Gaceta, 08/04/08 -¿ Nadie le dijo a Roland Emmerich que los mamuts peludos no colaboraron en la construcción de las pirámides? Parece que ninguno de sus colaboradores se percató de esta nimia puntualización durante el rodaje de su último filme, 10.000, donde estos prehistóricos paquidermos campan a sus anchas por el desierto —doble error: el clima que allí impera y los mamuts, menos los peludos, no se llevan nada bien— para levantar la pirámide de Gizeh —Egipto no dio la bienvenida a estos monumentos hasta el 2.500 antes de Cristo—.
Al igual que Emmerich, que no es muy partidario del realismo histórico —sólo hay que ver El Patriota o fijarse en que los extraterrestres nos temen desde que les enviamos un virus a través de un Mac en Independence Day—, muchos directores se precipitan por el anacronismo consciente o inconscientemente. A Ridley Scott, por ejemplo, le debió quedar un poso de invención en la corteza parietal, ya que redujo el mandato de Cómodo en Gladiator de más de una década a sólo unos meses, e incluso le hizo morir en una lucha contra el protagonista —¡Máximo, Máximo!— cuando, en realidad, fue asesinado mientras se daba un baño.
A más números en el título del filme, más incoherencias en el guión. A pesar de retratar la Batalla de las Termópilas, 300 se permite numerosas licencias, como que los espartanos luchen únicamente con calzón de cuero cuando también se protegían de la embestida del enemigo con un peto de bronce. La más sangrante, sin embargo, es la del rey persa Jerjes I, que no fue esa aberración elefantiásica, pseudohomosexualizada y cuasi circense que retrata el efectista Zack Snyder.
Quién dijo que Hollywood era adicta al bótox. La metamorfosis de personajes históricos, para maquillarlos o ridiculizarlos, se está imponiendo en las últimas biopics —biografías cinematográficas— y películas de época. Elizabeth: la edad de oro, del indio Shekhar Kapur, pasa por alto que la monarca británica tuviera 52 años en 1585 —Cate Blanchett luce con esplendor sus 36 primaveras— y la viste al estilo de Juana de Arco durante su lisonjeo a las tropas en Tilbury, armadura plateada y espada en mano, aunque la Historia la recuerda en aquel momento sentada de lado en su corcel y con una batuta.
Despistes orientales
Oriente confunde a los directores occidentales. Si no, no se explica que el americano Edward Zwick concibiese para Tom Cruise el papel de un veterano de guerra alcohólico de más de 40 años con un dominio intuitivo y absoluto del japonés y de la katana. Y tampoco que olvidara que la modernización del ejército nipón a finales del siglo XIX fue acometida en su mayoría por francesas, y no por americanos.
No se trata de un personaje histórico, pero la adaptación a la gran pantalla de Memorias de una geisha también peca de una estrafalaria puesta en escena. La escena del baile de Sayuri (Ziyi Zhang), con nieve ficticia, juegos de luces y exagerados zapatos con plataforma, se asemeja más a un espectáculo de Broadway que al Kyoto prebélico. Y es que Hollywood es Hollywood.