La lapidación de san Esteban. Aguafuerte
de Rembrandt. Museo Rembrandt, de Amberes
Alfa & Omega, 06/04/08 -
«Q«Sine dominico non possumus!» -«¡Sin el don del Señor, sin el Día del Señor no podemos vivir!»- Así comenzaba Benedicto XVI su homilía en la catedral de San Esteban, de Viena, durante su viaje a Austria el pasado mes de septiembre. Era la respuesta de algunos cristianos de Abitinia, en la actual Túnez, cuando en el año 304 fueron sorprendidos en la celebración de la Eucaristía dominical y, llevados ante el juez, se les preguntó por qué habían hecho lo que estaba prohibido y castigado con la muerte. Sin el Señor, sin el Día del Señor -en efecto- no podían vivir. No cabe duda de que, para aquellos mártires de Abitinia, la celebración eucarística dominical -como toda otra fidelidad al amor de Cristo, que a tantos ha llevado a derramar su sangre por Él- «no era un precepto, sino una necesidad interior -añadió el Papa-. Sin Aquel que sostiene nuestra vida, la vida misma queda vacía. Abandonar o traicionar este centro quitaría a la vida misma su fundamento, su dignidad interior y su belleza».
El testigo (mártyr) de Cristo que ha llegado al derramamiento de la sangre, en la antigüedad como en nuestro tiempo, y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, pone bien delante de los ojos, de la inteligencia y del corazón, justamente, dónde está este valor, esta dignidad y esta belleza incomparables de toda vida humana. Los mártires de Cristo no renunciaban a la vida; ¡todo lo contrario!, pues la deseaban, sin recortarle ni un ápice de su promesa de felicidad infinita. No se podían conformar con menos. Sería una traición al deseo sin límites de su propio corazón. Y ellos sabían que sólo Jesucristo, precisamente con su muerte cruel en la Cruz y su resurrección gloriosa, es decir, con su amor infinito, cumple esta promesa de vida, y vida en plenitud, de la única libertad digna de tal nombre, de aquella que festejamos en estos días de la Pascua cristiana, y de manera tan especial que nada ni nadie, por duras y difíciles que sean las circunstancias sociales, políticas y económicas, nos puede arrebatar; y más aún, de aquella libertad que hasta en la peor de la situaciones de este mundo, gracias a la gran esperanza-certeza, a que se refiere Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi, permite tener vivo el «ánimo para actuar y continuar», sin miedo alguno ni a las durezas de la tierra, que son ocasión de crecimiento y fecundidad, ni a la llegada de la muerte, que es la entrada en los cielos.
El recuerdo de los mártires de Abitinia, con el que se inicia este comentario, no en vano lo hacía Benedicto XVI en la catedral vienesa, dedicada al primer mártir cristiano. Si el testimonio de aquellos que no podían vivir sin el Señor, sin el Día del Señor, se nos muestra de plena actualidad para el tiempo presente, más actual aún ha de mostrarse, en cuanto que está enraizado en los comienzos mismos de la Iglesia, el de quien da la vida hasta con las mismas palabras de Jesús en la cruz. Vale la pena recordar el relato de los Hechos de los Apóstoles:
«Fijando en Esteban la mirada todos los que estaban sentados en el Sanedrín, vieron su rostro como el rostro de un ángel», y el joven diácono de la primera comunidad de Jerusalén hace a los sanedritas un precioso repaso de la historia de amor de Dios con su pueblo Israel, que tantas veces le ha sido infiel, y no duda en confesar ante ellos, con toda valentía, la verdad de Cristo: «¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado». Y sigue el relato: «Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él. Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios. Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: Señor, no les tengas en cuenta este pecado. Y diciendo esto, se durmió», hallando, ciertamente, el Cielo abierto.
Los mártires sabían bien que sólo el amor de Jesucristo, dándose a Sí mismo, dándonos la vida eterna, la vida del cielo, ¡ya en la tierra!, sea viviendo como muriendo, cumple esa promesa de libertad plena que alienta en lo más hondo de todo corazón humano. Lo acaba de subrayar el Papa en su Mensaje urbi et orbi de esta Pascua de 2008: «La muerte y resurrección del Verbo de Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte».