Demos en todo momento gracias a Dios. Sería realmente absurdo que, gozando a diario de los beneficios de Dios ni siquiera de palabra reconociéramos sus bondades, máxime cuando este reconocimiento es para nosotros fuente de nuevas gracias. Y no es que él tenga necesidad de nuestras cosas: somos nosotros quienes necesitamos de sus dones. Pues nuestras acciones de gracias en realidad nada le añaden, pero nos familiarizan a nosotros más con él. Y si al recordar los beneficios recibidos de los hombres, crece nuestro afecto hacia ellos, mucho más nos veremos impulsados a guardar fielmente sus mandamientos, si traemos asiduamente a la memoria los beneficios que del Señor hemos recibido.
La mejor custodia del beneficio es el mismo recuerdo del beneficio y la asidua acción de gracias. Justamente por eso, los tremendos misterios, tan pletóricos de gracia de salvación, que celebramos en cada reunión, reciben el nombre de Eucaristía, por ser el memorial de un sinfín de beneficios, ponernos frente a la manifestación capital de la divina providencia, y disponernos a una continua acción de gracias.
Si ya el nacer de la Virgen es un gran milagro, tanto que el evangelista, lleno de estupor decía: Todo esto sucedió, ¿cómo valoraremos, pregunto, el haberse inmolado por nosotros? Si llama todo al haber nacido, ¿qué denominación dar al hecho de haber sido crucificado, haber derramado su sangre por nosotros y el haberse dado a sí mismo como alimento y banquete espiritual? Démosle, pues, asiduas gracias y que esta manifestación de gratitud preceda a nuestras palabras y obras. Y démosle gracias, no sólo por los bienes que nosotros hemos recibido, sino también por los que otros han recibido. Así podremos eliminar la envidia, fomentar la caridad y hacerla más sincera. Imposible envidiar en función de unos bienes, por los que has dado gracias al Señor.
Por eso el sacerdote, al presentar las ofrendas, nos invita a dar gracias por todo el mundo, por los que nos precedieron, por los presentes, por los recién nacidos y por aquellos que aún están por nacer. Esto nos libera de la tierra y nos transporta al cielo, haciendo ángeles de los hombres. Pues los mismos ángeles dan, a coro, gracias a Dios por los beneficios que nos ha otorgado, diciendo: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
Pero me dirás: ¿qué nos va a nosotros con unos seres que ni están en la tierra ni son hombres? Tenemos que ver y mucho: pues se nos ha ordenado amar a nuestros compañeros de servicio, hasta el punto de considerar como nuestros sus propios bienes. Por eso, en sus cartas, Pablo eleva acciones de gracias por los beneficios derramados en todo el mundo. Demos también nosotros, a imitación suya continuas acciones de gracias por los beneficios que hemos recibido, por los beneficios recibidos por los demás, por los grandes y pequeños beneficios.