que sean felices, portadores y transmisores de vida. Ésta es la preocupación de Dios: que sus hijos, todos los hijos (empezando por Cristo) se puedan “casar”, tener casa de amor, compartiendo en felicidad la vida. En este fondo se entienden los problemas del Adviento:

Miles y millones de personas que han sido creador para el amor…y que no pueden llegar a la edad y condición del amor maduro, por falta de salud y de bienes materiales… Miles y miles de personas que no pueden “casarse”, compartir la vida en felicidad. Aquí está la tarea del Dios del adviento.

Ésta es la tarea de la Iglesia del Adviento: que todos los hombres y mujeres puedan tener esposo/esposa, “casarse” en amor, tener casa de descanso y felicidad compartida… de tal forma que la vida sea experiencia de comunión, como la de Dios, de quien se dice “uno en otro residía”.

Comer pan de una mesa. Adviento es tiempo par “comer pan a una mesa, del mismo que yo comía…”. Es el tiempo de la “mesa para todos”, la misma mesa del mundo, que es la mesa de Dios. En la actualidad la mesa es de unos pocos, de manera que la mitad no pueden comer ni siquiera las migajas que caen de la mesa de los ricos… En estas condiciones, celebrar el Adviento resulta mentira y los colores y negocios de la Navidad mercantil sólo sirven para aumentar y justificar esa mentira. Comer pan a una mesa, esa es la esperanza de la Historia, es el deseo que la Iglesia debe propagar en el Adviento, con su ejemplo y testimonio, empezando por los “simples” fieles y terminando por los “sabios purpurados y teólogos”.

Por lo cual con oraciones, con suspiros y agonía… Ésta es la plegaria del adviento: buscar la forma en que todos puedan compartir el pan de la mesa de Dios; buscar la forma en que todos puedan reclinarse unos en otros, reclinándose así en los brazos de Dios. Que todos los hombres y mujeres de la tierra puedan tener esposo/esposa, es decir, casa de amor, que todos puedan compartir el pan… y vivir en armonía. Aquí reside la conversión que se pide en el Adviento, la gran esperanza de las Bodas de la Navidad.

Una esposa que te ame

La creación es consecuencia de un "consejo" divino: dialogan Hijo y Padre y su diálogo se vuelve en Espíritu principio de creatividad. Entramos de esa forma en el "silencio" de Dios, allí donde el misterio se vuelve pala¬bra exterior, revelada en la Escritura. Conforme a una doctrina tradicional de la iglesia, recogida por San Ignacio de Loyola (Ejercicios espirituales 23) "el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma'-. San Juan de la Cruz ha recreado poderosamente esa doctrina. A su juicio, Dios ha creado el mundo para darle una esposa a su Hijo:

Una esposa que te ame, mi Hijo, darte quería,

que por tu valor merezca tener nuestra compañía,

y comer pan a una mesa de el mismo que yo comía,

para que conozca los bienes que en tal Hijo yo tenía

y se congracie conmigo de tu gracia y lozanía

(Rom Trin 76-86)

Al mismo Hijo de Dios le falta una esposa

Dentro de la simbología nupcial, el texto ha resaltado una carencia: al Hijo le falta una esposa verdadera. Ciertamente, el Padre asume rasgos esponsales, como bien hemos mostrado pero eso, al fin, parece insuficien¬te. Cumpliendo de verdad su función, el Padre no puede llenar todo el hueco del Hijo, ni puede encerrarle en sí mismo, de un modo que algunos podrían llamar "preedípico": sólo es verdadero el padre (madre) que. amando generosamente al hijo, le incita para abrirse a un nuevo afecto, asumiendo 1a tarea de sí mismo.

