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El Testigo Fiel
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El regreso a la sencillez de la fe católica

11 de octubre de 2011
El Credo de los apóstoles, el sacramento de la confesión, la adoración de la Eucaristía, la invitación a los que se alejaron a que vuelvan a la Iglesia. Conversación con el arzobispo de Washington, cardenal Donald Wuerl. Extenso, pero vale la pena.

 

Eminencia, es usted el obispo de la diócesis de una capital muy importante, que sigue siendo la “capital del mundo”. Leyendo sus cartas pastorales uno se asombra de que se dirija usted siempre a las personas que se han alejado. Parece como si este fuera su principal empeño.

DONALD WUERL: En eso consiste la nueva evangelización, y ese es el motivo por el que en la archidiócesis de Washington hemos hecho de la nueva evangelización nuestro objetivo. Es el cristal a través del cual queremos ver todo lo que hacemos, invitando a la gente a volver a la fe e invitando a los jóvenes a comenzar a apreciar, comprender y vivir nuestra fe católica.

La razón por la que he escrito la carta pastoral sobre la nueva evangelización el pasado año, Disciples of the Lord: sharing the vision (Discípulos del Señor: compartir la visión) fue precisamente la existencia de una generación de católicos que están bautizados pero no son practicantes.  Se trata en su mayoría de católicos que recibieron una catequesis bastante mísera durante los años setenta y ochenta, y en parte también de los noventa. En los Estados Unidos hemos vivido un período en el que no se prestaba mucha atención a lo que se enseñaba, ni a los textos de catequesis y teológicos que se ofrecían para la instrucción de nuestros jóvenes. El resultado es que, junto con la influencia de la revolución cultural de los años sesenta y setenta, muchos católicos sencillamente han dejado de venir a la iglesia. Se consideran católicos pero no participan en la vida de la Iglesia. Cuando el papa Juan Pablo II comenzó a hablar tan insistentemente de la necesidad de una nueva evangelización, y nosotros comenzamos a comprender lo importante que era invitar a la gente a volver, y cuando luego el papa Benedicto XVI creó el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, en esta archidiócesis decidimos que la evangelización iba a ser el centro de todos nuestros esfuerzos. Queremos asegurarnos de que quienes se han alejado sean llamados a volver. Un ejemplo es esta invitación al sacramento de la confesión que hemos llamado “The light is on for you” [La luz está encendida para ti, n. de la r.]. En la tentativa de volver a ofrecer el sacramento de la reconciliación hemos ofrecido la posibilidad de acercarse al sacramento de la confesión en todas las parroquias de la archidiócesis durante la Cuaresma, durante cinco años consecutivos. Sencillamente hemos hecho de manera que en la comunidad quienquiera –católico, no católico, quienquiera– supiera que el sacramento de la confesión es algo que los católicos hacen y que en cada una de nuestras iglesias, cada miércoles de Cuaresma, de 6,30 a 8,00 de la tarde, hay un cura que espera escuchar las confesiones y decir “¡bienvenido de nuevo!”. Así que hemos hecho publicidad en el metro, en la radio, en los autobuses y en las vallas publicitarias de esta invitación a volver a casa. Ahora, en otras diócesis del país y en Canadá están tomando también esta iniciativa.

Es usted muy inmediato y concreto en sus catequesis. En su carta pastoral God’s mercy and loving presence (La misericordia de Dios y la presencia amorosa) ha sugerido a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos de la archidiócesis que sigan con las confesiones y también ha aconsejado al pueblo que participe unido en la adoración eucarística, siguiendo el ejemplo de san Alfonso María de Ligorio, a quien cita en sus escritos. Es como si dijera: «Los sacramentos son la respuesta».

Desde luego, y cuando los obispos de Estados Unidos nos reunimos hace algunos años, dijimos que había que establecer prioridades para la Iglesia de nuestro país. Y realmente la primera de las prioridades sobre la que todos estábamos de acuerdo es la evangelización y la catequesis sobre los sacramentos, devolver a la gente a los sacramentos. Es algo de sentido común... Jesús, el Verbo Encarnado, cuando se preparaba para volver al Padre en la gloria, estableció una Iglesia que se le asemejara, que fuera espiritual y visible, que tuviera al Espíritu Santo, aunque estuviera hecha de humanos.

