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El Testigo Fiel
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¡Qué sé yo del pecado?

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
17 de febrero de 2026
Ante un evangelio tan rico como el del domingo I de Cuaresma (ciclo A), con facilidad pasamos por alto las dos lecturas que lo acompañan, de Génesis y Romanos, que conversan entre ellas un tema que va al fondo del problema humano: el pecado.

Génesis: Gn 2,7-9; 3,1-7

El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.

La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer:

«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?».

La mujer contestó a la serpiente:

«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: «No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis»».

La serpiente replicó a la mujer:

«No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».

Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

La primera lectura nos propone revisitar un texto que todos conocemos: el relato de la caída, el relato de Adán y Eva. No se lee completo, por supuesto; se leen apenas diez versículos. En cierto sentido, la liturgia puede darse ese lujo: leer solamente una pequeña parte de un texto largo y complejo —dos capítulos enteros, Génesis 2 y 3—, apelando a esa memoria popular sobre el relato, sabiendo que apenas nombro a Adán ya todos representamos las escenas que le corresponden: desde la mujer que sale del costado hasta el juicio de Dios, la condena, la expulsión del paraíso… Todo eso nos viene a la cabeza con solo mencionar a Adán.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que el relato de Adán y Eva no es el relato de una anécdota, de lo que le pasó a un señor que vivía en las cavernas. “Adán” ya de por sí significa “ser humano”. No está hablando del hombre de las cavernas ni de mí en sentido anecdótico. Está hablando de una realidad que atañe a todo hombre: la realidad del pecado.

¿Y qué sé yo del pecado? En realidad, muy poco. El ser humano no sabe mucho del pecado. Tomemos un crimen espantoso —una persona que pone una bomba en un centro comercial—, lo leo en el periódico y digo: “Qué barbaridad, ¿cómo se le ocurre a alguien?”. Pienso: “Qué mal que estamos los seres humanos para que a alguien se le ocurra poner una bomba en un centro comercial, hay niños inocentes”. Ahora bien, si pudiéramos entrevistar al terrorista justo en el momento de poner la bomba, no vería allí pecado, lo más probable es que nos dijera lo mismo que el terrorista Kaliayev en “Los Justos”, de Camus: “Arrojé la bomba contra vuestra tiranía, no contra un hombre”. Mi pecado es algo de lo que yo no sé. Lo propio del pecado es que yo no sé de él. Solo sé del pecado de los demás, conozco los pecados que figuran en el manual, que nunca coinciden con el que yo cometo, y los pecados que ocurrieron en el pasado. Pero el pecado como tal, como realidad que me invita a actuar y me dice: “por aquí, por aquí, por aquí la vas a pasar bien”, de ese pecado yo no sé. Porque, si supiera, le diría que no lo quiero cometer. Pero yo no sé.

El pecado es un no saber. ¿Quién no recuerda la frase de Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”? En el pecado hay realmente un no saber del hombre, un no saber sobre sí mismo. Es significativo que el primer pecado narrado en la Biblia ocurra en torno al árbol del conocer, porque precisamente el pecado es un no conocer. “El necio”, lo llaman los libros sapienciales de la Biblia; el pecador es el necio (“ne-scio”, que no sabe), alguien que no sabe. “El necio dice para sí: no hay Dios, no hay nadie que me pida cuentas”. El necio no sabe.

Vamos ahora al texto de la tentación: “La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho, y dijo a la mujer: ‘¿Cómo es que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?’”.

Yo, lector, cuando lo leo, digo: “¿Pero qué está diciendo? ¡qué absurdo!”. En ningún momento Dios dijo eso. Venimos leyendo el relato y sabemos que Dios nunca dijo una cosa así; al contrario, le dio todos los árboles del jardín para que comiera del que quisiera, sólo se reservó los árboles del conocer y de la vida, de en medio del jardín. Entonces, ¿puede una tentación tan evidentemente falsa derivar en pecado? Realmente, la tentación de la serpiente parece muy tonta, porque le está diciendo una flagrante tontería. Pero el pecado está en la respuesta. El pecado lo comete el ser humano, no la serpiente.

“La mujer respondió a la serpiente: ‘Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en medio del jardín —(y uno piensa: “¡pero qué obediente esta mujer, mira cómo atendió a Dios!”)— nos ha dicho Dios: no comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte’”.

Sin embargo, es tan obediente que se fabricó un mandato que no existía, porque ese no es el mandato de Dios. “No lo toquéis” no está en el texto del mandato divino. Entonces, esta mujer se inventó un mandato. Gracias a esa nueva formulación del mandato, ese árbol se convirtió en un objeto-tabú: prohibido y deseado. Es notable cómo ya ni siquiera lo nombra: “del fruto del árbol que está en mitad del jardín…”, ya no es “el árbol del conocer”, es un árbol que ni debe tocarse ni nombrarse, nada de eso está en el mandato divino original. Y ahí nos damos cuenta de que lo propio del pecado es eso: yo me invento una palabra de Dios, yo me invento la voluntad de Dios. Entonces obro de acuerdo a un dios inventado por mí.

