Misión o misionero, ¿en Argelia? Ambos términos resultan alérgicos aquí. Suenan a proselitismo, a extranjero y, erróneamente, a colonialismo. Sin embargo, la capacidad de acogida de los argelinos supera todos esos prejuicios. Hablo desde nuestra experiencia, durante 20 años, como Dominicas de la Presentación. Ha sido una presencia sencilla, como simples vecinas del pueblo. Oficialmente en este país no existen escuelas, hospitales u otras instituciones sociales de Iglesia. Esta no tiene visibilidad, aunque queden en pie un escaso número de iglesias; las justas y todavía necesarias, para el reducido número de cristianos residentes.
Allí hemos vivido tres personas, y a 10 kilómetros de nuestra casa, en una pequeña ciudad portuaria, residía el sacerdote, capellán de la comunidad. En muchas de nuestras celebraciones litúrgicas, salvo excepción, asistíamos solo cuatro personas, incluso en la Vigilia Pascual. Sin embargo, la creatividad y el gozo de encontrarnos, convocados por la Palabra del Señor, nos han servido para enriquecer nuestra vida espiritual.
Además, el ambiente orante de la población creyente que nos rodea, la frecuente llamada a la oración (de madrugada, durante el día y al anochecer) de nuestros vecinos musulmanes, así como sus espontáneos comentarios sobre la fe, han sido una ayuda para profundizar y agradecer la fe que nos ha sido dada.
La comunidad cristiana más próxima estaba a 75 kilómetros de casa. En fiestas señaladas nos reuníamos con ella, y en ocasiones –como en Pentecostés–, acudíamos a las celebraciones de Orán. A esta fiesta asiste la mayoría de los cristianos de la diócesis, y las nacionalidades presentes se cuentan por decenas.
El día a día de nuestra presencia en Argelia ha transcurrido respondiendo, en la medida de lo posible, a lo que se nos pedía. Cuidados como enfermera, o lo que allí llamamos “promoción femenina”, es decir, enseñanza de corte y confección u otras habilidades a muchachas del pueblo, clases de idiomas a niños, jóvenes o adultos, facilitando, así, un espacio de encuentro o de diálogo para las mujeres.
Se tejía de este modo, poco a poco, una red de amistades que nos ha permitido compartir el gozo de las fiestas musulmanas con nuestros amigos, participar en sus acontecimientos familiares: nacimientos, bodas o duelos. Hemos procurado crear plataformas de encuentro, tan valoradas por el que fue nuestro obispo de Orán, Pierre Claverie, asesinado en 1996; un pastor querido y llorado, tanto por cristianos, como por multitud de musulmanes. Él mismo se consideraba obispo de todos los oraneses. Y es que la Iglesia en Argelia no es la “Iglesia del silencio”, a pesar de no poder anunciar explícitamente a Jesucristo.
La Iglesia en Argelia es la “Iglesia del encuentro” y, en este sentido, una muestra de lo que esta está llamada a ser en el mundo de hoy, etiquetado tradicionalmente como cristiano, pero que silencia tan fácilmente el Evangelio y sus valores. Encuentro, pero también pasarela, como decía también nuestro obispo al referirse a esta realidad: pasarela entre el mundo del Islam y el Occidente cristiano.
Al no haber instituciones de carácter cristiano, la visibilidad de la Iglesia se hace a través de las personas. Cada presencia individual es “preciosa”. Aunque esta sea por un período corto, cristiano significa en Argelia presencia de Cristo. El grueso de las comunidades cristianas lo constituye actualmente el colectivo de subsaharianos, estudiantes con beca, y emigrantes de paso hacia Europa. Ellos rejuvenecen y enriquecen espiritualmente la iglesia local, al tiempo que con el encuentro, consolidan su propia opción por Jesús.
En nuestro paso por el país, nos tocó vivir la década de los 90 del siglo pasado, la del terrorismo. Murieron y desaparecieron incontables argelinos. Probablemente la cifra superó los cien mil: políticos, periodistas, intelectuales, médicos, militares, jóvenes y personas de todas las clases sociales. Nuestra sangre cristiana se mezcló con la suya: cristianos anónimos y diecinueve religiosos/as (entre ellos, los monjes trapenses). El hecho de que, pudiendo marchar, nos quedáramos con ellos ha sido, para los argelinos, testimonio evidente de que el mensaje de Jesús, implica un amor sin límites a los hermanos.