El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia como del gran sacramento. Jesús instituyó los sacramentos para que Él pudiera tocarnos y nosotros tocarle a Él. De todos estos grandes momentos de encuentro, en lo más alto está la Eucaristía. Jesús dijo: «Haced esto en memoria mía». Y nosotros hemos comprendido que cada vez que lo hiciéramos, Él estaría con nosotros. Creo que nuestros jóvenes  se dan cuenta de que esto no es solamente fácil, sino también verdadero. Lo que hoy les pedimos a nuestros jóvenes es dar la respuesta de Pedro cuando Jesús les preguntó a los discípulos: «¿Vosotros quién decís que soy yo?». Esta es la pregunta que dirigimos a nuestros muchachos: «Vosotros quién decís que es Jesús?». Simón Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Estamos ayudando a nuestros jóvenes a hacer la misma profesión de fe –a decir a Jesucristo «tú eres el Hijo de Dios, yo creo en ti»–. Y nos damos cuenta de que nuestros jóvenes responden. No es complicado. Cuando Jesús hablaba no era difícil de comprender. En mi opinión sucede que la respuesta de fe termina quedando envuelta en parámetros que son mundanos. Por eso nuestros jóvenes hoy nos están pidiendo: «Habladnos de Jesús, habladnos de su Evangelio».

En su carta pastoral de 2007, God’s Mercy and the Sacrament of Penance [La misericordia de Dios y el sacramento de la penitencia], recuerda usted que la «nueva creación» es sencillamente un hombre que es redimido.

San Pablo nos dice que la batalla dentro de nosotros es entre el hombre viejo que quiere seguir resistiendo y el hombre nuevo, la nueva crea­ción que se manifiesta, el hombre en gracia, el hombre que es redimido por la gracia. ¿No es acaso precisamente eso lo que Jesús vino a hacer? Recomponer todo lo que estaba roto. La nueva creación, la creación de gracia, es el Reino –la presencia de Dios, de la paz, del amor, de la justicia, de la compasión, de la curación–. La nueva creación comienza por cada uno de nosotros en el bautismo. Cada uno se convierte en el bautismo en criatura de la nueva creación. Solo que la vieja creación sigue luchando para retenernos en sus manos y la nueva creación trata de romper una brecha en todo esto. Cada uno de nosotros es un ciudadano del Reino.

Y el Reino viene precisamente ahora, cada vez que un creyente, alguien que sigue a Cristo, actúa en la benevolencia, en el amor, en la verdad y en la justicia. Todas las acciones que hacen visible la presencia de Cristo en nosotros son lo que hace que exista el Reino. Una vez un hombre que se me presentó como ateo me dijo: «¿Qué es lo que trae al mundo la gente como vosotros?», entendiendo por «gente como vosotros» a la Iglesia. Le respondí: «¿A qué se parecería el mundo si durante los siglos pasados, durante los milenios pasados, no se nos hubieran enseñado los diez mandamientos, si no se nos hubiera dicho que debemos tratarnos los unos a los otros con dignidad, si no nos hubieran dicho que estamos llamados al amor recíproco y al cuidado del último de nuestros hermanos? ¿Cómo cree que hubiera sido el mundo». Y él replicó, cosa que habla en su honor: «Hubiera sido un desastre». Todas estas son señales del Reino abriendo brecha en el mundo.

Una de las alegrías de ser obispo es que has de moverte por toda la diócesis. En las parroquias de esta Iglesia local veo gente que vive su fe y que intenta seguir a Cristo criando a sus hijos, intentando ayudar a sus hijos a que sigan el camino de Cristo. Se ven personas que cuidan de los ancianos y los enfermos, que se acercan a los que tienen necesidad, intentando hacer todo lo que Jesús dijo.Los católicos viven también en EE UU entre fuerzas que a menudo se contraponen. Por un lado, como recuerdan los obispos estadounidenses en el documento In support of Catechetical Ministry (En apoyo del ministerio del catecismo) «vivimos en una sociedad cada vez más secularizada y materialista», por otro lado, están las minorías hispánicas, de color y asiáticas que son portadoras de un enfoque diferente...