“Seréis como dioses”. El pecado es, en principio, querer ser como Dios, pero sin que Dios te invista como Dios: tú te invistes como Dios. Yo me invisto como Dios. ¿Y qué hago? ¿Voy a saber del pecado? Si el pecado es una producción. El pecado no es algo que yo conozco; el pecado es algo que yo hago. No sé del pecado; estoy en la ignorancia sobre el pecado. Vivo rodeado en un mundo entramado de pecado, donde todos producimos todo el tiempo e intercambiamos nuestros productos —nuestros pecados— y no sabemos del pecado.

Es una gran tela de ignorancia. Que produce una humanidad angustiada, una humanidad que se entera solo indirectamente del pecado, a través de esa desazón, de esa sensación de ir a los tumbos, de no saber cómo corregir lo que busca: una libertad que la libere de sí misma. Hay, por lo tanto, una libertad paradójica: que te libere de aquello de lo que querías ser libre. Cada época gestiona esa desazón, esa angustia, de una manera. El siglo XX, por ejemplo, tuvo el movimiento existencialista, que nos enseñó a no desviar la vista de la angustia del hombre. Albert Camus le hacía proclamar a su personaje “Jean-Baptiste Clamence”, en La Caída: “yo más bien vería a la religión como una gigantesca empresa de lavandería, algo que por otra parte ya fue brevemente, durante sólo tres años, y no se llamaba religión. Desde entonces falta el jabón, tenemos la nariz sucia y nos limpiamos los mocos mutuamente.” La angustia, la “náusea” de la que hablaba Sartre, “La rabia”, descarnada película de Pasolini, es el signo de un ser al que parece que le falta algo; quizá, en realidad, le sobra algo. No sabemos, porque no sabemos del pecado.

Lo que sabemos es de sus efectos. Sabemos de lo que nos afecta a nosotros: del pecado de los demás. Pero no sabemos el pecado como tal, porque en el momento en que lo cometemos no es pecado para nosotros.

El relato del Génesis nos muestra, con una instantánea, un no saber muy actuante, muy poderoso en el hombre.

Romanos: Rm 5,12-19

Por tanto, lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…

Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados, acabó en justicia. Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.

En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos. Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.

San Pablo da por hecho este pecado y nos dice: “Hermanos, lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron…”.

Y cualquiera se queda esperando que explique un poco más, porque no queda muy claro ese razonamiento. Repasémoslo: por un hombre entró el pecado en el mundo —dato escriturario—; por el pecado entró la muerte —dato escriturario—; así la muerte pasó a todos los hombres… allí hay un salto del pecado de uno a la muerte de todos, y como tratando de explicar eso, nos añade: “porque todos pecaron”.

¿Qué ha querido decir? ¿Quiere decir que en ese pecado de ese hombre está contenido mi pecado? ¿Está contenido porque yo lo imito? ¿está contenido porque el pecado es como una fuerza que me impulsa? ¿Porque el pecado es el modo en que trato de contrarrestar la angustia de la muerte? ¿Cómo es que está contenido?

Si se recorren distintas traducciones, se verá que ese “porque” está traducido de diversas maneras. En la Vulgata latina se traduce “en el cual”, refiriéndose al ser humano inicial: “en el cual todos pecaron”. Es solo una de las posibles traducciones. Pelagio, en las antípodas del pensamiento de la Iglesia, entendía que era en el sentido de que, imitando ese pecado, todos pecaron. Entonces, si es imitación, yo podría no imitar. Es una especie de exaltación de la voluntad humana: si quiero, no peco; si quiero, hago el bien.

La realidad es que no queda resuelto aquí en el texto. ¿Y por qué no queda resuelto? ¡Porque justo en el momento en que San Pablo parece que va a explicarlo, rompe el discurso! Algunas traducciones ponen puntos suspensivos, porque efectivamente rompe el discurso y hace un giro en la exposición: se pone a comparar la figura de Jesús y la de Adán, y ya no regresa al tema de cómo el pecado mío está contenido en el de Adán. Es un anacoluto: rompe el hilo y va hacia otro lado, y nos deja flotando la pregunta.

Pero en ese giro de la exposición dice algo muy importante: “no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados, acabó en justicia.”

Es la ley paulina de la sobreabundancia: mucho más vale la gracia que el pecado; mucho más vale el perdón que la transgresión. Pero lo más importante es que no tienen proporción. La fuente del pecado, sea cual sea, está en el hombre mismo, pero la gracia viene desde Dios.

Podemos quizás entrever el por qué del anacoluto: lo más probable es que no explique cómo se transmite el pecado porque no puede explicarlo, porque no tiene solución. En realidad, el pecado es aquello de lo que me anoticio cuando oigo el mensaje de la gracia. Recién en ese momento paso a saber del pecado.

