
Todo el mundo pudo verlo. Porque la retransmisión televisada de la dedicación de la Sagrada Familia, de Barcelona, llegó tan lejos como se pueda imaginar. Se había terminado el rito de la incensación del altar, de los fieles y de los muros de la iglesia. Era necesario poner todo a punto para el rito de la iluminación y dejar el altar bien dispuesto para poder celebrar solemnemente la Eucaristía. Este dejar el altar bien dispuesto implicaba, previamente, «limpiar el altar». No es que el altar estuviera sucio, pero sí que había que controlar, secando delicadamente la mesa, que el santo crisma con el que el altar había sido ungido no manchara el mantel nuevo con el que se ornamentaría la mesa de la Eucaristía.
Hasta ahí nada nuevo. Sin embargo, ¡vaya!, he aquí que entonces aparecen unas monjas vestidas de negro, casi unas manchas que llevaban el mal hado de romper la armonía del blanco círculo, formado por obispos, sacerdotes y diáconos, que rodeaba el altar. Primer inconveniente: ya tenemos del todo ofendida la estética visual que parecería ser la de más actualidad en nuestro siglo XXI. Pasado el primer momento de sorpresa para los ojos abiertos de par en par ante la extraña imagen que ofrecían aquellos puntos negros, resulta evidente, entonces, el aturdimiento público provocado por la osadía de lo que estaba ocurriendo: nada más llegar al altar, las monjas, aquellas monjas vestidas de negro, se ponen a limpiarlo. ¡Habrase visto! Unas mujeres poniéndose a hacer limpieza ante todo el mundo. La imagen más atávicamente machista que la Iglesia podía dar, sometiendo a las mujeres a unos trabajos servirles que parece que sólo ellas puedan hacer.
A partir de aquí, ya tenemos enardecidas las sensibilidades que ven despreciados valores básicos de nuestros días y arrancan las más vivas discusiones en los debates propiciados por los medios de comunicación. ¿Qué lectura debemos hacer, se preguntan unos y otros, de este hecho, por lo menos, provocativo?
Más allá de este esquemático relato de los hechos, ¿cuál era la realidad? Pues, ésta, tan sencilla y fácil de explicar. Aquellas monjas, que forman parte de las Auxiliares Parroquiales de Cristo Sacerdote, constituyen la pequeña comunidad, con residencia sobre el claustro de la catedral de Barcelona, que se encargan de que todo esté a punto para cada uno de los actos de culto que allí se realizan y, así, las celebraciones litúrgicas tengan la dignidad y nobleza que requieren. Cuidar el culto no quiere decir sólo tenerlo todo limpio y ordenado, sino también velar por una serie de detalles según sea cada una de las celebraciones litúrgicas. Habría que citar muchas de las cosas que hacen, pero, al menos, dejemos constancia de lo que comporta la acogida de los numerosos grupos, venidos de todas partes y de paso por Barcelona, que piden poder celebrar la misa en la Catedral. Sería largo exponerlo todo.
Ellas, aquellas monjas, bastantes días antes de la dedicación del templo de la Sagrada Familia, trabajaron horas y horas, para que no faltara ningún objeto ni ningún ornamento de los que había que utilizar en la singular ceremonia de dedicación. Y no digamos las horas que, los días previos a esta celebración, se pasaron en la Sagrada Familia para que todo estuviera a punto y en el lugar oportuno.
Ante esta situación, pareció que lo más normal era que lo que hacen habitualmente en la catedral de Barcelona también lo hicieran en la Sagrada Familia, ante el Santo Padre y ante la excepcional asamblea que rodeaba al sucesor de Pedro. De este modo, su presencia y lo que hacían en aquel momento, se convertía en un modesto, silencioso y expresivo homenaje a las queridas «monjas de la catedral». Leer los hechos de otra manera es huir de la realidad que se explica por ella misma, sin discusiones ni casuística añadidas. Dicho esto, no es necesario decir nada más, excepto volver a decir a las monjas: ¡muchas gracias!