¡Queridas familias!
¡Buenas tardes y bienvenidas a Roma! Han venido en peregrinaje desde tantas partes del mundo para profesar su fe ante el sepulcro de San Pedro. Esta plaza les acoge y les abraza: somos un solo pueblo, con una sola alma, convocados por el Señor que nos ama y nos sotiene. Saludo también a todas las familias que están conectadas mediante la televisión e internet: ¡una plaza que se extiende sin fronteras!
Han querido llamar ese momento “¡Familia, vive la alegría de la Fe!”. Me gusta este título. He escuchado sus experiencias, las historias que han contado. He visto a tantos niños, a tantos abuelos... He escuchado el dolor de las familias que viven en situación de pobreza y de guerra. He escuchado a los jóvenes que quieren casarse a pesar de miles dificultades. Entonces, nos precuntamos: ¿cómo es posible vivir la alegría de la fe, hoy, en familia?
1. Hay una palabra de Jesús, en el Evangelio de Mateo, que viene a cuento: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt., 11, 28). La vida a menudo es fatigosa. Trabajar es fatiga; buscar trabajo es fatiga. Pero lo que más pesa en la vida es la falta de amor. Pesa no recibir una sonrisa, no ser acogidos. Pesan ciertos silencios, a veces incluso en familia, entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos. Sin amor, la fatiga se hace más pesada. Pienso en los ancianos solos, en las familias que se fatigan porque no son ayudadas para apoyar a los que en casa necesitan atenciones especiales y cuidados. «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados», dice Jesús. Queridas familias, el Señor conoce nuestras fatigas y los pesos de nuestra vida. ¡Pero también conoce nuestro profundo deseo de encontrar la alegría del resucitado! ¿Se acuerdan? Jesús dijo: «Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea pleno» (Juan, 15, 11). Lo dijo a los apóstoles y lo repite hoy a nosotros. Entonces, esta es la primera cosa que quisiera compartir con ustedes esta tarde, y es una palabra de Jesús: Vengan a mí, familias de todo el mundo, y yo les daré alivio, para que su alegría sea plena.
2. La segunda palabra la tomo del rito del Matrimonio. Los que se casan en el Sacramento dicen: «Prometo serte siempre fiel, en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, y amarte y honrarte todos los días de mi vida». Los esposos en ese moemnto no saben cuántas alegrías y cuántos dolores les esperan. Parten como Abraham, se ponen en marcha juntos. ¡Esto es el matrimonio! Partir y caminar juntos, mano con mano, confiándose a la gran mano del Señor. Con esta confianza en la fidelidad de Dios se afronta todo, sin miedo, con responsabilidad.
Los esposos cristianos no son ingenuos, conocen los problemas y los peligros de la vida. Pero no tienen miedo de asumir su responsabilidad, ante Dios y ante la sociedad. Sin huir, si aislarse, sin renunciar a la misión de formar una familia y de traer al mundo hijos. “Pero hoy, Padre, es difícil...”. ¡Claro; es difícil! ¡Por esto se necesita la gracia del Sacramento! Los Sacramentos no sirven para decorar la vida; ¡el Sacramento del matrimonio no es una bella ceremonia! ¡Los cristianos se casan en el Sacramento porque son conscientes de necesitarlo! Lo necesitan para estar unidos entre ellos y para cumplir la misión de padres. «En la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad».
Y en su Matrimonio rezan juntos y con la comunidad. ¿Por qué? ¿Sólo porque se acostumbra así? ¡No! Lo hacen porque lo necesitan, por el largo viaje que deben hacer juntos, necesitan la ayuda de Jesús para caminar juntos con confianza, para acogerse recíprocamente cada día, ¡y perdonarse cada día! En la vida, la familia experimenta muchos momentos bellos: el descanso, la comida juntos, el paseo por el parque o por el campo, la visita a los abuelos, a una persona enferma... Pero, si falta el amor, falta la alegría, falta la fiesta, y el amor nos lo da siempre Jesús: Él es la fuente inexhaustible y se da a nosotros en la Eucaristía. Allí Él nos da su Palabra y el Pan de la vida, para que nuestra alegría sea plena.
3. Está aquí ante nosotros este ícono de la Presentación de Jesús en el Templo. Es un ícono verdaderamente hermoso e importante. Contemplémoslo y dejémonos ayudar por esta imagen. Como todos ustedes, también los protagonistas de la escena tienen su camino: María y José se puesieron en marcha, peregrinos a Jerusalén, obedeciendo la Ley del Señor; también el viejo Simeón y la profetisa Ana, también muy anciana, llegaron al Templo impulsados por el Espíritu Santo. La escena nos muestra este tejido entre tres generaciones: Simeón está cargando al niño Jesús, en quien reconoce al Mesías, y Ana está retratada en el gesto de alabar a Dios y anunciar la salvación a quien esperaba la redención de Israel. Estos dos ancianos representan la fe como memoria. María y José son la Familia santificada por la presencia de Jesús, que es el cumplimiento de todas las promesas. Cada familia, como la de Nazaret, está en la historia de un pueblo y no puede existir sin las generaciones anteriores. Queridas familias, también ustedes son parte del pueblo de Dios. Caminen con alegría junto a este pueblo.
Permanezcan siempre unidas a Jesús y llévenlo con su testimonio. Les agradezco por haber venido. Juntos, hagamos nuestras las palabras de San Pedro, que nos dan fuerza y nos darán fuerza en los momentos difíciles: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna». (Juan, 6, 68).
Con la gracia de Cristo, ¡vivan la gloria de la Fe! Que el Señor les bendiga y que María, nuestra Madre, les acompañe.