Alfa & Omega, 06/05/08
Se cumplen, mañana, doscientos años de la sublevación del pueblo de Madrid junto a los muros del monasterio de las monjas carmelitas de Nuestra Señora de las Maravillas. Estaba entonces en la actual plaza del 2 de Mayo. Hoy existe en otro lugar, en la calle Príncipe de Vergara, por una orden desamortizadora dada en otro mayo, el de 1868. El mayo de 1808 era para la independencia de los de fuera. El mayo de 1868 fue de incautación, y precisamente de los de dentro. Escribe el Vicario Episcopal para la Vida Consagrada, de la archidiócesis de Madrid en lo que hoy es la Plaza del dos de mayo, en Madrid Las monjas carmelitas de Nuestra Señora de las Maravillas acababan las Horas litúrgicas de la mañana cuando un grupo invadió el vecino Parque de Artillería para armarse y comenzar el fuego. El obús de un cañonazo, como un relámpago y un trueno, sacudió los muros de la iglesia, hoy parroquia de los Santos Justo y Pastor. Los vitrales saltaron en añicos sobre el templo y el coro. El capellán de las monjas, apellidado Rojo, puso calma al desconcierto de las Hermanas y, al siguiente cañonazo, todas rodearon la imagen de la Virgen de las Maravillas, en oración.
El mismo capellán salió a la plaza y, tomando sobre el hombro al primer herido, lo introdujo en el convento. Los demás paisanos, que se hicieron enfermeros improvisados, lo imitaron después, socorriendo a los sucesivos heridos. El monasterio de clausura se convirtió, en aquella mañana, en el primer hospital de sangre de la llamada Guerra de la Independencia. Las monjas y el capellán supieron volcar su oración en caridad.
Nos sabemos desde niños y de memoria aquel Bando del señor alcalde de Móstoles: Españoles, la Patria está en peligro, acudid a salvarla. Pero, seguramente, esta otra página de la historia del mismísimo 2 de mayo no la hayan podido conocer todos. Por eso mismo merece la pena reproducir la relación que una monja, sor Elisa de Santa María Magdalena, anotó más tarde en el Diario del convento; es el recuerdo que las monjas guardaban de aquel día, al verse amenazadas, y que recogería más tarde el historiador Velasco Bayón: «Tiraban los cañonazos en el Parque viejo de Artillería, en el sitio de Monte León, donde los dos valientes oficiales Daoiz y Velarde defendían a la patria, la religión y su rey. Estaba el convento tan inmediato y eran tantas las balas que caían dentro, que por momentos esperaban fenecer, siendo un prodigio ver caer balas del tamaño de una sandía cayendo en unos rollos de estera y que se apagaban como si fueran en arena, y lo mismo sucedió con otras que cayeron en unos vasos de cristal sin romper ninguno. Y admiradas daban gloria a Dios por ver cómo las defendía en medio de tantos peligros.
A todo esto, se asomó la Madre Priora a ver lo que pasaba, y se encontró que venía por la calle Ancha una columna de franceses, y que los dos valientes oficiales decían: Traición tenemos, vamos a morir por el honor de nuestra Patria, y dándose un abrazo dijeron: Virgen de las Maravillas, sálvanos, y llenos de confianza prendieron mecha al cañón. La Madre Priora, sor Teresa de Jesús, viendo el peligro, empezó a clamar a la Santísima Virgen y puso una súplica a modo de solicitud en las manos de la Virgen, esperando de su misericordia que atendiera a sus ruegos. Tan fervorosa estaba la referida Madre que, a pesar de caer todo el noviciado y los cristales del convento al estruendo de los cañonazos, ella animaba a sus hijas; y una Hermana de velo blanco que se llamaba Eduarda de San Buenaventura salió por la ventana con un Santísimo Cristo, y animaba a los soldados.
Y pasándose el día llenas de aflicción, pues la iglesia la habían hecho hospital de sangre y eran tantos los lamentos de los heridos, pues al estruendo del cañón cayó la columna de franceses, se encontraron a las tres, sin haber comido, ni gana para ello. Y dándoles mucha lástima de los pobres soldados dispusieron mandarles la olla de comida y lo agradecieron mucho, pero no fue sólo la olla lo que les dieron, sino que como la iglesia era hospital de sangre, les socorrieron con trapos, hilas, vendas y todo lo que podían en semejante aflicción, teniendo sus corazones oprimidos de sentimiento, que las que lo han conocido dicen que no lo pueden explicar. Por eso la Madre Priora dispuso que, desde aquel año, quedase la devoción de rezar una vigilia, Rosario y la letanía cantada a la misma hora que murieron los dos valientes héroes, pero aplicada por todas las víctimas del 2 de mayo».
Por eso, el recuerdo de aquel día ha permanecido siempre imborrable en la comunidad de carmelitas que, desde entonces y aún ahora, reza el Oficio de difuntos en ese día por las víctimas del 2 de mayo, pidiendo al Señor a la vez por la libertad y por la paz.
Es necesario aclarar que los heridos atendidos en el convento eran tanto españoles como franceses y, como constata el mismo historiador, «el mayor número eran enemigos, mas se trataron como hermanos; y un soldado a quien apenas el bozo comenzaba a sombrear el rostro juvenil, y que sentía escapársele la vida por momentos, al oír, como una aparición divina, la voz amiga y el habla patria de sor Pelagia, que cuidaba de él, cogióla frenético las manos, cubrióselas de lágrimas y besos, y poniendo después con infinita ansiedad sus ojos apagados y moribundos en los de la buena religiosa, comenzó a decir: Ma mère! ¡Ma mère!, e invocando sin cesar el nombre de su madre, inclinó la cabeza en la falda de la monja y expiró». Hay que notar que sor Pelagia Revult era francesa y había venido a España en 1794 e ingresó en ese mismo monasterio de Nuestra Señora de las Maravillas. Las monjas españolas y la francesa mostraron entonces que la caridad está por encima de las nacionalidades.
Recordamos los nombres de Agustina de Aragón, que atizaba la mecha del cañón, y de la Madre Rafols y sus Hermanas de la Caridad de Santa Ana, que cuidaban de los heridos, bajo el manto de la Virgen del Pilar en Zaragoza. Y hemos de recordar, junto a los nombres de dos mujeres héroes, Clara del Rey y Manuela Malasaña, que perdieron aquel mismo día y en aquel mismo lugar su vida, a estas monjas, que curaron bajo el manto de Nuestra Señora de las Maravillas para que no se perdieran otras vidas de los heridos de una y de otra vanguardia.
Joaquín Martín Abad