Pongo una metáfora. Voy al médico y le digo: “Hace mucho que tengo un dolor muy agudo en la pierna, y la verdad es que no sé… y tiene un color tan raro…”. Entonces el médico la toca y dice: “Señor, es una gangrena; empecemos a curar”. Y cuando empieza a curar, empiezo a enterarme de lo que tenía. Recién cuando me empiezo a curar, empiezo a saber qué era.

El pecado es eso: ese no saber que se va a transformar en saber recién cuando está superado, cuando está curándose. Cuando la gracia me otorga el perdón, me otorga también el don de saber de mí mismo, de entender aquello de dónde salió.

Por eso hay que tener cuidado al hablar del pecado. No predicar nunca el pecado por sí mismo. Las acciones de los hombres no son pecados sueltos que andan flotando: “si haces esto, eso es pecado; si haces aquello, es pecado”. Resulta tener sentido hablar de pecado en el momento en que la gracia las toca, las cura y dice: “Profundiza ahí, eso es pecado”. Mientras tanto: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Es decir, el perdón me trae el conocimiento del pecado; y ese conocimiento del pecado me trae el agradecimiento hacia la gracia.

Incluso en la Escritura funciona así. Uno diría: “Pero la Escritura empieza por el pecado”. No. La Escritura empieza con el pecado de Adán porque, ante todo, es Escritura para un pueblo que ya está caminando en la salvación. La Escritura es mensaje de salvación que se te dirige. Se te dice: “Hombre, estás salvado”. Y en tanto estás salvado, conoce de qué estás salvado. Recién porque te anuncio que estás salvado puedo decirte, en realidad, de qué estás salvado. Como el enfermo que se entera de la gravedad de su mal en el momento en que está empezando a curar.

Comentarios
por Bruno Lorente (i) (149.22.84.---) - domingo , 22-feb-2026, 1:48:38
Estimado Abel,

Llego a este comentario desde el video del Sillón Bíblico del 2026 y, de forma totalmente excepcional, creo que no puedo estar de acuerdo contigo o al menos, creo que convendría aclarar el articulo y el vídeo relacionado en YouTube.

Tanto Santo Tomás, como el Concilio de Trento diferenciaban entre el pecado "contraído", "no cometido" y el propio. (Catecismo 404 y ss.).

De tu artículo, parece desprenderse que hasta que no se recibe el perdón no se conoce el pecado, y aunque es una bonita reflexión para el pecado original, en el caso de los pecados propios es totalmente incorrecto. Para que un acto sea pecado, deben concurrir elementos objetivos y subjetivos, derivados de la libertad humana y la ley divina. La tradición católica, desde los Padres hasta el Magisterio actual, han identificado siempre: 1.- Materia Grave o contraria a la ley de Dios. 2.- Conocimiento suficiente del mal. 3.- Consentimiento libre y deliberado (voluntad).

Por tanto, si no existe el conocimiento del pecado, no ha existido el pecado (sin entrar si el desconocimiento ha sido voluntario o por ignorancia insalvable), en las faltas propias y por tanto tampoco sería necesario el perdón. Por eso creo que el artículo puede resultar confuso al referirse tanto al pecado original, como a los pecados propios.

Como digo, es excepcional, porque normalmente me encantan tus comentarios y los considero las reflexiones/meditaciones muy acertadas.
Por favor, no lo tomes como una crítica furibunda de las que abundan por Internet y RRSS, sino como un comentario con el mayor respeto de un hermano en Cristo.
por Abel (139.47.30.---) - domingo , 22-feb-2026, 9:43:42
No lo tomo como una crítica furibunda, para nada, y en último término tienes todo el derecho de verlo distinto :-)
De todos modos, me da la impresión de que no has entendido el lugar desde donde se sitúa la reflexión, que no es el esencial, es decir: no se está planteando ni qué es el pecado, ni si hay o no hay pecado (desde luego en ese caso entran otras variables, como su materia, voluntariedad, etc.), sino el existencial: cómo experimentamos nuestra relación con el pecado. Simplemente piensa en ti mismo, obsérvate, diseccionando, lo que experimentas, piensas y razonas cuando estás pecando; la montaña de justificaciones, remisiones a la responsabilidad de otros, etc. Si no ni pecaríamos. Si experimentáramos el horror al pecado en lo que él es, no pecaríamos, así fuera por repulsión. Pero pecamos, y aún mucho. Hasta que, al escarbar en la conciencia empieza a aparecer ese "dolor de los pecados" del que nos habla la espiritualidad cristiana, y que pone en movimiento el regreso al Padre... ¡eso es ya un movimiento de la gracia! La gracia te pone frente a tu pecado y te lo hace reconocer... precisamente cuando empezó a curarlo. De eso habla el artículo: de mí, no de mi pecado.
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