Martirio de las cosas, en la iglesia de Usagre (Badajoz).
A la izquierda, iglesia de Baena (Córdoba),
tras los destrozos de los milicianos

Alfa & Omega, 07/04/08 - Ya se hizo eco de ello la Carta Colectiva de los obispos españoles en el año 1937. En esta Carta, redactada por el cardenal Isidro Gomá y Tomás, y considerada por muchos el documento más significativo de la Iglesia en España en lo que a la Guerra Civil se refiere, se afirma lo siguiente: «Ha sido espantosa la profanación de las sagradas reliquias. Han sido destrozados o quemados los cuerpos de san Narciso de Gerona, san Pascual Bailón, la Beata Beatriz de Silva, san Bernardo Calvó y otros. Las formas de profanación son inverosímiles, y casi no se conciben sin sugestión diabólica».
En el Arzobispado de Toledo, el sacerdote don Jorge López Teulón, ha realizado una investigación que ha permitido recoger los hechos de forma cronológica, y tener así una idea completa de lo que sucedió con los cuerpos de los santos, generalmente incorruptos antes de su profanación. Todas las historias tienen algo en común: la mofa macabra, más allá de lo que la imaginación pueda alcanzar. El objetivo, según las pocas declaraciones de los milicianos obtenidas, era «acabar con supersticiones», pues se trataba de santos, por lo general, muy venerados en la zona.
Entre ellos están san Narciso de Gerona, del siglo IV, o san Julián de Cuenca, que murió a principios del siglo XIII. Los cuerpos de ambos fueron quemados y, en el caso de san Narciso de Gerona, se cree que sus cenizas fueron lanzadas al río Onyar, pues los restos nunca aparecieron. Los restos quemados de san Julián de Cuenca fueron rescatados por el portero del palacio episcopal, que los escondió debajo de su colchón, hasta que terminó la guerra.
Un santo muy conocido cuyos restos fueron profanados es san Pascual Bailón, del siglo XVI. Fraile franciscano, nacido en Zaragoza, recorrió diversos conventos en el Levante español. Su cuerpo incorrupto se conservaba delante de su antigua celda del monasterio. Los milicianos lo arrojaron a una hoguera y hoy sólo se conserva una escultura inspirada en el cuerpo incorrupto que se veneraba antes de la guerra.
Otro ejemplo que ilustra lo macabro de estas prácticas fue lo sucedido con el cuerpo de la Sierva de Dios Isabel de la Madre de Dios, cuyos restos eran muy venerados. El cuerpo de esta religiosa agustina recoleta, fallecida en el siglo XVII, siendo priora del convento de Serradilla, en Cáceres, ya había sido profanado con la llegada de las tropas francesas a España. Pero los milicianos fueron aún más crueles, y, sacando el cuerpo a la huerta del convento, comenzaron a darle golpes y culatazos hasta romperle algunos huesos. Cuando otros milicianos les llamaron la atención por ensañarse con un cadáver, lo dejaron allí tirado.
«Todo esto no es sino el principio de un estudio que está por hacer», afirma el sacerdote don Jorge López Teulón, pues «es imposible encontrar información completa. Quedan muchos otros testimonios e historias, como la profanación del cuerpo de san Francisco de Borja, en la iglesia de los jesuitas de Madrid, la del cuerpo del santo obispo José Torras y Bages, o los restos de san Olegario». Sin embargo, la publicación de estos hechos ya supone un paso adelante en el objetivo de narrar esta terrible parte de nuestra historia, cuya memoria es justo reivindicar.
A. Llamas Palacios
Un caso insólito: la Beata Petra de San José
Con su sugestiva personalidad y su entrega sin condiciones a los más pobres, la Beata Petra de San José sintió que el Señor le llamaba a fundar la Congregación de Madres de Desamparados, en 1881. Fundó 11 casas, y falleció a los 60 años en el mismo santuario de San José de la Montaña, en Barcelona. Allí, en el año 1936, los milicianos entraron, saquearon e incendiaron todo lo que encontraron a su paso y expulsaron a las religiosas. Éstas, al volver, se encontraron algunos restos quemados del ataúd de su fundadora, y pensaron que su cuerpo había sido destruido por las llamas. Así lo creyeron durante 47 años. El 19 de febrero de 1981, una religiosa Sierva de Jesús, sor Soledad Díaz, habló, en Zaragoza, con una religiosa de la Congregación, que le aseguró que los restos de la Madre Petra no habían sido quemados, sino robados. Según esta religiosa, en el año 1952, cuidando enfermos en Valencia, se encontró con un caso muy difícil de un enfermo que rechazaba los cuidados y la insultaba. Un día, le confesó que era masón, y que, comisionado por su logia, había viajado de Valencia a Barcelona junto con otros compañeros, y había robado los restos de la Madre Petra. En Barcelona, la Madre Petra despertaba una gran devoción y querían acabar con «esas supersticiones». Sin embargo, no destruyeron los restos, sino que los enterraron en un campo próximo al pueblo valenciano de Puzol. Aquel hombre murió arrepentido y reconciliado con Dios.
La noticia, evidentemente, revolucionó a la Congregación de Madres de Desamparados y, con la ayuda del arzobispo de Valencia, entonces monseñor Miguel Roca Cabañellas, se nombró un tribunal para el caso. Efectivamente, en el año 1983, se localizó el campo y lograron exhumarse los restos, en un acto que tuvo lugar en presencia del propio arzobispo y más autoridades. De nuevo, los restos de la Madre Petra descansan en el camarín de la iglesia de San José de la Montaña.