Entre las cosas que reconocemos y que el papa Benedicto XVI nos recordó con su venida aquí hace tres años, en 2008, pienso que están las tres barreras a la proclamación del Evangelio en los Estados Unidos, que son el secularismo, el materialismo y el individualismo. Todo ello es cada vez más evidente en nuestra cultura. Mucho de lo que se nos propone como cultura americana está creado por las industrias del entretenimiento y la información. Cuando uno está con la gente, en las parroquias, en el mundo donde las personas trabajan, ve que conservan todavía muchos de los valores de base. Raramente oímos hablar de ello en los medios de comunicación. Esos valores se censuran. Todo lo que tenga que ver con la religión, la fe, la espiritualidad de la gente se censura y nos atreveríamos a pensar que lo que vemos en la televisión o escuchamos por la radio o leemos en los períodos es todo. No lo es. Pero por otro lado, como sugería usted, también tenemos a todos estos inmigrantes que llegan. En esta archidiócesis celebramos misa en veinte lenguas distintas cada fin de semana... ¡veinte! Es una bendición este reflejo de la Iglesia universal, en esta capital de Estados Unidos. Los inmigrantes traen consigo la riqueza de la fe. Muchos de ellos traen consigo un sentimiento de comunidad y de familia tan dramáticamente necesario en nuestros Estados Unidos secularizados. Estamos asistiendo a la introducción de lo que se define el “matrimonio homosexual”, como si el matrimonio no fuera ya la realidad verificable de un hombre y de una mujer que se unen, prometiendo vivir juntos, engendrar y criar hijos. Los inmigrantes traen consigo un sentimiento de comunidad y de comunión eclesial. Su experiencia de la fe es una experiencia que incluye a la Iglesia y por consiguiente a la doctrina cristiana, la tradición apostólica y a los obispos como sucesores de los apóstoles.

Esto se aparta de la herencia protestante arraigada en los Estados Unidos según la cual «Jesús es mi salvador, y no hay necesidad de nada más». La Iglesia católica siempre ha dicho, en cambio, que «Jesús instituyó una familia, una familia de fe». Parte de la tarea que tenemos frente a nosotros, tras la afluencia de los inmigrantes, es la necesidad de apoyar los valores tradicionales de la familia y de la comunidad.

En el documento antes citado los obispos estadounidenses subrayan que los valores democráticos son una cosa, y que otra cosa es la fe católica. Teniendo presente esta clara distinción, ¿cómo se relaciona con los poderes civiles?

Pienso que hay un par de cosas que hay que tener presentes. La primera: esta es una sociedad democrática y pluralista. La segunda: que como obispo de la Iglesia católica tengo un mensaje que llevar a esta sociedad democrática y pluralista. En la ceremonia de la toma de posesión de la diócesis, hace cinco años, dije en la homilía que parte de la responsabilidad de la Iglesia en la capital de nuestra nación, en esta “capital del mundo”, es anunciar el Evangelio en medio de todas las demás voces. No condenamos las otras voces sino que esperamos tener la libertad de hacer oír nuestra voz. Mi experiencia en Washington es que si uno está preparado para el diálogo, para discutir y escuchar, entonces a veces tiene la posibilidad de llevar el Evangelio dentro del debate. Es muy importante para la Iglesia estar presente. Ha de estar presente en los esfuerzos actuales que caracterizan al ambiente político, social y cultural. Hemos de ser solo fieles a nosotros mismos. Hemos de ser fieles al Evangelio, claros a la hora de decir lo que es y lo que no es, lo que es justo y lo que es equivocado. Un ejemplo de ello es la voz de la archidiócesis en los movimientos por la vida, motivo por el que estamos tan orgullosos de celebrar cada año una reunión de jóvenes y la misa por la vida.

El año pasado había treinta y cinco mil chicos, veinte mil en la misa en el Verizon Center, diez mil en el D. C. Armory y otros cinco mil en las iglesias de toda la archidiócesis. Mediante las voces de todos estos jóvenes la Iglesia decía sencillamente, en el mundo político en el que vivimos, que la vida humana es un don de Dios.

En su país prosiguen los debates sobre la reforma sanitaria. La Iglesia católica no puede apoyar a quienes favorecen el aborto, pero esto es bien distinto a oponerse a una ley que garantiza la asistencia social y sanitaria a personas que nunca podrían permitírsela. A veces parece que la Iglesia católica de Estados Unidos está comprometida solo en la batalla pro life (por la vida), en una batalla contra el gobierno.

