¿Cuándo se puso por escrito la Biblia?
Hace unos días, en una conversación de Twitter, leía a una persona muy formada, con gran solidez en todo lo que dice. Pero sobre la Biblia afirmaba que el Antiguo Testamento se compuso entre el siglo XVI y el siglo XIV.
Hace 200 años se pensaba así. Pero realmente, ya hace 100 años no hubiéramos encontrado muchos que afirmaran eso, y hoy ningún especialista se atrevería a sostener una cronología semejante.
Alguien podría pensar: “¡Pero es la Biblia! ¡no cambia!”.
Sí, claro que cambia.
La Biblia habla de Dios, que es absoluto, intemporal, inmutable. Pero nuestro conocimiento de cómo la Biblia habla, cuándo fue escrita, por quién fue escrita y dónde fue escrita, eso sí cambia. Porque eso no es un conocimiento religioso: es un conocimiento científico. Se estudia, se comparan datos, se aportan pruebas, se analizan textos para ver de cuándo puede ser un escrito.
Si leo hoy la novela «Yo, Claudio», de Robert Graves —una novela histórica muy bien escrita— me siento transportado a la época de Nerón, de Calígula, de Claudio. La narración es tan vivaz que parece que estoy allí. Pero no estoy allí. Estoy con un escritor del siglo XX. Si leo «Memorias de Adriano», de Marguerite Yourcenar*, me ocurre lo mismo. No estoy al lado del emperador Adriano. Estoy leyendo a una escritora capaz, con su palabra, de transportarme a esa época.
En la Biblia pasa exactamente lo mismo: en la Biblia hay una historia que se cuenta, con su propia cronología, y hay un texto que la cuenta, que no necesariamente pertenece a la misma época que la historia narrada.
Los once primeros capítulos del Génesis —la llamada historia primordial de la humanidad— tienen su propia problemática. Se ubican en el inicio de los tiempos, pero obviamente no están narrados en el inicio de los tiempos. Descontemos esos once capítulos.
En el capítulo 12 del Génesis comienza la historia de los patriarcas. Es una historia muy vivaz, muy bien contada. Cuando aparece la voz en el desierto hablándole a Abraham, que llevó su ganado a pastar, realmente parece que estamos allí oyendo la voz. Pero no estamos allí. Y el narrador tampoco.
¿En qué época se ubican esas historias? No es fácil precisarlo, pero por el ambiente y ciertos detalles narrativos, daría la impresión de que las historias de Abraham, Isaac, Jacob, sus doce hijos y la bajada a Egipto corresponden a acontecimientos del Oriente Medio entre el siglo XVIII y el siglo XIV antes de Cristo. ¡Las mismas fechas que la persona del tuit atribuía a la composición de la Biblia!
Pero esas no son fechas de composición. Son fechas en las que, hipotéticamente, se ubicarían los acontecimientos narrados. Y ni siquiera es un dato seguro: es una deducción a partir de ciertos rasgos del texto.
¿Cuándo fueron, entonces, puestas por escrito esas historias? Hay que distinguir el proceso de transmisión —que fue oral, como casi todo en la antigüedad— del momento de la escritura.
No existía un interés inmediato por poner por escrito estas sagas familiares. Se contaban en el fogón de la casa. Se hablaba del “abuelito” que había sido llamado por Dios. Y eso se transmitía de generación en generación, tan vivamente que cada uno sentía cercano al antepasado fundador. La situación cambia cuando el pueblo heredero de esas historias se estabiliza en la tierra que hoy reconocemos como la tierra bíblica.
Primero viven siglos de vacilación: tribus separadas, grupos enfrentados entre sí. Pero hacia el siglo X adquieren cohesión en forma de una pequeña monarquía —pequeña en comparación con Egipto o Mesopotamia—, pero significativa para ellos.
La monarquía de David marca un giro. Cuando hay palacio, corte, funcionariado, aparecen también escribas. Se escriben cartas comerciales, documentos administrativos. Surgen escuelas de escribas. Allí comienza el impulso de poner por escrito las tradiciones antiguas.
Cuidado: eso no significa que “la Biblia” se escriba en el siglo X. La Biblia todavía no existe como conjunto. Pero ya empiezan a fijarse por escrito tradiciones antiguas.
