Basada en la ley y en los usos, se introdujo en la Iglesia primitiva una costumbre realmente admirable: la comunidad cristiana, después de la liturgia de la palabra, después de haber orado y haber participado en los misterios, una vez disuelta la reunión, no volvía seguidamente a sus casas, sino que los ricos y dotados de bienes de fortuna, traían a sus casas alimentos y bebidas e invitaban a los pobres: disfrutaban de la misma mesa, comiendo y bebiendo juntos en la misma iglesia. De esta suerte, el sentarse todos a una misma mesa y la reverencia que el lugar imponía, incrementaba recíprocamente la caridad con inmenso gozo y común utilidad.
Pues los pobres recababan no pequeña consolación y los ricos gozaban de la benevolencia tanto de aquellos a quienes alimentaban, como de Dios, por cuyo amor lo hacían: y así, ricos de gracia, regresaban a sus casas. De aquí se derivaban innumerables bienes: y lo que es más importante, después de cada asamblea se incrementaba más y más la caridad, por cuanto así los que repartían beneficios como los que los recibían, anudaban vínculos de fraternidad con grande y recíproco amor.
Con el correr de los tiempos, los Corintios deterioraron esta costumbre, pues los más ricos, sentados en mesa aparte, despreciaban a los necesitados, no esperando a los que llegaban tarde retenidos -como suele ocurrirles a los pobres- por imperativos de la vida, que les obligaban a acudir con retraso. De este modo, cuando finalmente estos llegaban, debían retirarse avergonzados por estar ya levantada la mesa: los ricos por impaciencia, los pobres por llegar con retraso.
Por lo cual, viendo Pablo que de esta conducta se derivaban muchos males -unos ya comprobados, otros que se producirían en un futuro inmediato-, corrige con energía esta mala y perversa costumbre. Y observa con cuánta prudencia y moderación procede en la corrección. Para comenzar, dice así: Al recomendaros esto, no puedo aprobar que vuestras reuniones causen más daño que provecho. ¿Qué significa la expresión que provecho? Vuestros mayores y antepasados -dice- vendían sus bienes, campos y posesiones y lo ponían todo en común y tenían una gran caridad mutua; vosotros, en cambio, que haríais bien en imitarlos, no sólo no hacéis nada semejante, sino que habéis perdido lo que teníais: a saber, los banquetes que solíais celebrar en vuestras reuniones. Y mientras ellos ponían a disposición de los pobres todas sus posesiones, vosotros les priváis hasta de la mesa que se les había concedido: En primer lugar, he oído que cuando se reúne vuestra asamblea os dividís en bandos; y en parte lo creo, porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros para que se vea quiénes resisten a la prueba.
Dinos, por favor, ¿qué divisiones? Prestad atención: No se refiere a los dogmas cuando dice: Porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros; se refiere a las disensiones en la mesa. Pues luego de haber dicho: Porque hasta partidos tiene que haber, continúa precisando qué tipo de partidos: Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor. ¿Qué quiere decir comer la cena del Señor? Eso ya no es -dice- comer la cena del Señor, aludiendo a aquella cena que nos legó Cristo la última noche, estando con él todos sus discípulos. En aquella cena, tanto el Señor como los siervos se sentaban juntos a la mesa; mientras que vosotros, que sois consiervos, disentís entre vosotros y fomentáis las divisiones. Por eso dice no es comer la cena del Señor, llamando cena del Señor a aquella que se come cuando todos están reunidos en una perfecta concordia.