Esta es la manera en la que a veces se pinta a la Iglesia católica, como si estuviera interesada solo en el proyecto de abolir el aborto. Además del gobierno, en los Estados Unidos quienes más ayuda sanitaria ofrece es la Iglesia católica. Estamos en todos los niveles de la asistencia sanitaria, de la administración del servicio social, del cuidado de los sin casa, dando sustento a los pobres mediante los bancos de comida y la distribución en las parroquias. También somos, después del gobierno, la mayor entidad dedicada a la instrucción, especialmente de los pobres y los necesitados. La Iglesia católica está comprometida en todo lo relacionado con el mandamiento que Jesús nos dio de dar de comer al hambriento, de dar de beber al sediento, de vestir al desnudo y visitar a los enfermos y prisioneros. Lo estamos haciendo. Pero nunca se nos presenta de este modo, no nos dan ningún reconocimiento. En 2007 los obispos americanos publicaron un documento llamado Faithful citizenship (Ciudadanía fiel), que es una guía para los católicos que entran en el proceso electoral. Creo que aquel texto contiene una enseñanza muy sólida. Y ha gozado del unánime apoyo de los obispos estadounidenses. Faithful citizenship les dice a los católicos y a quien lo lea que existe un amplio abanico de temas, y que hay que considerarlos todos. Jesús nos pide que cuidemos de la mujer cuando da a luz a su hijo, y que luego los asistamos a los dos, como también que cuidemos a los ancianos y a quien necesita asistencia. Todas estas cosas forman parte del gran cuadro de referencia del servicio de la justicia social católica.Hoy es la fiesta de los santos Pedro y Pablo. Esta mañana, en la misa matinal del Franciscan monastery of the Holy, aquí en Washington, he escuchado al sacerdote decir en la homilía que el Señor sacó a dos grandes santos de dos personalidades improbables: un pescador y un perseguidor.

Es el modo de trabajar del Señor. Quién hubiera dicho... que la roca sobre la que Cristo iba a construir su Iglesia sería un tosco e impetuoso pescador... Y sin embargo, con la gracia de Dios se convirtió en la roca sobre la que descansa la Iglesia. Y estaba Pablo, que perseguía a la Iglesia, y con la gracia de Dios se convirtió en el canal para revelar que la Iglesia y Jesús son una cosa sola. Cuando Saulo preguntó:  «¿Quién eres tú?», la voz le respondió: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues». La Iglesia y Cristo son una cosa sola. Pablo fue el trámite de aquella revelación. Esta mañana, celebrando misa, he dicho que no se pueden festejar a los santos Pedro y Pablo sin reconocer que tenemos un vínculo con Roma. Cuando tuve el gran privilegio de tomar posesión de la iglesia titular de San Pedro en Víncoli de Roma, recordé a las personas presentes que todos tenemos un vínculo especial, todo católico tiene un vínculo con Pedro. Lo tenemos porque él es la piedra de toque de nuestra fe. Hoy vive, hoy lleva el nombre de Benedicto y es Pedro a quien nos dirigimos cuando queremos saber qué nos dice hoy Jesús.

Como arzobispo de Washington, ¿a qué experiencia le tiene más cariño?

Para mí, el rasgo más gozoso de la Iglesia es hoy darse cuenta que estamos en el centro de una nueva evangelización. Nos parecemos a la Iglesia del principio, que sale a la calle y le dice a la gente por primera vez quién es Jesús. Él ha resucitado, está con nosotros. Hoy mucha gente está escuchando esto por primera vez. Creen que ya lo han oído y que ya lo saben, pero en realidad lo están escuchando quizá por primera vez. La emoción es que hoy la Iglesia se abre a un futuro totalmente nuevo, y es un motivo para estar contento. Dentro de cincuenta años la gente mirará hacia atrás y quizá dirá que aquellos eran días en los que estaba comenzando la renovación total de la Iglesia.

En uno de sus artículos escribía usted recientemente: «No hace mucho tiempo, al terminar la misa de Pascua, un hombre se me acercó para preguntarme si realmente yo quería afirmar lo que había escuchado en la homilía: “Usted ha dicho que Jesús resucitó en su cuerpo, no únicamente en su mensaje”».

Resucitó. En algunas escuelas puede que la gente haya aprendido que la resurrección era más bien una manera de hablar, y que Él resucitó en el sentido de que tenía capacidad para influir. Nosotros decimos: «¡No, no! Resucitó en Su cuerpo». Una vez en la universidad uno de mis estudiantes me dijo: «Afirma usted que Jesús resucitó de entre los muertos». «Sí, porque es lo que nos enseña la Iglesia», respondí. Y él replicó: «Bueno, pero usted quiere decir que en su cuerpo...». «Sí, en esto consiste la resurrección», dije. Él no sabía que la Iglesia cree en esto. Ahora lo sabe. Estoy contento de contarles a los jóvenes quién es realmente Jesús. Todo aquello que necesitamos es el Credo de los apóstoles. Cuando estoy en Roma siempre me alojo en el Pontificio Colegio Norteamericano, porque fue mi seminario y es allí donde siguen yendo los seminaristas de Washington. Cada vez que voy llevo a todos los seminaristas de Washington a la Basílica de San Pedro. Decimos misa a las 7 de la mañana, luego subimos de la cripta y nos colocamos frente al altar de la confesión para rezar todos juntos el Credo de los apóstoles. Y yo les digo: «Este es el lugar justo».  

fuente: 30 Días
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