Hacia el final del siglo X el reino se divide en dos, el Reino del Norte (Israel) y el Reino del Sur (Judá). Ambas monarquías proceden de las mismas tradiciones, pero cada una las recoge y las elabora de modo distinto. Tomemos como ejemplo la historia de Jacob: en algunos relatos lo llaman Jacob y en otros Israel. A veces aparecen mezclados los dos nombres. Es el mismo personaje, pero con tradiciones distintas que se van fijando por escrito.
Durante varios siglos continúa este proceso.
También por ese tiempo comienza a nacer el profetismo escrito. Uno de cuyos grandes representantes es Isaías, en el siglo VIII antes de Cristo. Así que también se comienzan a coleccionar los oráculos proféticos, los grandes poemas de estos predicadores carismáticos. Así aparecen corpus de escritos: históricos, proféticos…
Pero todavía no existe la Biblia como conjunto.
En el siglo VI, de las dos monarquías queda solo la del sur: el reino de Judá (de allí procede el posterior nombre de “judío”). Ese reino sufre el acontecimiento más decisivo de su historia: el exilio en Babilonia.
Babilonia deporta a la clase dirigente. Y en un pueblo sacerdotal, eso significa principalmente sacerdotes.
Sin templo, sin culto, sin tierra, durante esos cincuenta años de exilio, ese pasado —oral y escrito— se amasa narrativamente. Se unifican historias, se releen los profetas a la luz de los acontecimientos, se escribe, se reordena.
Todavía no tenemos la Biblia. Pero estamos ya muy cerca.
Al regreso del destierro surge la inquietud de que el pueblo no vuelva a repetir esa historia de infidelidad. Entonces se da forma definitiva a la Ley. Hacia el siglo V nace el núcleo que llamamos Pentateuco.
Ahora sí tenemos una parte fundamental del Antiguo Testamento.
Se siguen coleccionando los profetas. El libro de Isaías, por ejemplo, incluye escritos de distintas épocas, porque quienes escriben “en su estela” del profeta son incorporados a su tradición.
Surgen nuevos desarrollos: literatura apocalíptica, cuestionamientos sapienciales como el libro de Job, colecciones de salmos.
En el siglo III antes de Cristo, comunidades judías de la diáspora —sobre todo en Egipto— necesitan sus textos en griego.
Surge entonces la llamada «Septuaginta» o “traducción de los Setenta”.
Aunque la Biblia esté en hebreo, el hecho de haberla traducido al griego estabiliza el conjunto de libros reconocidos como sagrados.
Podemos decir que allí tenemos ya la Biblia del Antiguo Testamento.
Su historia es más breve. La Pascua de Jesús ocurre hacia el año 30. Pero eso no significa que en el 31 los discípulos se pongan a escribir. La Iglesia simplemente vive su fe: relee las Escrituras (es decir, el Antiguo Testamento), las confronta con la experiencia pascual, intenta comprender el escándalo de un Mesías crucificado. Y además, los primeros cristianos vivían bajo la convicción de que Cristo volvía pronto. ¿Para qué escribir?
Sin embargo, hacia el año 50 san Pablo está evangelizando por territorios alejados, y comienza a escribir sus cartas a esas comunidades lejanas. Esos son los primeros escritos del Nuevo Testamento.
No cuentan la vida de Jesús: reflexionan sobre su significado. Hacen lo que hoy llamamos una teología sobre Jesús.
En los años 60, cuando empiezan a desaparecer los testigos directos, surge la necesidad de fijar por escrito la memoria de Jesús.
Marcos crea una forma literaria nueva: el evangelio.
Después vendrán Mateo, Lucas y Juan, escritos entre el 60 y el 90.
Mientras tanto se redactan los *Hechos de los Apóstoles*, las cartas llamadas “católicas” y el *Apocalipsis*.
Hacia el fin del siglo I tenemos completado el Nuevo Testamento.
Pero nada surge de un momento para otro. Nadie se encierra en un armario, recibe una luz y escribe como una máquina. Todos estos escritos dialogan con una tradición oral, recogen materiales previos, los reelaboran. Por eso a veces Mateo, Marcos y Lucas cuentan lo mismo con matices distintos: cada uno compone para una comunidad concreta.
Así tenemos un panorama de la historia literaria de la Biblia. No cayó del cielo terminada. No se escribió en un siglo remoto de una sola vez. Es el resultado de siglos de memoria, tradición, crisis, exilio, fe y reflexión.