En una emotiva ceremonia en Plaza San Pedro, hemos podido asistir (miles en vivo, y muchísimos más a través de internet), a una beatificación deseada: la de Su Santidad Pablo VI.
Pasado un tiempo, se suele ver claro que el Espíritu Santo actú verdaderamente en ellos cónclaves, y que el papa de un determinado momento d ela historia no podría haber sido otro.Quizás Pablo VI no podría haber convocado el Concilio, pero seguramente Juan XXIII, que lo convocó, no podría haberlo concluido: caracteres, oportunidades, formas de relacionarse con la Iglesia y con el mundo, hacen la personalidad específica de cada papa, y son la base de su significación en la historia.
Pero eso no significa que en la Iglesia todo ocurra "en automático", y que por el hecho de que la elección de los papas sea cosa del Espíritu Santo, no sea cosa también humana, y la acción y el valor humano de cada uno se pierda en la nebulosa. Varios ejemplos nos da la historia de la Iglesia de papas humanamente indignos, y cuyos nombres aun hoy, tras siglos, nos avergüenzan.
Así que Pablo VI pudo haber sido el papa providencialmente justo como lo son todos (porque el Espíritu Santo no se equivoca), pero además fue un papa que en todas las dimensiones de su persona, y desde el centro mismo de esa persona, manifestó el deseo, la disposición y la práctica de transparentar a Cristo, de hacerlo visible, en las peculiaridades de su temperamento, su época y sus circunstancias. Y por esa transparencia de Cristo en su vida, podemos estar ciertos de que goza ya de la visión beatífica, y puede interceder por nosotros. Y eso es un beato o un santo: transparencia en esta vida, luminosidad pura y radiante en la otra.
La ceremonia de beatificación fue sencilla (como lo son afortunadamente todas en la actualidad), lo que destacó más algunos de los momentos centrales: la proclamación de la vida del nuevo beato y cuando se llevó al altar la reliquia: la camiseta manchada de sangre que usaba cuando ocurrió el atentado en Filipinas, en 1970.
Benedicto XVI había restablecido la costumbre de que las beatificaciones no las realizara el papa, sino un delegado, para marcar mejor la diferencia de "rango" entre beatificación y canonización. Francisco continúa con esa práctica, pero evidentemente hoy quiso estar presente no sólo en la persona del delegado, así que la ceremonia fue presidida por él, y posiblemente para marcar mejor el empeño personal en esto, utilizó en la celebración la casulla que le había sido regalada al beato en su 80º cumpleaños. Estuvo presente también, con n rostro radiante de alegría, el papa emérito Benedicto XVI.
En su homilía, papa Francisco comentó el evangelio de hoy ("al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios") uniendo el empeño actual de la Iglesia de, a través de instrumentos como el Sínodo cuya primera parte concluyó hoy, dar "a Dios lo que es de Dios" en medio de una sociedad secularizada y a menudo hostil, con el mismo empeño en el beato Pablo VI, que le tocó pilotar la Barca inmersa en vilentas tempestades: «Pablo VI supo de verdad dar a Dios lo que es de Dios dedicando toda su vida a la «sagrada, solemne y grave tarea de continuar en el tiempo y extender en la tierra la misión de Cristo» (Homilía en el inicio del ministerio petrino, 30 junio 1963: AAS 55 [1963], 620), amando a la Iglesia y guiando a la Iglesia para que sea «al mismo tiempo madre amorosa de todos los hombres y dispensadora de salvación» (Carta enc. Ecclesiam Suam, Prólogo)», ha resumido Francisco.
Puede leerse ya en el Santoral de El Testigo Fiel, la página hagiográfica dedicada al nuevo beato, e invito a elevar al Señor oraciones por la pronta canonización de SS. Pablo VI.
Abel Della Costa