Alfa & Omega, 10/10/04. Mientras que en Europa nacen cada vez menos niños, aumenta considerablemente el número de musulmanes. Para el obispo auxiliar de Salzburgo, monseñor Andreas Laun, el desarrollo económico esconde tras de sí un enorme potencial de conflicto, y sólo se logrará un cambio de tendencia si por fin despiertan los cristianos, porque, sin hijos, Europa despilfarra su futuro. Recogemos en estas páginas un artículo de monseñor Laun, publicado en el diario alemán Die Tagespost
Un pueblo, en un paisaje paradisíaco, donde las personas viven bien. Durante una visita pastoral se produce el siguiente diálogo. El alcalde pregunta: «¿Cuáles son los deseos del obispo?» Mi respuesta: «¿Cuántos niños tendrían que nacer en 2004 para que su pueblo no desaparezca en los próximos decenios?» Luego explico la pregunta que acabo de hacer, y recuerdo que la cifra de musulmanes en Europa no deja de crecer. El alcalde me replica: «Tiene usted toda la razón, señor obispo, pero no nos podemos permitir más niños»
Antes, las personas de esta comarca eran muy pobres, y hoy dicen que no se pueden permitir su futuro. Nadie parece estar asustado o preocupado por sus nietos. Al contrario: De cualquier modo, no voy a vivir el derrumbe, parecen decir. A ello les contesto: «Si supieran que amenaza al pueblo un peligroso alud de nieve, ¿dirían ustedes que no se pueden permitir la protección frente al alud?» Silencio. Lo explicito con más claridad: «De pie sobre el cono del alud, les diría a los reporteros: desgraciadamente, los ricos que están enterrados en la nieve no se podían permitir la protección frente al alud?» Uno de la parroquia toma la palabra: «El párroco debía procrear unos cuantos niños». Risas, y, a continuación, final del diálogo.
El cada vez más Viejo Continente:
Si a Europa no llega pronto un cambio radical, seguirá envejeciendo. Los ancianos se mueren. Y en el espacio vacío penetran otros pueblos y reclaman un poder político acorde con su número. En toda la Historia no se conocen casos en los que unos grupos o países poderosos hayan renunciado voluntariamente a su poderío. Y con los musulmanes no ocurre nada distinto, máxime cuando su religión les permite la imposición de su poder.
¿Debemos tener miedo, o nos puede dejar indiferentes este tema? El escenario deseable para los cristianos sería éste: los musulmanes han aprendido a apreciar nuestro ordenamiento legal y de valores, y la convivencia entre musulmanes y cristianos funciona del modo en que nosotros, europeos, deseamos. Se produce un intenso diálogo de religiones y muchos musulmanes se bautizan a causa de la experiencia con cristianos verdaderos, en la convicción de que el Evangelio es superior al Corán. Posiblemente la provocadora presencia del Islam despertaría a los cristianos, y éstos, con la ayuda de Dios, desarrollarían una nueva fuerza misionera. En el plano político, los partidos musulmanes se aliarían con los cristianos frente a los ateos europeos: la colaboración cristiano-musulmana haría posible que se restrinja la pornografía, la devolución de la protección de la Ley a los niños no-nacidos y que los absurdos como el matrimonio homosexual no sean sino curiosidades de la historia del Derecho.
El escenario deseable para los liberales europeos es otro: a sus ojos, el Islam es un asunto tan privado e insignificante como el cristianismo. Lo único que desean es no verse molestados por cualquier modalidad religiosa. Los musulmanes sólo deben venir y trabajar bien, comportarse inadvertidamente y no molestar. Dicho de otro modo: los musulmanes tienen que ser como los cristianos templados, cuya religión no estorba.
El escenario deseable de los musulmanes convencidos sería éste: Estambul se convirtió hace 1.000 años en ciudad musulmana; ahora le toca el turno a Roma ?lo ha dicho un dirigente mahometano en Italia?.
La realidad es que el Islam quiere hacer musulmana a Europa. Dado que el Islam no distingue entre Estado y religión, van a querer convertir a Europa en un territorio musulmán. Tal vez no en una Europa musulmana radical, pero ¿qué significa radical? ¿Y en qué consiste un Estado musulmán no radical? Una Europa musulmana light ¿qué aspecto tendría? ¿Qué significaría todo esto para los judíos y los cristianos, para las mujeres, para la convivencia con los grupos no deseados por los musulmanes? ¿Deberían ya adaptarse los futuros abuelos a que sus nietas tal vez tengan que llevar chador? Nadie puede excluir que, en una Europa dominada por el Islam, lleguen al poder fuerzas radicales y que los talibanes europeos quieran hacer de Europa un país islámico radical. Tal vez no sea demasiado probable, pero no se puede excluir esta posibilidad. ¿Y cómo les iría a los judíos y a los cristianos? En el mejor de los casos serían dhinnis, ciudadanos de segunda clase; en el peor, esclavos o perseguidos.