Aquí es donde San Juan de la Cruz ha situado el principio de la creación que brota de la generosidad compartida del Padre y el Hijo. Se imita así el relato de la creación de Adán. Dijo Dios "no es bueno que el hombre (varón) se encuentre sólo; quiero darle compañía" (cf Gen 2,18). De mane¬ra semejante quiere el Padre que su Hijo, interpretado como Proto-Adán, tenga una esposa que le ame. Esto significa que los hombres han sido crea¬dos por el Hijo: para que realice en plenitud su afecto, entregándose a la esposa y recibiendo el amor que ella le ofrece. Asistimos así a un trueque admirable de generosidad compartida:

Preparativos de boda

a) El Padre quiere que la Esposa pueda compartir su amor hacia el Hijo: "que conozca los bienes / que en tal Hijo yo tenía / y se congracie conmigo / de tu gracia y lozanía" (Rom Trin 85-86). En otras palabras, Dios quiere que los hombres participen de su bien-gozo más alto, es decir, de su propio Hijo.

b) El Hijo, a su vez, se compromete a dar a los hombres (su esposa) el tesoro supremo del amor de su Padre: "A la esposa que me dieres, / yo mi claridad daría,/ para que por ella vea/ cuánto mi Padre valía... Reclinarla he yo en mi brazo, / y en tu amor se abrasaría,/ y con eterno deleite/ tu bondad sublimaría "(Rom Trin 89-98). Claridad significa aquí conocimiento: el Hijo se compromete a ofrecer su propia luz divina para que los hombres puedan contemplar al Padre.

Hasta aquí todo parece transparente: la esposa "creada" del Hijo participa de esa forma en el misterio trinitario, de manera que ella pueda "tener nues¬tra compañía, / y comer pan a una mesa/ de el mismo que yo (Padre) comía" (Rom Trin 80-82). Pronto comprendemos que la creación no significa desposorio instantáneo, al menos para aquellos miembros de la esposa (humanos) que habitan en el aposento bajo de este inundo (cf Rom Trin 113-115).

Un matrimonio entre iguales

Estamos, evidentemente, en un misterio que no puede alumbrarse con razones. San Juan de la Cruz tampoco ha pretendido iluminarlo. Comparte con la iglesia de su tiempo una visión dual del mundo.

En la parte superior están los ángeles que gozan ya al principio de la gracia y alegría de las bodas.

En la parte inferior están los hombres que viven en bajeza y vituperio (cf Rom Trin 100-130). Para explicar esta bajeza se revive, aún en círculos cristia¬nos el mito de una gran caída de las almas, que parecen admitir autores como el mismo Fray Luis de León. Otros insisten en el dogma del pecado original que habría destruido la grandeza primitiva de los hombres. Es significa¬tivo que San Juan de la Cruz no acuda a ninguno de esos temas o motivos.

Para San Juan de la Cruz esta bajeza de los hombres en la historia de este mundo no es efecto de algún tipo de caída de las almas: no pone un desastre "platónico" al principio de los tiempos y eso le mantiene dentro de la plena ortodoxia de la iglesia. Más significativo es el hecho de que excluya toda referencia expresa al pecado original. Ciertamente, no lo niega, como puede comprobarse por el resto de su obra donde alude algunas (pocas) veces a ese tema (cf. 1 Sub 15,1; CB 23,2) y a la "justicia originaria" o paraíso (cf CA 37 1.5; 28,1; CB, 21,2; 38.7: 3 Sub 26,5). De todas formas, las referencias son escasas (poco significativas) y pienso que en el fondo San Juan de la Cruz no necesita hablar del pecado original para entender la situación de bajeza de los hombres'.

Esa bajeza es consecuencia (y expresión) del mismo ser humano, creado por Dios para un matrimonio paradójico y sublime donde venga a expresar¬se, por un lado, el mismo amor (entrega) del Hijo de Dios y por otro se reali¬ce la grandeza de los hombres. A San Juan de la Cruz no le interesa el tema (le los ángeles que viven ya desde el principio en el perfecto desposorio con el Hijo (Rom Trin 125-126). Le interesa el tema de los hombres, porque sólo en ellos se explicita su visión del matrimonio como pleno intercambio donde "Dios sería hombre/ v el hombre Dios sería" (cf Rom Trin 139-140).


¿Unas bodas cósmicas?

