Alfa & Omega, 26/03/08 - En el siglo XVI no arreciaban menos los conflictos, las dificultades y hasta las persecuciones por la fe que en el presente -en realidad, ¿cuándo no han existido?-, y vale la pena tomar ejemplo del temple cristiano de nuestra santa Teresa de Ávila, acosada en aquellos calificados ya entonces como tiempos recios: «Iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios, y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores». Así lo escribe en el Libro de la Vida, desafiando a tales acosos no precisamente con autosuficiencia, ¡todo lo contrario!, ¡con la paz infinita de quien tiene puesta en Otro toda su confianza! ¿Acaso no sentía, desde lo más hondo de su ser, que quien a Dios tiene, nada le falta; sólo Dios basta? Pero esta entereza de la fe de santa Teresa de Jesús -conviene subrayarlo con toda fuerza-, lejos de hacerla desentenderse de los problemas y adversidades de la vida real, la permitía afrontarlos de la única manera realmente eficaz. ¿Hay otro camino que éste -el de la Cruz, ¡y el de la Gloria!, que celebramos estos días- para afrontar los tiempos recios que hoy nos toca vivir? No hay mayor pérdida de tiempo, y de todo, que pretender salvar la vida real de cada día al margen de la fe en Jesucristo, el Único que la redime y la hace ser auténticamente humana, ¡y por tanto divina!
La Redención, la obra de Jesucristo que nos ha rescatado del pecado y de la muerte, es exactamente lo que celebramos los cristianos en esta Semana grande, todo un estallido de esperanza, de la gran esperanza a la que Benedicto XVI dedica su preciosa segunda encíclica Spe salvi. «¿En qué consiste -se pregunta el Papa- esta esperanza que, en cuanto esperanza, es redención?» Para responder, nos pone delante el testimonio vivo de Josefina Bakhita, la esclava de Darfur, en Sudán, nacida, aproximadamente, en 1869 -¡ni ella misma sabía la fecha exacta!- y canonizada el año 2000 por su predecesor Juan Pablo II. Recuerda Benedicto XVI cómo, «después de los terribles dueños de los que había sido propiedad, Bakhita llegó a conocer un dueño totalmente diferente, al Dios vivo, el Dios de Jesucristo». Había empezado a oír que había un «Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería». Es entonces cuando la verdadera esperanza alumbra los primeros brotes en su corazón, que florecieron esplendorosos, al contemplar cómo «este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba a la derecha de Dios Padre». Así surgía el fruto de la gran esperanza, nacida de esta certeza: «Yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa». Y continúa el Papa: «A través del conocimiento de esta esperanza, ella fue redimida, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios».
Benedicto XVI nos pone delante también otro testimonio vivo, más cercano aún en el tiempo, para que aprendamos a vivir, sin miedo, con la gran esperanza, hasta en los más oscuros tiempos recios que puedan venir. Se trata del «inolvidable cardenal Nguyen Van Thuan», fuerte testigo del valor infinito de la oración, «un lugar primero y esencial -dice el Papa- de aprendizaje de la esperanza». El cardenal vietnamita, nacido en 1928, sabía bien que, «cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, Él puede ayudarme…» Van Thuan nos dejó el precioso opúsculo Oraciones de esperanza, y recuerda Benedicto XVI cómo, «durante trece años en la cárcel, en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza, esa gran esperanza que no se apaga ni siquiera en las noches de la soledad». La oración, ciertamente, con todo lo que lleva consigo de seguimiento fiel de Cristo, no es huida de la realidad, sino justamente el único camino para vivirla con la auténtica esperanza.
Siempre, cada día, es tiempo para la oración, y la Semana Santa lo es de un modo privilegiado. No es, ciertamente, un paréntesis en la vida cotidiana, como parecen vivirlo la política y la sociedad actuales, sino que es penetrar hasta el fondo de esta vida real, donde nos encontramos no con decisiones éticas, ni con grandes ideas -como dice Benedicto XVI al comienzo de su primera encíclica, Deus caritas est-, sino con Dios mismo, el Dios Único que se ha hecho carne, uno de nosotros, hasta el punto de entregar su vida en una cruz para darnos Él mismo, en Persona, esa gran esperanza de la plena libertad, aquí y ahora, en estos tiempos recios que, al igual que la santa de Ávila, estamos llamados a vivirlos como lo que son en realidad: ¡tiempos de gracia! En definitiva, nuestra vida, el cumplimiento feliz de nuestra vida, con el gozo infinito que reclama lo más profundo de nuestro corazón, no depende de las circunstancias, aun de las más favorables y halagüeñas. Como testimonió nuestra santa Teresa, y santa Josefina Bakhita, y el cardenal Van Thuan, la verdadera vida, la plena libertad depende sólo de Cristo, de Él mismo y de todo lo que proviene de Él.