Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Este es, pues, el templo de Dios, lleno de su doctrina y de su poder, capaz de contener al Señor en el santuario del corazón. Sobre esto ha hablado el profeta en el salmo: Santo es tu templo, admirable por su justicia. La santidad, la justicia y la continencia humana son un templo para Dios.
Dios debe, pues, construir su casa. Construida por manos de hombres, no se sostendría; apoyada en doctrinas del mundo, no se mantendría en pie; protegida por nuestros ineficaces desvelos y trabajos, no se vería segura.
Esta casa debe ser construida y custodiada de manera muy diferente: no sobre la tierra ni sobre la movediza y deslizante arena, sino sobre sus propios fundamentos, los profetas y los apóstoles.
Esta casa debe construirse con piedras vivas, debe encontrar su trabazón en Cristo, la piedra angular, debe crecer por la unión mutua de sus elementos hasta que llegue a ser el varón perfecto y consiga la medida de la plenitud del cuerpo de Cristo; debe, en fin, adornarse con la belleza de las gracias espirituales y resplandecer con su hermosura.
Edificada por Dios, es decir, por su palabra, no se derrumbará. Esta casa irá creciendo en cada uno de nosotros con diversas construcciones, según las diferencias de los fieles, para dar ornato y amplitud a la ciudad dichosa.
El Señor es desde antiguo el atento guardián de esta ciudad: cuando protegió a Abrahán peregrino y eligió a Isaac para el sacrificio; cuando enriqueció a su siervo Jacob y, en Egipto, ennobleció a José, vendido por sus hermanos; cuando fortaleció a Moisés contra el Faraón y eligió a Josué como jefe del ejército; cuando liberó a David de todos los peligros y concedió a Salomón el don de la sabiduría; cuando asistió a los profetas, arrebató a Elías y eligió a Eliseo; cuando protegió a Daniel y en el horno, refrigeró con una brisa suave a los niños, juntándose con ellos como uno más; cuando, por medio de el ángel, anunció a José que la Virgen había concebido por la fuerza divina, y confirmó a María; cuando envió como precursor a Juan y eligió a los apóstoles, y cuando rogó al Padre, diciendo: Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado; yo guardaba en tu nombre a los que me diste; finalmente, cuando él mismo después de su pasión, nos promete que velará siempre sobre nosotros: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Ésta es la protección eterna de aquella bienaventurada y santa ciudad, que, compuesta de muchos, pero formando una sola, es en cada uno de nosotros la ciudad de Dios. Esta ciudad, por tanto, debe de ser edificada por Dios para que crezca hasta su completo acabamiento. Comenzar una edificación no significa su perfección; pero mediante la edificación se va preparando la perfección final.