Aquí vivimos en la sombra y, en consecuencia, en la sombra observamos las palabras de Dios. Y, para echar mano de un ejemplo, antes ciertamente vivíamos bajo la sombra de la ley, cuando observábamos las lunas nuevas y los sábados, que eran sombra de lo que tenía que venir. Ahora, en cambio, viviendo según el evangelio, seguimos la sombra de las palabras de Dios. Natanael es visto bajo la higuera, David afirma esperar a la sombra de las alas del Señor Jesús, Zaqueo subió a una higuera para ver a Cristo.
También sobre nosotros extiende Jesús sus manos, para cubrir a todo el mundo con su sombra. ¿Cómo no vamos a estar en la sombra, los que nos hemos acogido al amparo de su cruz? ¿Cómo no vamos a estar en la sombra, si el Crucificado nos defiende de la malignidad del siglo y de los incentivos del cuerpo? ¿O es que olvidamos quizá que el Verbo de Dios, al venir al mundo, no vino como el Verbo existente en el principio junto al Padre, sino que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo? Vino en una nubecilla y, siendo la fuerza del Altísimo, cubrió a María con su sombra para transformar nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa.
Pues bien, lo mismo que él, al nacer de la Virgen, se despojó de su rango, así a nosotros nos parecen transfiguradas las palabras de Dios al leerlas en el evangelio, pues sus contenidos se vislumbran en las Escrituras como en un espejo de adivinar, ya que no es posible, aquí en la tierra, comprender toda la verdad. Pero cuando venga la madurez, las palabras divinas ya no resplandecerán como transfiguradas a través de un abatimiento o de imágenes veladas, sino que brillarán en toda la plenitud y expresividad de la verdad.
Dijo el Apóstol: Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres; todo fue creado por él y para él. Una misma es, pues, la Palabra que obra en cada cual, y, al obrar en cada uno, obra todo en todos. Esta Palabra, única junto al Padre, se diversifica en una pluralidad, pues de su plenitud todos hemos recibido. Por eso, si consideras cada una de las cosas que han sido creadas en él, descubrirás que, en cada una de ellas, la Palabra —de la que somos partícipes según nuestra capacidad de comprensión— es una sola. En mí es una palabra humana, en otro es celeste, en varios una palabra angélica, los hay que tienen la palabra de las dominaciones y de las potestades. Existe la palabra de justicia, de castidad, de prudencia, de piedad y hasta de fuerza. De modo que una sola Palabra es una pluralidad de palabras, y una pluralidad de palabras forman una sola Palabra. No resulta difícil comprender esto si tenemos en cuenta lo que leemos: que el espíritu de sabiduría tolo lo puede. Por tanto, no debe crear dificultad alguna el que a unos se le haya dado la palabra apostólica, a otros la profética, a otros la angélica, a otros la palabra obradora de milagros; sin embargo, la Palabra es única, que se reparte a cada uno según su propia capacidad o según la libérrima generosidad de Dios.
Así pues, en este mundo veo, como en un espejo de adivinar, esta Palabra que es el origen de toda palabra, y en consecuencia no puedo observar todas las palabras de Dios; pero cuando cara a cara contemple su gloria, entonces viviré y, viviendo de la Vida, observaré también las palabras divinas.