Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila Godoy, escritora chilena Premio Nobel de Literatura, ejerció el magisterio en zonas rurales de Chile. Cuando contaba veinte años el joven que ella amaba se suicidó. Después fue cónsul de su país en Nápoles, Lisboa, Río de Janeiro, Los Ángeles... Sus temas centrales fueron el dolor y el amor. Su lenguaje es sencillo, vivo y lírico. En tiempos de enfermedad, escribió la oración siguiente que ha ayudado a tantas personas:
En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y sólo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.
(la oración se encuentra también en el Devocionario de El testigo Fiel, para quienes quieren conservar una referencia más permanente que la noticia)