
En parroquias de distintos puntos del país, cada vez más niños se acercan al Santísimo Sacramento para orar, cantar y permanecer en silencio frente a Jesús. Lo que hace pocos años era una experiencia poco frecuente actualmente gana terreno en la pastoral infantil argentina, impulsada por catequistas, formadoras y movimientos como la Infancia y Adolescencia Misionera (IAM).
Solange Velázquez, docente de educación especial y fundadora de Carisma Kids, lleva más de diez años acompañando a niños en retiros kerigmáticos. Según relata en declaraciones a AICA, la propuesta nació de una certeza pastoral: "Dios sigue tocando el corazón de los niños con una fuerza y una ternura que muchas veces los adultos olvidamos." Desde su comunidad en la Patagonia, coordina actualmente la adoración eucarística con niños en el marco de la catequesis de comunión y confirmación.
Para Velázquez, la adoración infantil tiene un fundamento que excede lo metodológico. "Cuando un niño mira a Jesús en la Eucaristía y descubre que está realmente presente, el Kerigma deja de ser una idea para convertirse en experiencia", explica. Cita el Catecismo de la Iglesia Católica, que define la adoración como "el primer acto de la virtud de la religión", y el Directorio para la Catequesis de 2020, que llama a renovar los lenguajes de la evangelización para las nuevas generaciones.
Stella Maris Vilas, de la Comisión de Formación de la Infancia y Adolescencia Misionera, coincide en que la dimensión doctrinal no alcanza por sí sola. "La doctrina proporciona la estructura intelectual, pero el encuentro personal enciende el corazón como en Emaús, es el Amor que mueve a la acción", señala en diálogo con AICA. En los Encuentros de Infancia y Adolescencia Misionera, agrega, los chicos buscan "conocer más a Jesús y ser sus amigos", sentirse "amados, escuchados, aceptados" y descubrir a Dios "en lo cotidiano".
Cómo es una hora santa con niños
En la basílica porteña Nuestra Señora del Pilar, la experiencia tiene una historia concreta y un funcionamiento ya probado. Victoria Fernández Moritán, coordinadora de la adoración infantil en esa comunidad, cuenta que el espacio nació en agosto de 2021, impulsado por el párroco, presbítero Gastón Lorenzo, en una parroquia que ya contaba con adoración eucarística perpetua y una Hora Santa comunitaria semanal. "Se propuso sumar un espacio que hasta ese momento no existía, para que los más pequeños de nuestra comunidad pudieran vivir también ese encuentro cercano con Jesús", relata.
Allí participan chicos desde jardín de infantes hasta los distintos grados del nivel primario, en encuentros mensuales por la tarde. La dinámica combina momentos de silencio con lectura de meditaciones a cargo de los propios chicos, lectura de la Palabra, oraciones en común y cantos, siguiendo el calendario litúrgico. Cada encuentro incluye un librito con las oraciones del día, que los chicos se llevan a su casa para rezar en familia. "Tratamos de que los chicos aprendan y gusten de estar en presencia de Jesús", explica Fernández Moritán al ser consultada por AICA.
Fernández Moritán describe un proceso de maduración que se nota con el correr del año: "A principio de año están un poco más movedizos quizás y al final del año ya no hace falta indicarles el silencio." El acompañamiento familiar es, según ella, parte central de la experiencia: la mayoría de los padres se queda a rezar junto a sus hijos durante toda la Hora Santa, y muchas veces son los propios chicos quienes piden volver al encuentro siguiente. "Algunas abuelas traen a los nietos y se quedan con ellos. Es algo muy especial", agrega.
El mayor desafío inicial no fue tanto un prejuicio sobre la capacidad de los niños sino la incertidumbre sobre cómo sostendrían el recogimiento. "Nos llevamos una muy grata sorpresa porque rápidamente aprendieron cómo comportarse frente a Jesús Sacramentado", cuenta. A las parroquias que quieren iniciar una experiencia similar, les propone confiar: "Con que sean instrumento para que un solo chico o una sola familia se acerque a adorar a Nuestro Señor, es más que suficiente. Jesús hará el resto".
De la adoración a la misión
Uno de los puntos que más se repite entre las entrevistadas es el vínculo entre el tiempo frente al Santísimo y el impulso misionero posterior. "Al estar frente a Jesús Eucaristía, los niños aprenden a mirarlo, escucharlo y sentir su amor. Esta experiencia los transforma y los mueve a compartir esa misma alegría y paz", describe Vilas. Durante esos encuentros, los niños no solo oran por sus propias necesidades: también lo hacen por los misioneros, los enfermos y los más vulnerables, lo que -según explica- "agranda" su corazón y los acerca a mirar a los demás "con ojos de hermano".
Velázquez observa un proceso similar en su propia comunidad de Neuquén. "Lo primero que cambió fue su mirada", cuenta sobre los niños que participan de la adoración. "Descubren que no están frente a una idea o una historia del pasado, sino frente a una Persona viva que los ama y los espera." A la vez, remarca que la experiencia no encierra a los chicos en sí mismos sino que los une: "Aprenden a rezar unos por otros, a compartir, a alegrarse juntos y a sentirse parte de una comunidad."
Vilas relaciona el crecimiento del fenómeno con un trabajo conjunto: en Neuquén, señala, la propuesta de adoración "con niños, para niños y como niños" gana cada vez más comunidades donde la IAM está presente, gracias al aporte de Velázquez como "formadora, evangelizadora e impulsora de espacios de Niños Adoradores", que comparte la experiencia con catequistas, docentes y educadores scout para multiplicarla. A nivel nacional, los Encuentros Nacionales de Niños Adoradores (ENNA) son, para Vilas, una muestra concreta de que el fenómeno también crece fuera de lo local.
Velázquez resume el sentido último de la propuesta con una imagen que tomó de un educador: "Nosotros estamos en tiempo de siembra. Pero es Dios quien hace crecer." Para las tres voces consultadas, la adoración infantil no es una actividad pastoral más, sino -en palabras de Velázquez- "una semilla de renovación para nuestras comunidades" que, mientras crece en distintas diócesis del país, va formando algo más que niños que rezan: forma, dicen, pequeños discípulos y futuros misioneros.