Alfa & Omega, 18/09/09 -
El Papa Pío XII Desde Castelgandolfo, el 24 de agosto de 1939, con un radiomensaje, Pío XII se dirigió a los gobernantes y a los pueblos de todo el mundo, en un cálido, dolorido y sufrido llamamiento: «Es con la fuerza de la razón, no con la de las armas, como se consigue la justicia.
Y los imperios no fundados sobre la justicia no son bendecidos por Dios. La política emancipada de la moral traiciona a quienes así la quieren... Nada está perdido con la paz; sin embargo, todo puede perderse con la guerra». Su voz -escribió un semanario católico, interpretando un sentimiento común- expresaba «la voz de la cristiandad, es más, de toda la Humanidad».
Sin embargo, los gobernantes continuaron urdiendo sus propias estrategias; los pueblos, soportando y sufriendo; la Iglesia, pidiendo, sin ser escuchada, que fueran recorridos los caminos para llegar a alcanzar una paz duradera.
Lo había reiterado el Papa Pacelli, el 19 de agosto, al recibir a una nutrida peregrinación llegada a Roma para recordar los veinticinco años de la muerte de san Pío X: «Desde el primer día de nuestro pontificado, hemos intentado y hecho cuanto estaba en nuestras fuerzas para alejar el peligro de la guerra y para cooperar a la finalidad de conseguir una sólida paz fundada sobre la justicia y que salvaguarde la libertad y el honor de los pueblos, siendo conscientes de todo lo que, en este campo, debíamos y debemos a los hijos de la Iglesia católica y a toda la Humanidad».
Pero Europa estaba inquieta, dividida y marcada por los regímenes totalitarios y por la debilidad de las democracias occidentales. Mussolini, al recibir al padre jesuita Tacchi Venturi, a menudo destinado como plenipotenciario entre el Papa y el Duce, le declaró con cínico realismo: «Alemania no puede hacerse ilusiones de conseguir con Polonia lo que ha logrado con los otros, sin derramamiento de sangre. Polonia será arrasada por la predominante fuerza alemana, y así tendremos el principio de una guerra europea».
En este escenario apocalíptico de uno contra todos, con Polonia apoyada por Francia y Gran Bretaña; Italia y Alemania vinculadas por el Pacto de acero; con los Estados Unidos interesados, pero distantes, y la Unión Soviética de Stalin, hacia la que miraban los países occidentales, la Santa Sede asumió una iniciativa diplomática secreta y discreta, para llegar a un encuentro sin prejuicios entre las cinco naciones europeas llamadas a decidir si era posible un acuerdo para reducir las tensiones y salvaguardar la paz. Como indica la documentación que han posibilitado los Archivos Vaticanos y los de otros países, se habían revelado tantas garantías de disponibilidad como consensos, pero también reservas instrumentales, respuestas dilatorias, indiferencias y tentativas de alcanzar las mayores ventajas posibles en beneficio propio. Todo esto acabó por crear, en torno a la propuesta de la Santa Sede, un vacío de iniciativas que llevó a que no se hiciera nada.
Por si fuera poco, el 23 de agosto llegaba la noticia de que, en Moscú, el ministro de Asuntos Exteriores soviético, Molotov, y su homólogo alemán, von Ribbentrop, habían firmado un pacto de no agresión, que en realidad sacrificaba a Polonia a las ambiciones de los dos países. El mensaje, lanzado por la radio, del 24 de agosto se convertía en un último llamamiento del Papa a la paz. La Santa Sede confiaba al padre Tacchi Venturi un último intento de acercamiento de Mussolini. El Sustituto en la Secretaría de Estado, Tardini, sabía que el Duce trataba de encontrar una solución, aunque fuera mínima, para Danzig.
Era necesario interpelarle. El 29 de agosto, el Jefe del Gobierno entregaba al jesuita algunas indicaciones. Al día siguiente, el cardenal Secretario de Estado, Maglione, a través del Nuncio en Varsovia, enviaba un mensaje al Gobierno de aquel país, que en parte se remitía a las palabras de Mussolini. Pero todo esto era ya inútil. El 1 de septiembre de 1939, Hitler invadía Polonia.
Antonio Airò
en Avvenire
Traducción: María Pazos