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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Inhumación, incineración, resurrección

1 de noviembre de 2008
Por monseñor Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos.

BURGOS, sábado, 1 de noviembre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la carta escrita por monseñor Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos, con el título "Inhumación, incineración, resurrección".

 

* * *


 

Uno de nuestros grandes clásicos, Jorge Manrique, escribió estos versos inmortales a la muerte de su padre don Rodrigo: "Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/, que es el morir". Jorge Manrique era un poeta profundamente creyente. Por eso, sus versos no son una elegía desgarrada y trágica sino un canto de fe cristiana. Están, sí, llenos de buen sentido y realismo, pero, a la vez, de esperanza, y son una llamada a vivir la vida desde la dimensión de la fe. Porque puede añadir: "Este mundo bueno fue/ si bien usásemos d'él/ como debemos/; porque, según nuestra fe/, es para ganar aquel/ que atendemos".

 

Nada más lejos, por tanto, de la mente del poeta castellano que una consideración trágica de la existencia. Trágico sería considerar la vida como un río que no puede librarse de desembocar en el mar de la muerte para hundirse hasta el abismo y desaparecer. "Nacer para morir" y "morir para desaparecer": no cabe mayor tragedia. Pero pasar por este mundo para "ganar aquel que atendemos" es darle a la vida un horizonte de sentido y finalidad. O, si se prefiere, responder adecuadamente a los grandes interrogantes que anidan en todo corazón humano y que, más pronto o más tarde, afloran a la superficie y reclaman una respuesta convincente: "Por qué nacer, por qué vivir, por qué sufrir, por qué morir".

 

La fe cristiana -que profesaba Jorge Manrique y confesamos los que creemos hoy en Jesucristo- no quita dramatismo a la muerte ni hace que ésta deje de ser "el máximo enigma de la vida humana" (GS 18). Pero convierte este enigma en certeza de una vida sin fin, porque nos asegura que la muerte es el paso a la plenitud de la vida verdadera. Por eso, la Iglesia llama dies natalis (día del nacimiento) al día de la muerte de un cristiano verdadero.

 

En este horizonte, la muerte no es el final desastroso de la existencia y la desaparición completa de un ser humano, sino prolongación de la vida en un estado nuevo. Lo dice muy bien la Liturgia de las exequias: "Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina; se trasforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo". De este modo, el "morir con Cristo", que comienza en el Bautismo, llega a su plenitud cuando morimos para resucitar con Cristo y ya nunca más volver a morir.

 

"La Resurrección de la carne" nos da la clave para entender el sentido que tiene la muerte para los que creemos en Cristo. Gracias a nuestra fe en que resucitaremos, para nosotros la muerte es el paso a la Vida, abrir la ventana de una eternidad dichosa, cambiar de vestido pero no de ser, trocar la debilidad y el dolor en gozo rebosante.

 

Esto explica que tratemos los cadáveres con tanto respeto y veneración: les vestimos, les rociamos con agua bendita, les incensamos, les depositamos en un lugar bendecido. Tradicionalmente los hemos depositado en la tierra de un Camposanto. Hoy, con frecuencia, los colocamos en un nicho o, quizás, en un panteón. La Iglesia prefiere que sigamos esta costumbre, aunque no prohíbe la incineración. Pero lo esencial no es la incineración ni la inhumación. Lo que realmente cuenta es la fe en la resurrección. Tanto, que al difunto que manda quemar su cadáver porque no cree en ella, se ve obligada a privarle de sus exequias.

 

La Resurrección llena también de consuelo el corazón humano, pues nos asegura que nuestros seres queridos siguen unidos a nosotros más allá de la muerte y están esperando encontrarnos de nuevo para ya nunca más separarnos. Por eso, cuando aderezamos o adornamos su tumba, cuando rezamos una oración o mandamos celebrar por ellos una misa, no caemos en un sentimentalismo bobalicón y superficial, sino que nos adentramos en el mundo fascinante de la comunión de los santos.

fuente: Zenit
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