Que no se les haga a los musulmanes ningún reproche. ¿Por qué no deberían tomar en propiedad una Europa cada vez más y más desierta? ¿Qué cultura europea les debería impresionar? ¿Nuestras modernas y absurdas obras de arte realizadas con chatarra? ¿Nuestros matrimonios homosexuales? ¿Nuestra inmoralidad sexual, que enseñamos a nuestros niños en la escuela? ¿Nuestro teatro moderno, en el que los actores tienen que presentarse sentados encima de los inodoros o vestidos en ropa interior? ¿Nuestra negativa a incluso citar a Dios o su Ley en público? ¿Nuestro escarnio de la religión en lo que llamamos libertad artística? ¿Nuestro cinismo por el cual las comisiones éticas legitimizan la muerte de nuestros propios hijos antes del nacimiento? ¿Sería tan grande la pena por la pérdida de una Europa así? Los musulmanes responden con un No, y quieren construir su Europa islámica en consecuencia.
Los cristianos, culpables:
Vivimos en un tiempo en el que, como nunca antes, se ha aprendido a descubrir la cultura de nuestros antepasados, a restaurarla, a conservarla. También sería necesario hacer lo mismo en el plano espiritual. ¡Quitemos los escombros mencionados y erijamos de nuevo la Europa moderna sobre sus fundamentos judeocristianos! En una Europa así, los musulmanes también tendrían la libertad de vivir como mahometanos, hasta que llegase el maravilloso día, obsequio de Dios, en el que encuentren el camino de Cristo y pidan, en libertad, el Bautismo.
La causa de la catástrofe demográfica es la persistente política liberal atea en toda Europa. Ha destruido la familia, hace imposible que las mujeres permanezcan con sus hijos, y les hace creer que en esto reside su liberación. Ha convertido la moral sexual en su contrario, propaga la anticoncepción y permite el aborto. Premia a los que no tienen hijos y promueve las parejas homosexuales con dinero de los impuestos públicos.
Por tanto, ¿son los ateos los culpables? Sí, pero también no. Los verdaderos culpables son los cristianos ?laicos y clérigos?, que han callado y no han hecho nada. Mientras se catalogaba las motas y vigas en los ojos de los antepasados, se obviaba las propias motas y vigas. Como con tanta frecuencia en la Historia, el poder del mal está causado por la ceguera, la desidia y la cobardía de los buenos. Bernardette Soubirous, preguntada por un general francés si no temía por Francia ante el ataque de las tropas alemanas, respondió: «Sólo les temo a los malos católicos». Estos malos católicos son, en parte, católicos muy prominentes, incluso consagrados.
Los musulmanes se hallan camino de la mayoría y, con ello, se encaminan hacia el poder político. Contra esto no existe sino un medio: los cristianos (como es lógico pensar si lo son de veras) tienen que procrear niños, muchos niños, más niños que los musulmanes. De la monarquía austro-húngara se dijo: Alii bella gerant, tu, felix Austria, nube! (¡Que otros hagan guerras! Tú, oh feliz Austria, ¡cásate!) Hoy esto significa: ¡Nada de violencia, sino casaros y tened hijos, muchos, muchos hijos!
Sólo si tenemos suficientes niños podemos hablar de tú a tú a los musulmanes y entablar conversaciones con ellos. Sin niños, nos moriremos. Necesitamos niños. ¿Quién, cuando todo se quema, habla del derecho del hombre a buscar una huida? Son las doce menos cinco, o incluso algo más tarde; sólo tenemos la elección de cambiar, o sucumbir.
No es que los musulmanes amenacen a Europa, sino que los que lo hacen son los católicos tibios, a los que todo les da lo mismo (y también otros cristianos, si pensamos en términos ecuménicos). A los liberales ateos europeos les han dejado el poder de planificar e introducir la muerte de bienestar. Los católicos tienen que despertar y darle a Europa lo que necesita: un nuevo cambio de conciencia mediante la nueva evangelización. Sólo entonces pueden tomar los políticos esas medidas que hacen posible la riqueza en niños.
Una medida importante sería llevar inmigrantes cristianos, que no musulmanes, a nuestro territorio. Una raíz común y una socialización cristiana haría mucho más fácil la convivencia y el crecimiento en común con estos nuevos europeos frente a los musulmanes.
¿Nos podemos permitir todo, menos niños?
Determinados grupos siguen todavía propagando la anticoncepción, el aborto y la inmoralidad sexual, como si no estuviera ya claro que, precisamente, esta política ha conducido a Europa a la catástrofe demográfica. Por ello: ¡todas las leyes que favorecen el aborto son más peligrosas para Europa que el hacer un fuego de campamento en un bosque reseco cuando sopla fuerte viento! No debemos cansarnos de hablar sinceramente con los musulmanes. Cuando utilizo la expresión hablar sinceramente, me refiero a un siempre renovado ceterum censeo?, en relación a la libertad de creencia y conciencia, basada en la convicción común de que también existe la verdad en cuestiones de religión. Si los musulmanes no están dispuestos a aceptar este fundamento del pensamiento judeocristiano, debemos rogarles con educación y determinación que nos abandonen. ¿Debemos hacer ciudadanos a unas personas que ya anuncian que están en contra de nuestra cultura?
¿Nos podemos permitir todo, menos niños? ¡Qué pena! Si las cosas son así, entonces sucumbiremos. Pero la Iglesia seguirá viva, y para Dios no hay nada imposible. Hace poco, en Lemberg, estuve delante de una cruz, y mi acompañante me explicó: hace pocos años en el pedestal estaba todavía Lenin.
Andreas Laun