Alfa & Omega/03/09/09 -
800.000 visitantes han acudido este verano a la trigésima edición del Meeting por la amistad entre los pueblos, que ha organizado el movimiento eclesial Comunión y Liberación en la ciudad italiana de Rímini, con el lema El conocimiento es siempre un acontecimiento. Entre las numerosas conferencias, espectáculos y exposiciones que han tenido lugar, se encuentra la muestra San Agustín. Se conoce sólo aquello que se ama, que recoge imágenes del Arca de san Agustín, de la basílica de San Pietro in Ciel d'Oro, en Pavía (Italia), donde reposan los restos del santo de Hipona.
Con ellas ilustramos estas páginas, a las que acompañan palabras de Benedicto XVI sobre las tres conversiones de san Agustín, cuya fiesta litúrgica acabamos de celebrar.
La conversión de Agustín no fue repentina ni tuvo lugar plenamente desde el inicio, sino que puede ser definida más bien como un auténtico camino, que sigue siendo un modelo para cada uno de nosotros. Este itinerario culminó ciertamente con la conversión y, después, con el bautismo, pero no se concluyó con aquella Vigilia Pascual del año 387, cuando fue bautizado por el obispo Ambrosio. El camino de conversión de Agustín continuó humildemente hasta el final de su vida, hasta el punto de que se puede verdaderamente decir que sus diferentes etapas -se pueden distinguir fácilmente tres- son una única y gran conversión.
La primera conversión
San Agustín fue un buscador apasionado de la verdad: lo fue desde el inicio y, después, durante toda su vida. La filosofía, sobre todo la de orientación platónica, le manifestó la existencia del Logos, la razón creadora. Los libros de los filósofos le indicaban que existe la razón, de la que procede todo el mundo, pero no le decían cómo alcanzar este Logos, que parecía tan alejado. Sólo la lectura de las Cartas de san Pablo, en la fe de la Iglesia católica, le reveló plenamente la verdad. Esta experiencia fue sintetizada por Agustín en una de las páginas más famosas de las Confesiones: cuenta que, en el tormento de sus reflexiones, retirado en un jardín, escuchó de repente una voz infantil que repetía una cantinela: Tolle, lege, tolle, lege (Toma, lee, toma, lee). Entonces tomó un códice de san Pablo que poco antes tenía entre manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la Carta a los Romanos en el que el Apóstol exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo.
La segunda conversión
El camino de Agustín no concluyó con aquella Vigilia Pascual del año 387, en la que fue bautizado. Al regresar a África, fundó un pequeño monasterio y se retiró en él, junto a unos pocos amigos, para dedicarse a la vida contemplativa y de estudio. Un hermoso sueño que duró tres años, hasta que, a pesar suyo, fue consagrado sacerdote en Hipona y destinado a servir a los fieles. Esto era muy difícil para él, pero comprendió desde el inicio que sólo viviendo para los demás, y no simplemente para su contemplación privada, podía realmente vivir con Cristo y por Cristo. De este modo, renunciando a una vida consagrada sólo a la meditación, Agustín aprendió a poner a disposición el fruto de su inteligencia para beneficio de los demás. Aprendió a comunicar su fe a la gente sencilla y a vivir así para ella, desempeñando sin cansarse una generosa actividad. Su segunda conversión consistió en comprender que se llega a los demás con sencillez y humildad.
La tercera conversión
Hay una tercera conversión: es la que le llevó cada día de su vida a pedir perdón a Dios. Al inicio, había pensado que, una vez bautizado, llegaría a la vida propuesta por el Sermón de la Montaña: la perfección donada en el Bautismo y reconfirmada por la Eucaristía. En la última parte de su vida, comprendió que estaba equivocado. Sólo el mismo Cristo realiza verdadera y completamente el Sermón de la Montaña. Nosotros tenemos siempre necesidad de ser lavados por Cristo y de ser renovados por Él. Tenemos necesidad de conversión permanente. Hasta el final necesitamos esta humildad que reconoce que somos pecadores en camino, hasta que el Señor nos da la mano definitivamente y nos introduce en la vida eterna. Agustín murió con esta última actitud de humildad, vivida día tras día.
Benedicto XVI