San Juan de la Cruz admite un tipo de conocimiento cósmico do Dios: las estrellas del cielo son como un adorno de «admirable pedrería, /por que (=para que) conozca la esposa/ el esposo que tenía" (Rom Trin 111-112). . La her¬mosura de los cielos es adorno que nos lleva hacia el recuerdo de Dios. Pero se trata de un recuerdo insuficiente v bajo que no logra saciar en modo algu¬no los deseos de la esposa, en contra de toda la mística cósmica que halla¬mos por ejemplo en Fray Luis de León. Quizá pudiéramos decir que para san Juan de la Cruz el hombre es una especie de "vacío", un hueco que el mismo esposo (Hijo de Dios) agranda con la revelación de su palabra. Así poseían las criaturas al esposo:

Los de abajo en esperanza de fe que les infundía

diciéndoles que algún tiempo él los engrandecería

y que aquella su bajeza él se la levantaría...

Que como el Padre y el Hijo y el que dellos procedía,

el uno vive en el otro, así la esposa sería,

que, dentro de Dios absorta, vida de Dios viviría

(Rom Trin 127-132. 160-166).

Sólo el Hijo de Dios abre de verdad el hueco de esperanza de la esposa por la revelación (infusión) de su palabra. Conforme a la visión más honda del Antiguo Testamento, la fe se entiende aquí como esperanza. La misma bajeza (situación en que la esposa nada tiene) se convierte de esta forma en fuente de grandeza: vendrá el Hijo de Dios, elevará a su pobre esposa, introduciéndola en el mismo gozo trinitario.

San Juan de la Cruz no admite ningún tipo de mesianismo intramundano. Deja a un lado todos los posibles momentos de alegría y plenitud israelita (el éxodo y la entrada en la tierra prometida, el gozo del culto sobre el templo etc.). Sólo insiste en el tedio de la esposa, sometida a los trabajos de este mundo, en el cansancio de la dura espera, en tiempos de aflicción profunda.

Oración de adviento

Pues bien, para San Juan de la Cruz, la misma aflicción se vuelve base de gra¬cia salvadora: sólo allí donde los hombres se afligen y vacían, no buscando ni esperando nada de este mundo, se preparan de verdad para el esposo:

Por lo cual con oraciones, con suspiros y agonía,

con lágrimas y gemidos, le rogaban noche y día

que va se determinase a le dar su compañía

(Rom Trin 177-180).

La existencia del hombre sobre el mundo se define de esa forma como adviento: es tiempo de esperanza en el despojo, es preparación para las bodas. Pero ese adviento de la historia entendida como negación purifica¬dora resulta insuficiente: nada vale la esperanza de los hombres si es que Dios no les responde; nada vale su vacío y negación si es que el esposo no llega y les afirma.

En esta línea ha de entenderse luego todo el proceso de las nadas como situación del hombre que vive en el adviento, asumiendo en carne propia el gran despojo y esperanza que mostraron los profetas que culminan al fin en Simeón, el buen anciano (cf Rom Trin 16;'-220). Aquí se entiende también el predominio que San Juan de la Cruz ha concedido al Antiguo Testamento, interpretado de manera radical amo profecía: se trata de vencer todo deseo, de dejar a un lado toda aspiración intramundana, convirtiendo la vida en deseo transparente de Dios.

La bajeza de la esposa se convierte así en señal de su esperanza v ago¬nía: ella purifica ya y supera todos sus restantes deseos e ilusiones; de esa forma en absoluta desnudez, aguarda la llegada cíe su esposa. Estamos en el centro de eso que podríamos llamar dialéctica espiritual de San Juan de la Cruz: sólo allí donde supera todos los deseos, ilusiones y riquezas de este mundo, el hombre se convierte en verdaderamente humano y puede aguar¬dar bien a su esposo. Y con esto pasamos al tercer momento del relato de fe, llegando así a la cumbre de este inmenso drama religioso que San Juan de la Cruz ha recreado en su romance".

 

Xabier Pikaza Ibarrondo

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