La manipulación a través del lenguaje XIII
Consecuencias de la manipulación
Alfonso López Quintás
Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
Riesgo para la vida democrática
La manipulación demagógica de la opinión pública reporta éxitos inmediatos a quienes la practican, pero a medio y largo plazo acaba envileciéndolos a ellos mismos porque el hombre es un “ser de encuentro” y nadie puede en rigor encontrarse con realidades depauperadas, carentes de toda iniciativa personal.
El manipulador suplanta al pueblo en las funciones de pensar y de orientar la vida pública. La injusticia que entraña esta usurpación es agravada por el deseo del tirano de perpetuar su dominio. Para ello dispone su táctica manipuladora de tal suerte que amengüe notablemente en el pueblo la capacidad de pensar y decidir.
Las personas y grupos sociales así expoliados de su poder creativo apenas logran estructurarse en comunidades y fundar entre sí campos de juego creador, que son ámbitos de iluminación. Al sentirse desvalidos y desconcertados, incapaces de iluminar el sentido de cosas y acontecimientos, se sienten inseguros en la vida y acaban reclamando un guía, un experto que les dicte las normas a seguir. Una democracia montada sobre la práctica de la manipulación masificadora nutre en su seno una dictadura encubierta, más peligrosa sin duda para la pervivencia de la auténtica libertad que las dictaduras declaradas. El peor enemigo del sistema democrático es el demagogo manipulador, por mucho que se apresure a proclamar su aversión a las dictaduras.
Suele afirmarse enfáticamente que la democracia es un sistema de convivencia basado en el poder soberano del pueblo. Pero éste, en realidad, sólo ejerce un derecho: elegir el equipo gobernante. Si tal elección la realiza presionado por la demagogia manipuladora, queda al margen de toda decisión, reducido a mudo testigo de las luchas por el poder que sostienen los partidos hegemónicos. Tales luchas no suelen estar inspiradas por el noble fin de lograr una mayor eficacia en el gobierno de la cosa pública, sino por un sórdido afán de predominio. Esta batalla política se lleva a cabo, muy a menudo, con el apoyo de una insistente y taimada propaganda, que pende en buena medida de la financiación económica. He aquí cómo el pueblo, si acierta a sobrevolar un tanto los acontecimientos y capta la conexión que existe entre el poderío económico, la astucia manipuladora y el ascenso al poder, acaba viéndose al fin reducido a mero objeto de compraventa.
Esto acontece en los momentos en que el pueblo ejerce el único poder del que dispone: el de votar. A lo largo de cada legislatura sólo se acude a él de cuando en cuando para conocer su opinión, con el fin de tomar medidas que resulten populares y mitiguen el efecto de desgaste que implica el poder. Una vez y otra, el pueblo sigue siendo mero pretexto para el logro y el mantenimiento del poder por parte de ciertas clases dominantes.
La decepción creciente del pueblo
La trama de intrigas y enfrentamientos que la actividad política implica constituye una fuente de materia informativa inagotable para los medios de comunicación, que se sienten por ello en su elemento. De ahí que no cesen de cantar las alabanzas del sistema democrático así entendido.
Semejante exaltación eufórica está lejos de compartirla siempre el pueblo llano, que día a día se siente más alejado de los verdaderos centros de decisión en todos los órdenes. Causa desazón observar, por ejemplo, el angosto espacio que se reserva en los medios escritos y hablados a la participación de los lectores y los oyentes. Si, por desventurado azar, alguno de éstos se ve enzarzado en una polémica mediática, podrá experimentar amargamente lo que significa “la desolación del más débil”.
El sistema democrático de convivencia es, sin la menor duda, el menos imperfecto de todos. Pero, si humilla a la razón y la somete al poder implacable del número, acaba entregando a las gentes a las fuerzas de la manipulación, que socavan la dignidad humana y comprometen el futuro de la sociedad. Cuando de manera obstinada y solapada se amengua la capacidad creativa de los pueblos, bajo pretexto de incrementar su libertad de maniobra en todos los órdenes, se los despeña hacia estadios de inmadurez humana y primitivismo cultural, aunque disfruten de un alto grado de civilización. Señales de alarma a este respecto son, entre otros fenómenos patológicos, el aumento de la delincuencia y el alcoholismo, la entrega al viaje destructor de la droga, el descenso del índice de natalidad, el aumento de los conflictos familiares, la pérdida del respeto incondicional a la vida humana... No se pueden quebrantar impunemente las leyes que rigen el desarrollo del hombre. Un pensador bien dotado para auscultar la marcha de las sociedades, José Ortega y Gasset, coronó su análisis de La rebelión de las masas con la siguiente admonición: “Podemos perfectamente desertar de nuestro destino más auténtico, pero es para caer prisioneros en los pisos inferiores de nuestro destino” (Obras Completas VI, Revista de Occidente, Madrid 1961, p. 211).
El golpismo radical
En algunos sistemas democráticos alienta un constante temor al «golpismo». Debería meditarse seriamente que el mayor peligro, el más insidioso, contra el sistema democrático de convivencia procede de quienes, a través de la manipulación, amenguan la capacidad creadora del pueblo a fin de dominarlo. Al someterlo a control, se vanaglorian de tener al pueblo en un puño, pero se equivocan: lo que tienen a su merced no es el pueblo sino un producto degenerativo, lo que resta del pueblo tras haberlo despojado de su poder creador y del rango que ostenta.
No malgastemos el tiempo atacando el golpismo, y dediquémoslo a considerar que el manipulador de la opinión pública golpea a la democracia en su raíz, que es la dignidad del pueblo, su capacidad de pensar de forma bien aquilatada, vivir creativamente, mantener firmes sus ideales religiosos y sus criterios éticos. Aplicar la segur a estas condiciones irrenunciables de las gentes, creyendo que así se labra un futuro mejor, es imitar la genialidad del que se subió a un árbol frondoso, se sentó en una rama y, sintiéndose seguro, la cortó entre él y el tronco.
Alfonso López Quintás, O. de M.
Miembro de la Real Academia Española de ciencias morales y políticas
Catedrático emérito de filosofía de la Universidad Complutense (Madrid)
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