La llamada Nueva ola del cine iraní siempre nos ha ofrecido películas interesantes, con historias más cercanas y humanas que muchas de las producciones autóctonas contemporáneas. En esta ocasión es el director Asghar Farhadi el que, con su quinto largometraje, Nader y Simin, una separación, conquistó el último Festival de Berlín llevándose el Oso de Oro a la Mejor Película, el Oso de Plata ex-aequo al Mejor Actor para Peyman Moaadi (Nader), Ali-Asghar Shahbazi (padre de Nader) y Babak Karimi (juez), y el Oso de Plata ex-aequo a la mejor actriz para Sareh Bayat (Razieh) y Sarina Farhadi (Termeh).
Se trata de una historia ambientada en el Irán actual, y que gira en torno a una familia de clase media en proceso de divorcio. Simin y Nader tienen una hija de once años, Termeh, y los tres viven con el padre de Nader, un anciano que padece un Alzheimer muy acusado. La separación del matrimonio implica que Nader debe contratar a una mujer, Razieh, para que cuide de su padre mientras él está en el trabajo. Un problema con esta cuidadora termina en los tribunales y pondrá el proceso de separación de Nader y Simin en una tesitura dramáticamente extrema.
Esta película, impactante y sobrecogedora, en el fondo, es una reflexión sobre el sentido de la justicia o de lo justo, declinado de formas variopintas y muy reales: la justicia de los tribunales legales, la justicia subjetiva, lo justo a los ojos de la sociedad, a los ojos de Dios, y especialmente llama la atención sobre aquellas injusticias de las que parece casi imposible buscar un culpable. La genialidad del guión de Farhadi es que no construye personajes malos: todos son buena gente, normalita, que no desean hacer mal a nadie..., pero que se ven envueltos en situaciones de responsabilidades ambiguas, aparentemente casuales, no intencionadas, y que, de repente, les sitúan en un contexto de mal y confusión moral. Por tanto, no hay asomo de maniqueísmo ni de fáciles moralismos, y la película no propone soluciones: es un film radicalmente abierto y perplejo, que obliga al espectador a posicionarse y hacer su propia reflexión.
Un tema que cruza la película de lado a lado como una espada hiriente es la situación de la pobre Termeh, desgraciadamente tan frecuente en los procesos de separación. El padre y la madre la usan indistintamente como coartada o como elemento arrojadizo. Esta niña es obligada a decidir entre vivir con su padre o con su madre, cuando ella lo único que desea obsesivamente es que sus padres vuelvan a estar juntos. Esta disyuntiva, que además toma forma legal -ella tiene que decidir y optar ante un juez y en presencia de sus padres-, destruye por dentro a Termeh, y sin duda es la injusticia más brutal de todas las que circulan por el film.
Sorprendente para un cristiano es el concepto de pecado que aparece en el film. Razieh profesa una devoción islámica radicalmente formalista, en la que el pecado es ajeno a la conciencia. Llama por teléfono a un supuesto fundamentalista para consultarle casuísticamente si asear a un anciano varón es pecado o no. Sin embargo, no tiene reparos en mentir por miedo a su marido. Y es que de ahí sacamos el otro gran tema del film: la situación humillante de la mujer en Irán.
Se trata, en fin, de una película tan desoladora como conmovedora, rodada con increíble fuerza, y que utiliza el lenguaje del suspense hitchcockiano para contarnos un drama sumamente interesante, que demuestra que la verdadera justicia supera la capacidad del hombre, algo que ya los salmistas dejaron machaconamente claro. Sencillamente, no es cierta aquella famosa frase de El Padrino: «La justicia... nos la hará Don Corleone».
Juan Orellana