Alfa & Omega, 06/04/08 - Los evangelios, al narrar las apariciones del Señor resucitado, siempre nos hablan del gozo y la alegría que producían en los testigos. Pues bien, el humor, el buen ánimo es el rostro de la alegría pascual. ¡Cuánto se agradecen en la convivencia familiar y social las buenas maneras, el encarar los problemas con buen tono, el evitar los malos modos y el que no se apague la sonrisa a nuestro alrededor!
Nos referimos al humor, no como una actitud jocosa, que en ocasiones se da, sino como algo serio, como una pretensión de sentido, de comprensión y humanidad. El bueno humor es la capacidad de encajar serena y valientemente las cartas de la vida. Esto es muy importante a la hora de completar la madurez personal y la vida de fe.
El buen humor nos hace ver con una serena distancia la realidad que nos ha tocado vivir. Es la actitud de poner las cosas en su sitio, de relativizar lo que habíamos hecho absoluto, de librarnos de los falsos ídolos, de reírnos de nuestras propias conquistas y de nosotros mismos. Para ello hace falta mucha sencillez y humildad de espíritu. Sólo es alegre -y no simplemente está contento- el que reconoce su finitud, se abre a los otros y no se queda encerrado en su autosuficiencia.
También el humor es la capacidad de comprensión del punto de vista del otro y, a la vez, la creatividad ante los choques inevitables, es decir, saber salir airoso de situaciones comprometidas. Esto impide huir del contrario o caer en el resentimiento. Para ello se requiere saber medir las palabras, controlar los silencios, poseer elementos positivos en nuestro interior y sujetar las riendas en uno mismo. El buen carácter implica la afirmación de la libertad personal, la negación de ciegos determinismos y la admisión de un sentido profundo de la vida que, en el buen cristiano, dimana de un Dios que nos ha regalado la Buena Noticia de Jesucristo resucitado.
+ Juan del Río Martín
obispo de Asidonia-Jerez