Si aún hay quienes piensan que no es posible el paraíso en la tierra, casi 700 personas están dispuestas a contarles que, por lo menos, se puede anticipar. Son 700 personas que han dedicado esta Semana Santa a una cosa tan rara para el mundo moderno, y tan distinto a nuestras actividades mundanas, como coger a sus familias enteras para servir a la Iglesia y a los párrocos; para compartir su fe en lugares recónditos de España; para ser instrumentos de modo que más personas experimenten el amor de Cristo en su vida. Son Juventud y Familia Misionera. Y pueden cambiar la vida de quien se junta con ellos.
No debe de ser fácil coger los bártulos y a toda la familia -con bebés incluidos-, dormir en un colchón sobre el suelo y compartir el lugar con otras 10 ó 14 familias, a las que no siempre se conoce. La perspectiva de unas vacaciones sin parar es simplemente agotadora. Pero quien prueba, repite convencido. ¿Por qué van? ¿Por qué vuelven a ir? ¿Por qué Familia Misionera se multiplica, y de 5 familias, en 2001, han pasado a más de 120 en 2008...?
De las 13 provincias en que Familia Misionera ha estado este año, Juan Ortiz fue de misiones a Las Hurdes (Cáceres) con su familia y otras 8 más. En el viaje de regreso a casa, tuvo una conversación con su hija que jamás olvidará: «Me decía que no quería que terminase. Sentí un enorme nudo en la garganta. ¿Cómo es posible que una chica de 14 años, llena de mensajes contrarios a Dios, inundada de la cultura materialista y laica que ve todos los días en las calles donde vive, prefiera todas las incomodidades y sacrificios propios de unas misiones y seguir divirtiéndose tanto sin necesidad de lujos, dinero, joyas, drogas, etc.? Seguramente porque estaba dándose totalmente a otros, porque se sentía un instrumentito de Dios y era feliz haciéndolo».
Los misioneros llegan a sus destinos y se ponen a disposición de los párrocos para lo que necesiten, hasta el Domingo de Resurrección: preparar los oficios, dar catequesis para niños, jóvenes y adultos... Y van casa por casa invitándoles a participar. Las Palas, la Pinilla y Tallante son pueblos de Murcia a cuyo cargo está un joven sacerdote de 27 años, Felipe Tomás. Familia Misionera ha acudido por primera vez allí: «A nivel personal me han hecho mucho bien -confiesa don Felipe-. En estos pueblos, la mayoría es gente mayor. Y ver en la parroquia un montón de niños, de cochecitos, ver su vitalidad, su formación, su disponibilidad..., para mí ha sido un gran impulso en mi fe. El pueblo está maravillado por el paso de estas personas. Estaban sorprendidos de que familias con 3 y 4 niños lo dejaran todo para acompañarnos. Es un testimonio y un ejemplo para saborearlo y también para imitarlo».
La familia de Jorge Barco es una de las 9 que han estado con don Felipe. Su experiencia refleja el testimonio que los párrocos dan a los misioneros: «Hemos aprendido estos días la importancia y valor de un alma -dice Jorge-. En los tres pueblos que atiende don Felipe, la mayoría de personas es bastante mayor. A los ojos de este mundo quizás ya no importan a nadie. Sin embargo, a don Felipe sí le importan, como también a Cristo. No siempre Dios nos pide hablar a multitudes jóvenes fervorosas. A veces nos pide hablar a enfermos y ancianos, y ellos son los pastores de estas almas en el ocaso de su vida, cuando quizás Cristo tiene que hacerse más presente a través del sacerdote… Los párrocos nos enseñan a ser humildes y serviciales».
Tote García y su marido Pablo viven en Barcelona. Tienen 3 hijos de 4, 2 y 1 años. Con otras 22 familias catalanas -el triple que el año pasado-, se han repartido entre Vic y Albarracín para misionar durante la Semana Santa. «Es una ayuda real a la Iglesia y nos ha permitido conocer mucho la Iglesia diocesana, ver la soledad en la que trabajan muchos sacerdotes y el celo apostólico que mantienen en condiciones duras. En el ambiente cada vez más laicista, con un ataque frontal a la familia y a la sociedad, las familias buscan dónde poder vivir su fe. Te la puedes jugar cada vez menos», cuenta Tote.
Ese ambiente para vivir la fe en familia convenció a Carlos del Castillo y su mujer, Vicky. Llevan 7 años en Familia Misionera. Se lo propuso entonces la directora del colegio Everest Monteclaro, al que iban sus hijas. «Nos sonó raro -afirman-. ¿Misiones en España? ¡Si parece que aquí no se necesitan misiones!» Pero el En principio no cambió a En principio sí. «Por dos razones -explica-. Llevábamos tiempo queriendo vivir nuestra fe de forma proactiva, no sólo hacia dentro. Y nos convenció que las misiones fueran en familia, que nuestras hijas iban a ver nuestros valores y nuestra fe en directo, por la vía de los hechos y no sólo de las palabras», recuerda.
Muchas familias se deciden por el buen ambiente para sus hijos y para ellos mismos, por el enfoque de la vida alegre y de naturalidad en la fe que se respira en este apostolado del movimiento Regnum Christi y los Legionarios de Cristo. Carlos intenta encontrar una explicación: «Al final de unas misiones, siempre nos sorprende una reflexión: que lo que vivimos debe de ser muy parecido a lo que fueron las primeras comunidades cristianas. A Asturias llegamos siendo 15 familias. Volvemos siendo una sola». Será la fuerza del amor.
Para más información:
http://jfmisionera.org/espana/
Amalia Casado
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